Hace un par de semanas, la senadora Elizabeth Warren pronunció uno de sus discursos más contundentes, esta vez en un lugar inesperado, el Council of Institutional Investors (Consejo de Inversionistas Institucionales), un grupo de fondos de pensiones públicos y laborales que representan 5 billones de dólares en activos bajo su administración. La invitaron a hablar ante el grupo sobre cómo los niveles sin precedente de corrupción en torno a la administración Trump (cuyo ritmo ha superado las primeras etapas de los regímenes de Vladímir Putin, Recep Tayyip Erdogan y Viktor Orbán) con el tiempo puede acabar colapsando nuestro sistema de mercado.
Sorprendentemente, el sistema jurídico e institucional estadunidense está resistiendo la presión, pero ¿por cuánto tiempo más? El discurso de Warren relacionó varias acciones cuestionables de la administración Trump y citó un editorial de Financial Times en el que se dijo: “En el corto plazo, los que mejor se posicionen para congraciarse con Trump se beneficiarán con crecer. Pero, a medida que más perdure la economía de privilegios, más debilitará el motor competitivo y la apertura sobre los que se construyó el éxito económico estadunidense”.
Sabemos por qué los inversionistas de corto plazo se dejarían llevar por el ritmo al que toca Trump. Pero, ¿por qué los inversionistas de largo plazo, que necesitan seguridad para sus activos durante décadas, no protestan más por la erosión de las normas democráticas y jurídicas en Estados Unidos? Al fin y al cabo, numerosos estudios indican que esta “transformación del mercado estadunidense en un mercado emergente” terminará implicando que los inversionistas tengan que pagar una prima de riesgo más alta para dejar su capital aquí. Ya resulta dolorosamente evidente que el giro xenófobo y proteccionista de EU preocupa a los empresarios (y a todos los demás) y provoca que sus socios comerciales busquen alternativas en otros lugares.
Ahora bien, para ser justos, hemos visto a algunos líderes de fondos de pensiones en estados progresistas como California, así como a grupos como la American Teachers Federation (dirigida por la intrépida Randi Weingarten), usar su poder económico como garrote en la lucha contra la corrupción y los intereses particulares. Pero los inversionistas institucionales aún no se alzan en masa con furia. ¿Esto es lo que viene?
Hablé con la senadora Warren la semana pasada sobre este tema, y me dijo que “los directores ejecutivos y los grandes inversionistas institucionales tienen miedo. Ven lo que les pasó a los bufetes de abogados y a las universidades” y están preocupados. Aunque, añadió, “también deben tener en cuenta que muchos de los que se han enfrentado (a Trump) han salido victoriosos”. Aún así, dijo, el legado de 2008 y el hecho de que todos los grandes directores ejecutivos conservaran sus puestos condujo a la creencia errónea de que esta vez no es diferente, y que si todos se mantienen unidos, pueden evitar consecuencias negativas.
Por supuesto, sabemos que esta vez es diferente. Lo que está sucediendo ahora es mucho, muchísimo peor y más generalizado que un grupo de banqueros que se libran de responsabilidades y dejan a los contribuyentes la tarea de solucionar una burbuja inmobiliaria. Cuando le comenté a Warren que en Alemania e Italia, en las décadas de 1920 y 1930, muchas empresas se mostraron dispuestas a apoyar el fascismo durante años, incluso décadas, ella respondió: “No tenemos 20 años”. Si las cosas siguen así, “perderemos la capacidad de atraer el mejor talento y capital. La innovación se aniquilará. Y toda la base del mercado estadunidense comenzará a desmoronarse”.
Creo en esto. Las investigaciones sobre países que han atravesado largos periodos de corrupción y erosión del estado de derecho lo demuestran. Pero a veces, el camino es muy largo. Entonces, ¿en qué punto nos encontramos en este proceso, sobre todo ahora que los mercados estadunidenses se mantienen firmes incluso ante la guerra que Trump emprendió contra Irán?
