Este mes, los políticos en Washington se preocupan —una vez más— por los desequilibrios mundiales. No es de extrañar: Estados Unidos (EU) no solo necesita inversionistas extranjeros para comprar una cantidad cada vez mayor de bonos del Tesoro, sino que las exportaciones chinas siguen aumentando, alimentando los déficits occidentales.
Sin embargo, existe un segundo aspecto de los desequilibrios de la actualidad que pocas veces se discute: el tamaño de las finanzas mundiales en relación con la economía “real”.
Esto me fascinó desde que entrevisté a un experto en finanzas islámicas en 2007, que comparó los mercados modernos con una máquina de algodón de azúcar.
¿La razón? Los activos reales —como las casas— se utilizaban para garantizar deudas que luego se volvían a hipotecar varias veces, en parte con derivados, del mismo modo que el azúcar se hila y se vuelve a hilar para hacer algodón de azúcar.
Esa nube financiera parecía impresionante. Pero, al igual que el algodón de azúcar, el valor de sus activos “reales” era pequeño, como descubrimos cuando colapsaron las finanzas.
¿Cambió esto? Se podría pensar que sí, dado que la crisis de 2008 demostró los peligros de la excesiva financiarización. Pero nada está más lejos de la realidad. El McKinsey Global Institute acaba de publicar una estimación del balance mundial de activos, pasivos y riqueza.
Esta serie, que comenzó en 2021, es inusual por medir tanto los activos públicos como los privados.
En 2025, este balance ascendía aparentemente a mil 800 billones de dólares, una cifra récord de 100 billones más que en 2024 (el PIB mundial era de 117 billones de dólares).
Esta cifra nominal incluía 620 billones de dólares en activos “reales” (bienes raíces, infraestructura, maquinaria y equipo, y propiedad intelectual), 550 billones de dólares en activos financieros (acciones, préstamos, bonos y divisas), equilibrados por 600 billones de dólares de riqueza global, en su inmensa mayoría propiedad de los hogares.
Esto es sorprendente. Pero los detalles son aún más reveladores: la riqueza mundial de los hogares se multiplicó por más de cuatro veces desde el año 2000, a un ritmo mucho más rápido que la economía real, en medio de una inflación de los precios de los activos.
EU representa 175 billones de dólares de este aumento; China, 75 billones. Si bien hace dos décadas el alza de los precios de las bienes raíces fue el principal motor de este crecimiento, el año pasado fue el auge de los precios de las acciones, especialmente en EU, lo que representó 57 por ciento del incremento de la riqueza.
Los activos “reales” apenas sumaron 20 por ciento, una cifra muy por debajo de la anterior. Mientras tanto, los precios de los activos estadunidenses ahora son 3.7 veces superiores al PIB, el doble del promedio histórico.
“El crecimiento de la riqueza mundial se debió en mayor medida a la riqueza sobre el papel, o al valor nominal de los activos desvinculado de la economía real”, señala McKinsey. En otras palabras: los consumidores ricos tienen una economía de algodón de azúcar.
El milagro de la IA
Otros detalles también son destacables. La deuda de los hogares, en relación con el PIB, se ha reducido desde 2008, sobre todo en EU. Esto es positivo. Sin embargo, la deuda pública aumentó en EU, Japón y Europa.
La deuda corporativa china también disparó. Mientras tanto, los “activos productivos”, en relación con el PIB, se duplicaron en China desde el año 2000, incluso cuando esa proporción se estancó en EU, donde ahora se encuentra por debajo del nivel de principios de la década de 1980. ¡Ay!
el dato...“La riqueza mundial de los hogares se multiplicó
Por más de cuatro veces desde el año 2000, a un ritmo mucho más rápido que la economía real”
Muchos estadunidenses podrían encogerse de hombros o señalar que algunos de los “activos productivos” de China podrían no ser tan productivos debido a la sobreinversión, mientras que algunos activos estadunidenses podrían estar subestimados, ya que es muy difícil medir la inversión digital.
Figuras como Kevin Warsh, presidente de la Reserva Federal, creen (o esperan) que la inteligencia artificial (IA) desate un milagro de productividad. Esto podría permitir a EU superar su creciente deuda soberana y justificar sus valoraciones bursátiles.
Además, muchos economistas consideran que algo de la financiarización es positiva. El Fondo Monetario Internacional (FMI), por ejemplo, desde hace tiempo insta a los países pobres a profundizar sus sistemas financieros para impulsar su crecimiento.
Siguiendo esa lógica, el creciente tamaño de los mercados de capitales estadunidenses podría interpretarse como una prueba de sofisticación y fortaleza económica.
Sin embargo, “a veces, puedes tener demasiado de algo bueno”, como me comenta Jan Mischke de McKinsey, señalando que la situación actual “es bastante extrema”. En efecto. Y ahora abundan los riesgos evidentes.
Un problema, según señaló recientemente el Banco de Pagos Internacionales (BPI), es que la riqueza depende ahora tanto de los mercados de valores estadunidenses —y del entusiasmo desmedido por la IA en EU— que “una corrección importante del mercado de valores podría tener consecuencias macroeconómicas más grandes hoy que en el pasado”.
Un sobresalto podría producirse como resultado de la competencia de modelos de IA de código abierto chinos, como el lanzamiento de Kimi K3 este mes.
Otro peligro, según el FMI, es que el aumento de las tasas de interés a largo plazo podría desencadenar una crisis de deuda soberana o llevar a los gobiernos a inflar su deuda o a reestructurarla (a menos que se produzca ese milagro de la IA).
Además, existe una cuestión filosófica más sutil: como señaló mi colega Rana Foroohar, la financiarización transforma a los seres humanos de “creadores” (de productos reales) en “receptores” (de valor financiero).
Muchas religiones rechazan esto; de ahí el comentario que me hizo un erudito islámico en 2007. Pero sospecho que muchos votantes también lo rechazan, dado que la cultura occidental popular prefiere presentar las finanzas como un medio para impulsar el crecimiento, no como un fin en sí mismas.
Aun así, es poco probable que ese tipo de recelos disuadan a los inversionistas de acaparar acciones estadunidenses, o a los bancos chinos de conceder préstamos a empresas.
Para bien o para mal, nuestro mundo del siglo XXI parece adicto al algodón de azúcar financiero, sobre todo porque hace que los ricos se sientan cada vez más ricos. Más le vale al presidente Donald Trump rezar para que esto no acabe en un desastre.
MGS