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Cómo el clima impulsa una nueva geoestrategia

Existen preocupaciones de que la sequía provoque una reducción en el rendimiento de los cultivos y una inflación mundial de los precios de los alimentos para el próximo año, lo que, por supuesto, conlleva riesgos propios para la política monetaria

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Todo el mundo sabe que el cambio climático representa un riesgo, especialmente en un verano en el que Europa vive otra ola de calor récord, los incendios forestales boreales de Canadá cubren vastas zonas de Norteamérica con una peligrosa neblina de humo y Asia sufre los bruscos latigazos de sequías y tifones. Lo que se comprende menos es que el cambio climático ya se convirtió en la fuerza geoestratégica de mayor importancia sistémica.

Basta considerar la puesta en marcha, a principios de este mes, de una operación de transporte marítimo semanal a través de la “Ruta de la Seda del Hielo” del Ártico, que dirige una empresa china, que reducirá a la mitad las rutas habituales entre Europa y China. Esta iniciativa forma parte de la estrategia china de la Ruta de la Seda Polar, que se puso en marcha en colaboración con Rusia en 2017, la cual integrará la Ruta Marítima del Norte en la Iniciativa de la Franja y la Ruta para crear cadenas de suministro y comercio dominadas por China. A medida que el Ártico se deshiela, surge una alternativa nueva y muy atractiva frente a otros cuellos de botella de navegación, como, por ejemplo, el Canal de Panamá.

Mientras que el primero generó controversia por motivos geopolíticos, el segundo últimamente sufre por los efectos del cambio climático. Durante un periodo de sequía entre 2023 y 2024, el bajo nivel del agua obligó a restringir el número de buques que podían transitar por el Canal de Panamá, lo que redujo el volumen comercial en un 32 por ciento respecto al año anterior.

Lo mismo ocurre en otros lugares. Este verano, en Europa, el transporte de mercancías por el Rin y el Danubio se desaceleró o incluso se detuvo, ya que los niveles de agua de estos ríos alcanzaron mínimos históricos debido a una ola de calor que afecta a todo el continente. En Rumanía, se cerró una central nuclear refrigerada por las aguas del Danubio. Los grupos automotrices en el país, entre ellos Ford y Dacia, detuvieron la producción para ahorrar energía.

Es fácil imaginar que otros países sigan el ejemplo (Hungría evitó por poco el cierre de plantas), dado que se predice que las temperaturas inusualmente altas continúen durante el otoño y más allá, a medida que un ciclo de El Niño más intenso de lo normal traiga consigo fenómenos meteorológicos extremos. Esto podría provocar problemas en las redes eléctricas de toda Europa. Del mismo modo, en EU, los mayores embalses del país, situados cerca del río Colorado, se están secando, lo que pone en peligro la generación de energía hidroeléctrica.

Ya existen preocupaciones de que la sequía provoque una reducción en el rendimiento de los cultivos y una inflación mundial de los precios de los alimentos para el próximo año, lo que, por supuesto, conlleva riesgos propios para la política monetaria y los precios de los activos. No es de extrañar que este verano se registrara un número récord de menciones a términos relacionados con el clima durante las conferencias sobre resultados de empresas europeas.

El cambio climático va a terminar transformando los mercados, pero ya está reconfigurando la geopolítica. Posiblemente la obsesión del presidente estadunidense Donald Trump con Groenlandia resulte extrema, pero personas inteligentes de ambos espectros políticos en Estados Unidos (por no hablar de Canadá y las naciones nórdicas) le prestan mucha más atención al Extremo Norte. El deshielo del Ártico colocó a China en su propio patio trasero y creó una nueva competencia estratégica por rutas comerciales que discurren peligrosamente cerca de Rusia. Del mismo modo, las disrupciones en las cadenas de suministro europeas no solamente son una cuestión económica, sino estratégica: el transporte fluvial resulta crucial para la autonomía de un continente sometido a presiones políticas tanto de China como de EU.

Podría decirse que el sur de Asia es la región más vulnerable al cambio climático debido a su geografía y a sus costas densamente pobladas. Sin embargo, China -que, como siempre, apuesta por una estrategia a largo plazo- encontró una ventaja estratégica en este reto. Fortaleció sus industrias marítimas y su capacidad de construcción naval, lo que representa una enorme ventaja no solamente para controlar la logística mundial, sino también una clara superioridad en un mundo que quedará cada vez más sumergido bajo el agua.

Cuando el mundo finalmente haga la transición de los combustibles fósiles a las tecnologías limpias, China será la principal beneficiaria económica. El país produce la mayor parte de los automóviles eléctricos y de las celdas de baterías de litio del mundo. Beijing protegió el control de gran parte de los minerales de tierras raras necesarios tanto para las tecnologías limpias como para la defensa. Esto no solamente implica poder industrial, sino potencialmente también poder monetario. El control estadunidense sobre el petróleo barato impulsó su crecimiento en el siglo XX y fortaleció el dólar; en la próxima era de las tecnologías verdes, China podría gozar de las mismas ventajas en el siglo XXI.

A medida que los propios mercados financieros empiecen a valorar mejor las implicaciones del cambio climático, se harán más evidentes quiénes serán los ganadores y quiénes los perdedores. Anthony Hobley, estratega sobre cambio climático que radica en el Reino Unido, escribió que “la mayoría de las decisiones de inversión todavía se toman como si el cambio climático no estuviera ocurriendo”, no tanto por negacionismo, sino porque aún falta una “capa de traducción entre los datos climáticos y el lenguaje del capital”.

Esto significa que, a pesar de todo lo que se habla sobre los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza), la forma en que los mercados de capitales valoran el riesgo climático -y la oportunidad en materia del clima- sigue siendo relativamente rudimentaria. En parte, esto se debe al modelo de negocio de los seguros, que se basa en ciclos de renovación de 12 meses en lugar de, por ejemplo, una curva de precios a futuro de 20 años. También influyen las tasas de descuento aplicadas a proyectos de capital, que pueden hacer que los riesgos potenciales desaparezcan matemáticamente, incluso a pesar de que sigan existiendo en la realidad. Como afirma Hobley: “Cuando el riesgo climático se modela como un escenario para el año 2050, se sitúa en un horizonte temporal donde cualquier tasa de descuento razonable lo diluye”.

El planeta también corre el riesgo de ser arrasado. A medida que los mercados valoren mejor esa realidad, surgirán sus propias implicaciones geoestratégicas.


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@The Financial Times Limited 2026. Todos los derechos reservados . La traducción de este texto es responsabilidad de Milenio Diario.

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