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Ya se lo ganó. Ahora falta vivirlo

Compartir temporadas con quienes han acompañado el camino puede transformar un destino recurrente en parte de la historia familiar

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Hay etapas en las que alcanzar otro objetivo deja de ser la única medida del éxito. Después de años dedicados al trabajo, a la familia y a los proyectos que se propuso, surge una pregunta distinta: qué hacer con todo aquello que su esfuerzo ya hizo posible.

La respuesta puede estar lejos de la oficina y alrededor de una mesa conocida. En una mañana sin agenda, en una comida que se alarga, en una casa donde sus hijos, sus amigos y las nuevas generaciones empiezan a acumular recuerdos propios.

Son momentos cotidianos, pero tienen algo en común: para vivirlos hay que hacerles espacio.

De visitar un destino a reconocerlo como suyo

La primera vez todo es descubrimiento. Después de varias estancias, la llegada cambia.

Ya conoce el camino desde el aeropuerto, el restaurante al que siempre vuelve, la ruta para caminar por la mañana, el sitio desde donde cae mejor la tarde. Abrir la puerta tampoco significa entrar a un espacio desconocido: las habitaciones le resultan familiares y algunas de sus pertenencias esperan exactamente donde las dejó.

Esa familiaridad cambia incluso la manera de pasar los días. Ya no necesita aprovechar cada minuto, como suele ocurrir en un viaje. Puede cocinar, leer, recibir amigos o simplemente quedarse en casa, porque sabe que habrá una próxima vez.

Así nacen los rituales. Una celebración que se repite cada año, una sobremesa que ya tiene su lugar favorito, unos hijos que con el tiempo empiezan a reconocer ese espacio como parte de sus propios recuerdos.

Pacaso ofrece un modelo de copropiedad para adquirir una participación en una segunda residencia.
Pacaso permite adquirir una participación de una segunda residencia y compartir estancias con familiares y amigos. (Cortesía)

El valor de tener un lugar para regresar

Construir una carrera, una empresa o una vida estable toma años. En algún punto, sin embargo, la pregunta deja de ser qué falta por conseguir y se convierte en cómo vivir aquello que ya consiguió.

Ahí una segunda casa adquiere otra dimensión. No por dónde está ni por lo que ofrece, sino por la posibilidad de reservar, dentro de su rutina, un espacio para estar con las personas que importan. Una y otra vez.

Con los años, esos encuentros acompañan distintas etapas. Los hijos crecen, llegan nuevos integrantes, cambian las celebraciones y algunas costumbres permanecen.

Pertenecer a un lugar se construye así: reconociendo cómo entra la luz por la mañana, teniendo una mesa donde todos encuentran su sitio, acumulando suficientes experiencias para dejar de sentirse visitante.

Pacaso ofrece un modelo de copropiedad para adquirir una participación en una segunda residencia.
El modelo de copropiedad incluye la administración, el mantenimiento y la programación de las visitas. (Cortesía)


Una decisión sobre cómo vivir lo alcanzado

Esa relación entre las personas y los lugares está en el origen de Pacaso, compañía enfocada en la copropiedad de segundas residencias. Su modelo permite ser dueño de una participación de una casa específica, mientras la firma se ocupa de la administración, el mantenimiento, la programación de estancias y la coordinación. Así, la parte operativa queda detrás de lo único que debería importar: estar ahí.

La propuesta parte de una idea que va más allá del inmueble. Una casa adquiere significado por los rituales y los recuerdos que se crean dentro de ella. Por eso, antes de la mecánica de una propiedad, hay una decisión mucho más personal: elegir dónde, y con quién, quiere pasar el tiempo que viene.

Porque después de años dedicados a construir una vida, quizá el siguiente paso no sea sumar algo más. Ya se lo ganó. Ahora falta hacerle espacio.

GCM

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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