Después de que la Reserva Federal (Fed) confirmara la semana pasada las expectativas del mercado y elevara las tasas de interés, los inversionistas adoptaron de inmediato una postura aún más restrictiva: ahora descuentan tres incrementos adicionales de aquí a mediados del próximo año.
Ese sesgo también se refleja en las expectativas sobre otros grandes bancos centrales, incluido el Banco de Inglaterra, pese a que fue el único entre sus pares que no elevó tasas en septiembre. Pero si este endurecimiento termina materializándose, tanto los mercados como la economía podrían enfrentar dificultades por una razón sencilla: la política monetaria no es la mejor herramienta para responder a los desafíos económicos y financieros actuales.
La trayectoria más restrictiva ha sido bien recibida por inversionistas y economistas concentrados sobre todo en la inflación, que ha repuntado en las economías avanzadas por el aumento de los precios de la energía. Como los bancos centrales no pueden influir directamente sobre esos costos, aumentan las voces que les piden utilizar su principal instrumento —las tasas— para enfriar la demanda, contener la inflación, mantener ancladas las expectativas y proteger su credibilidad.
Estados Unidos (EU) ofrece un buen ejemplo. Con una probabilidad superior al 90 por ciento de un aumento ya incorporada en los precios antes de la reunión de la Fed, el banco central enfrentó una enorme presión para cumplir con esas expectativas, aun cuando el balance económico era mucho menos claro.
Es una dinámica conocida. En los últimos años, los bancos centrales han respondido no sólo a los fundamentos económicos, sino también a una especie de contrato implícito con los mercados: validar lo que ya está descontado o arriesgarse a provocar volatilidad financiera.
El presidente de la Fed, Kevin Warsh, describió este fenómeno como un “salón de espejos”. El peligro es que la economía real termine pagando un costo innecesario simplemente para satisfacer las expectativas de los inversionistas.
La escasez de la oferta
Aunque la inflación se ha mantenido por encima del objetivo de la Fed durante más de cinco años, sus causas han cambiado. Lo que comenzó como un problema de escasez de oferta durante la pandemia se convirtió después en uno de exceso de demanda. La demora en iniciar las subidas de tasas permitió que la inflación se volviera más persistente, aunque la reacción posterior derivó en una de las campañas de endurecimiento monetario más rápidas de la historia de EU.
él dice...“La economía real corre el riesgo de pagar un costo
Innecesario simplemente para satisfacer las expectativas de los mercados”.
Cuando las señales de exceso de demanda comenzaron a moderarse, la Fed y otros bancos centrales pausaron las alzas. El posterior giro hacia los recortes, sin embargo, fue frenado primero por la persistencia de la inflación y después por un nuevo shock energético provocado por la guerra con Irán.
Con la inflación general nuevamente al alza, los bancos centrales se sienten obligados a iniciar otro ciclo de incrementos, para el cual los mercados ya se encuentran preparados.
La incómoda referencia histórica es el error que muchos atribuyen al Banco Central Europeo en 2008: endurecer la política monetaria justo cuando la economía estaba a punto de debilitarse.
Una desaceleración actual probablemente no tendría el mismo origen. No sería necesariamente resultado de graves dislocaciones bancarias o de un proceso abrupto de desapalancamiento, sino del impacto de las tasas sobre los sectores más sensibles al crédito, como la vivienda y los automóviles, además de los consumidores de menores ingresos.
El problema fundamental es que las mejores soluciones para las presiones inflacionarias actuales no están en manos de los bancos centrales, sino de otros responsables de política económica.
Por el lado de la oferta, es necesario reducir la vulnerabilidad frente a un número creciente de cuellos de botella, como el estrecho de Ormuz, ya sea eliminando interrupciones al tráfico marítimo o desarrollando rutas y alternativas que disminuyan la dependencia de estos puntos críticos.
La presión fiscal
Por el lado de la demanda, se requiere una consolidación fiscal que reduzca deuda y déficits presupuestarios.
Con menos presión fiscal y menos restricciones de oferta, los bancos centrales tendrían menor necesidad de elevar tasas para defender su credibilidad y contener las expectativas de inflación, lo que contribuiría también a moderar los rendimientos de largo plazo.
Sin medidas fiscales y de oferta más oportunas, corren el riesgo de volver a convertirse en “la única opción sobre la mesa”.
La experiencia posterior a 2008 muestra los peligros de esa situación: los bancos centrales pueden terminar operando fuera de los límites naturales de su función, distorsionando la asignación de recursos, incentivando una toma excesiva de riesgos y reduciendo la eficacia de sus propias políticas.
Si toda la atención continúa concentrándose en la política monetaria, la economía corre el riesgo de sufrir un debilitamiento innecesario cuyo costo recaería de manera desproporcionada sobre quienes tienen menor capacidad para absorberlo.
Eso no beneficiaría ni a la economía ni a los mercados. También podría deteriorar la credibilidad de las políticas públicas y la reputación de los propios bancos centrales. Lo que se necesita es menos peso sobre sus hombros y una mayor responsabilidad por parte de los gobiernos.
AAL