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¿Europa puede encontrar un tercer camino?

Ártico, lecho marino y espacio, bases del nuevo “gran juego” entre EU y China; Bruselas debe buscar su propia defensa

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Acabo de pasar una semana en Londres (por el lanzamiento de mi libro en Reino Unido). Durante mi estancia, gran parte de la actualidad giraba en torno a la necesidad de una soberanía europea en materia tecnológica y de defensa, a raíz del acuerdo de Donald Trump con Rusia sobre el diesel y de las interrupciones en el servicio Starlink en Ucrania. Europa se encuentra entre la espada y la pared, atrapada entre Estados Unidos y China, en lo que respecta a la seguridad, los déficits comerciales y la infraestructura tecnológica. La Unión Europea no cuenta con una alternativa propia en el ámbito de la IA y, aunque los países europeos empiezan a aumentar el gasto en su propia defensa, tomará tiempo y dinero para lograr una verdadera resiliencia, ahora que EU se aleja del orden global de la posguerra.

Una de las medidas adoptadas por Europa la semana pasada fue el lanzamiento de un nuevo programa de vigilancia en el Ártico, que extenderá los sistemas satelitales de la Unión Europea y la seguridad de los cables submarinos hacia el extremo norte, como forma de contrarrestar las crecientes ambiciones de Rusia y Estados Unidos en la zona. Circulan rumores de que el Departamento de Defensa de EU presentará, en una o dos semanas, su propia estrategia para la región, la cual declararía al Ártico, por primera vez, como una cuestión de “seguridad nacional” para EU.

Como saben mis lectores habituales de Swamp Notes, es un tema que he seguido de cerca, pues el Ártico, el lecho marino y el espacio son ámbitos clave donde se desarrollará un nuevo “gran juego” entre EU y China (vean mi artículo al respecto en FT Weekend).

Al igual que el antiguo “gran juego”, éste implicará actividades de minería, cartografía y mercantilismo. Basta con observar los llamados de la Unión Europea a favor de una mejor cartografía del lecho marino y una mayor seguridad para los cables submarinos. Cabe destacar la reunión que mantuvo la semana pasada el secretario de Estado de EU, Marco Rubio, con cinco jefes de Estado de las repúblicas de Asia Central para tratar cuestiones de transporte, seguridad y alianzas en torno a minerales críticos.

No recuerdo cuándo fue la última vez que un alto funcionario estadunidense dedicó tanto tiempo a pensar en Samarcanda o Groenlandia pero, sin duda estamos en una nueva era.

La pregunta es qué posición adoptará Europa en este gran juego entre EU y China. Durante años, como me comentó en una ocasión un antiguo funcionario de la administración Biden, Bruselas fue el lugar “donde iban a morir” las “buenas ideas” sobre una cooperación transatlántica más sólida frente a la amenaza que representa China, tanto en el plano de la seguridad como en el económico. Si bien los Estados europeos parecen estar, por fin, dando la voz de alarma ante el mercantilismo chino, es probable que muchos en Bruselas sigan deseando poder volver a la década de 1990.

Mientras, desde que comenzó la segunda administración Trump, quedó claro que EU es un “novio poco confiable”, como lo describe Chrystia Freeland, exviceprimera ministra de Canadá, en su nuevo libro. Por esto, Europa debe encontrar la manera de abrirse un nuevo camino entre ambas superpotencias en tecnología y defensa. Sospecho que este seguirá siendo un objetivo para la Unión Europea, incluso cuando cambie la administración estadunidense. Hace poco, durante una charla sobre mi libro en la London School of Economics, pregunté a los asistentes si creían que la relación transatlántica volvería a la normalidad, suponiendo que, a partir de 2029, hubiera un demócrata sensato en la Casa Blanca: sólo 40 por ciento de las personas levantó la mano.

Es revelador que las acciones de las empresas europeas de defensa, luego de experimentar un fuerte repunte, volvieran a caer; esto indica que los mercados consideran que la reindustrialización en este sector requerirá tiempo y esfuerzo. De igual manera, es interesante observar que la nueva estrategia de la Unión Europea para el Ártico se centra en el lecho marino y el espacio, pero no en la energía. Este último ámbito no sólo es fundamental para el “nuevo gran juego” en el Ártico —dado que en el extremo norte se concentra la mayor parte de los minerales de tierras raras y el gas natural aún sin explotar—, sino que también constituye una vulnerabilidad para Europa. Resulta sorprendente, pero es un hecho, que el bloque sea el principal comprador de gas natural licuado ruso procedente del Ártico, a pesar de que la guerra en Ucrania continúa.

¿Cómo debemos interpretar los esfuerzos (o al menos los debates) de Europa por una mayor independencia en espacio, lecho marino y seguridad? ¿Qué conclusiones se pueden extraer de los intentos de Francia y Alemania por definir una postura común frente a China? ¿Europa desempeñará el papel de amortiguador entre Washington y Pekín, equilibrando las superpotencias, pero sin llegar a consolidar su propia esfera de poder e influencia en el nuevo orden mundial, o logrará encontrar una especie de tercera vía?

