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Lunes , 25.03.2019 / 10:56 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Risa

Adrián Herrera

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De niño leía una sección en Selecciones del Reader’s Digest que se titulaba “La risa, remedio infalible”. Era divertidísima; con cada número venían chistes y anécdotas de lo más variado y entretenido. Nunca supe bien qué era lo que curaba la risa, pero siempre supuse que era algo bueno y que su efecto no debía cuestionarse. Hace poco recordaba con unos parientes un experimento social que se nos ocurrió a un grupo de amigos hace ya varios años. Tengo amigos actores; dos de ellos son comediantes. Y muy buenos. La idea era hacer una especie de performance y funcionaba más o menos así: un grupo de personas (los actores) entra a un restaurante y rodea la mesa de un sujeto solitario o de una pareja. Los observan durante un minuto y luego empiezan a reír. Comienzan de manera ligera y despreocupada y van aumentando el tono hasta terminar en francas y explosivas carcajadas burlonas. Los actores se la pasarán viendo a él o los comensales, riendo, apuntándoles y haciendo muecas. El objeto era ver cómo reaccionaba la gente ante tal suceso. La idea les encantó a los actores (los cuales siempre están dispuestos a llevar a cabo experimentos bizarros); lo planeamos e integramos a otro amigo fotógrafo para que llevara registro del acto en video. Así seleccionamos una cafetería cualquiera, nos colocamos estratégicamente esperando el momento hasta que ocurrió; un pelón regordete y pecoso con lentes de fondo de botella, cara redonda y nariz chata se sentó, ordenó una cerveza y donas y a la mitad de su degustación el grupo intervino. Ellos lo miraron y comenzaron a reír. El gordo hizo muecas de confusión primero y de desaprobación después, y así se estuvo hasta que las risas se volvieron cada vez más burlonas y estridentes. El fotógrafo hizo una seña para que dejaran de reír y los actores se marcharon. La gente alrededor miraba sorprendida; unos reían mientras otros volteaban a ver, molestos por el ruido. El gordo de los lentes de botella no pareció, en ese momento, ni inquieto ni perturbado, pero justo cuando salíamos reventó en llanto. El tipo se limpiaba las lágrimas al tiempo que soltaba amargos lamentos. Esa tarde fuimos a otra cafetería y repetimos el número, pero no ocurrió nada notable. Por la noche nos juntamos a beber y a ver los videos, y reímos mucho. Pero se nos quedó la inquietud del gordo que habíamos hecho llorar. El tema no volvió a tocarse.

Hace unas semanas recordando este experimento un pariente dijo: –Oye, ese gordo que dices yo lo conozco; fue compañero en la carrera. Se llama (bueno, se llamaba) Armando –mencionó consternado–. Era de Chiapas. Resulta que Armando, por esas fechas en las que filmaron ese experimento tuvo varios problemas; primero, su mujer lo dejó. Luego perdió su trabajo (era contador). Después un pariente le quitó legalmente su departamento, y al final le chocaron su auto y lo declararon pérdida total. Quedó en la ruina. Es increíble cómo a una persona le puede ir tan mal en tan poco tiempo. La cosa es que entró en depresión. Y como no tenía dinero para acudir a un terapeuta se dedicó a beber. Llevaba varios meses abusando del alcohol, ciclado en su propia miseria y atrapado en su circunstancia cuando una tarde, unos tipos lo rodearon en una cafetería y comenzaron a burlarse de él. Al día siguiente se colgó. Y tiene sentido; una persona tiene una pésima racha, no halla la salida, se vuelve alcohólico y para rematar, un grupo de desconocidos ríe a carcajadas de su situación en una cafetería.

Sentí mucha pena por el tal Armando; de haber sabido que pasaba por un mal momento nunca me habría animado a armarle el numerito de las carcajadas. Meditando sobre el asunto de pronto me llegó la clara realización de que la risa era, en efecto, un remedio infalible. Tal vez no una panacea, pero por lo menos al contador lo mató la risa.

chefherrera@gmail.com

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