Para ayudarme a responder a estas preguntas, esta semana cuento con la presencia en Swamp Notes de Heather Conley, investigadora del American Enterprise Institute. Es una experta en seguridad transatlántica, Eurasia y el Ártico. Además, está convencida de que estamos ante un nuevo gran juego, un tema sobre el cual pronto publicará una investigación. Heather, tienes la palabra…

Lecturas recomendadas

-Siempre leo el blog de Henry Farrell, profesor de la Universidad Johns Hopkins; su recomendación del artículo de Gideon Lewis-Kraus en The New Yorker sobre las cadenas de suministro de chips vale mucho la pena. Al igual que Farrell, yo dudaba que fuera posible abordar el tema desde una perspectiva narrativa interesante (razón por la cual, para mi último libro, elegí los barcos en lugar de los chips), pero Lewis-Kraus lo logró.

-Siguiendo con mi admiración por Farrell, él mismo firma un excelente artículo sobre los cuellos de botella en las cadenas de suministro, escrito en colaboración con Abraham Newman y Yeling Tan, publicado en el último número de Foreign Affairs.

-Por último, en Financial Times, un análisis en profundidad sobre los problemas de deuda y deflación en China resulta fundamental; ofrece un contrapunto clave a la narrativa optimista, de la que se habla mucho en EU, sobre el auge de China en los ámbitos de la IA y las tecnologías limpias.

Heather Conley responde

Rana, me temo que a Europa no le irá bien a medida que se intensifique este gran juego a escala mundial. El juego que tú y yo describimos —en el que las grandes potencias toman lo que desean (Ucrania, Taiwán, Groenlandia), dan prioridad al dominio global (energía e IA) y despliegan tácticas de coerción económica y campañas de influencia— está diseñado para inclinar de forma decisiva el equilibrio de poder a favor del bando vencedor.

El Ártico, con una posición de zona estratégica privilegiada, constituye el mejor escenario para comprender estas tendencias; la región actúa como un indicador preciso de los vientos geopolíticos dominantes, mucho antes de que nos demos cuenta de que la veleta cambió de dirección. Por ejemplo, en 1987, Mijaíl Gorbachov concibió la región como una zona de paz y cooperación internacional, centrada en la recuperación y protección del medio ambiente. Las relaciones comenzaron a distenderse mucho antes del fin de la Guerra Fría. En 2007 Rusia reanudó los vuelos de bombarderos estratégicos de largo alcance sobre el norte de Europa y desplegó un sumergible tripulado en el lecho marino del Polo Norte, lo que marcó el inicio de una nueva pugna, militar y económica, entre EU, Rusia y China; una dinámica acelerada por la transformación climática. Tu libro describe este nuevo juego con un detalle extraordinario.

La estrategia de la Unión Europea para el Ártico (al igual que el marco político para el Ártico publicado recientemente por Reino Unido) es una iniciativa bienvenida, aunque llega con mucho retraso. La anterior estrategia del bloque, redactada en 2021, no supo prever la agresión rusa en Europa, la creciente presión económica de China ni el giro estratégico de EU hacia la defensa de su propio territorio y del hemisferio occidental. No obstante, sólo tres Estados de la Unión Europea —Dinamarca, Suecia y Finlandia— son naciones árticas, lo que convierte a esta estrategia en una herramienta útil, pero incompleta.

En cualquier caso, Europa debe actuar con rapidez, pues sus adversarios estrechan el cerco. Hace diez días, un satélite ruso se acercó a menos de 500 metros de uno finlandés; una señal amenazante que no pasó desapercibida para Elon Musk. En mayo, Noruega, país que no forma parte de la Unión Europea, detuvo a un ciudadano chino acusado de intentar obtener datos de una importante estación terrestre de seguimiento de satélites en órbita polar. El mes pasado, la OTAN detectó una operación de inteligencia rusa en las proximidades de los cables submarinos que conectan el archipiélago noruego de Svalbard con la Noruega continental; una maniobra similar a las que Rusia llevó a cabo en abril en el Atlántico Norte. El nuevo gran juego en el Ártico se desarrolla en tiempo real en el lecho marino y en el espacio; una realidad que se ve subrayada por los comentarios realizados la semana pasada por el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, durante el Foro sobre Gobernanza Global de China.

Respondiendo a tu pregunta más amplia, Rana: ¿necesita Europa forjar un camino propio para tener éxito en esta versión del siglo XXI del gran juego? Europa debe desarrollar sus propias capacidades, incluidos sistemas de respaldo, tanto en el ámbito submarino como en el espacial; una necesidad que queda patente ante episodios recientes, como la reducción de la velocidad de los servicios de Starlink/Starshield en Ucrania o las tácticas de guerra híbrida empleadas por Rusia. Por desgracia, Europa está muy fragmentada —y el esfuerzo por trazar una vía independiente resulta costoso y prolongado— como para competir de manera eficaz. Pero, ¿será posible forjar un nuevo camino occidental, más ambicioso, con la vista puesta en la etapa posterior a 2029? La antigua relación transatlántica ya no existe. Sin embargo, creo que es posible construir una nueva relación, más equilibrada, que integre a aliados del Atlántico y del Pacífico; el Ártico puede ser el punto de partida para esto.

A esto lo llamo crear un Escudo Ártico Aliado. El Ártico forma parte de la defensa del territorio nacional estadunidense, y los funcionarios de EU lo describen, con razón, como un “escudo para la nación”. Pero Estados Unidos no puede defender su territorio desde el norte sin sus aliados en el Ártico. Estos constituyen una pieza fundamental del escudo defensivo estadunidense, del mismo modo que Estados Unidos está integrado en los suyos. Ante este nuevo gran juego que ya está en marcha, es hora de alzar nuestros escudos, juntos.


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@The Financial Times Limited 2026. Todos los derechos reservados . La traducción de este texto es responsabilidad de Milenio Diario.

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