Para ayudarme a responder a esta pregunta y compartir su perspectiva sobre lo que viene, contamos con Steven Blitz, economista de TS Lombard, de Global Data. Steve y yo nos conocimos luego de la crisis de 2008, cuando ambos nos unimos a un grupo de analistas de mercado preocupados y participantes de la New America Foundation. El objetivo era reflexionar sobre cómo sería un sistema financiero más saludable, administrado en beneficio de la economía real en lugar de los mercados, y cómo lograrlo. Steve, lamento decir que creo que, en muchos sentidos, estamos en peor situación que en aquel entonces. ¿Estás de acuerdo? ¿Qué indicadores usarías para demostrarlo? ¿Y en qué punto nos encontramos en la progresión desde los mercados libres hacia la corrupción y los mercados comprometidos, y en última instancia hacia algo más oscuro, como un sistema estatal verdaderamente autocrático?
Lecturas recomendadas
-Vean el análisis que realiza The New Yorker sobre el impacto de la guerra de Trump en los iraníes de a pie: es una magnífica pieza de narración multimedia. Mi propia familia me cuenta cosas similares.
-En Financial Times, nuestra excelente reportera sobre el terreno, Najmeh Bozorgmehr, escribió una encantadora columna sobre el pequeño placer que representan de los dulces en medio de los bombardeos.
-Y, en un tono más ligero, ¿quién iba a imaginar que la desaparición de la comedia romántica podía tener implicaciones sociales? Una perspicaz columna de The Atlantic nos explica por qué.
Steven Blitz responde
Hola Rana. Comparto tu preocupación por el rumbo de nuestra democracia, pero por el momento dejemos eso a un lado. Las respuestas a los puntos que planteas, las preguntas que haces, son más complejas y abarcan más aspectos que el sesgo autocrático de Donald Trump y la corrupción denunciada. El ascenso de la economía posindustrial, impulsado por el cambio tecnológico que se ha mantenido durante décadas, dio un vuelco a la sociedad y, con esto, la creencia de la gente de que la economía aún funciona a su favor.
En este siglo se ha visto cómo el comercio y la tecnología desplazan a la mano de obra a un ritmo acelerado, un desplazamiento que está a punto de intensificarse aún más con la inteligencia artificial (IA). Al mismo tiempo, la participación de las utilidades en el producto interno bruto (PIB) per cápita se disparó. El crecimiento de la nómina está ligado a las utilidades, pero esta relación se rompió luego de la pandemia de covid-19. La gente cubre los huecos de empleo creando nuevas empresas en cifras récord y realizando trabajos temporales, una vía poco convencional para integrarse en la economía en general.
Todo esto ha tenido un resultado predecible. En enero de 2000, 69 por ciento de los estadunidenses estaba satisfecho con la situación en su país (según Gallup). Desde entonces, la satisfacción se desplomó, siguiendo la tendencia, aunque fluctuando entre recesión y recuperación, y se situó en un bajísimo 26 por ciento en febrero. Esta percepción, que resuena con la realidad económica, debilita los lazos sociales que vinculan a las personas con la economía y, a su vez, disminuye el valor percibido de las políticas y los políticos centristas. En consecuencia, se favorece a los autócratas de ambos extremos del espectro político; el centro queda excluido.
En este contexto, surgen las propuestas de izquierda de Warren, que si bien son loables en sí mismas, no fomentan una economía dinámica donde el capital esté dispuesto a invertir. Además presiona a las empresas para que respondan a su visión de cómo debe funcionar la sociedad y establezcan valores para lograr objetivos más importantes que las utilidades. Esto lo rechaza la mayoría de las personas a las que intenta ayudar; de lo contrario, al menos habría ganado la nominación demócrata en el pasado.
MAGA también se centra en abordar la crisis económica, prometiendo mejores salarios mediante sus propias propuestas autoritarias (y la eliminación de restricciones regulatorias), pero también se compromete a ser un firme defensor de la visión que tiene el país de su estructura social tradicional. Prometer proteger la tradición cuando todo lo demás se desmorona es la razón por la que los países caen en el fascismo con mayor facilidad que en el socialismo.
Volviendo a tus preguntas y comentarios originales, relacionemos la economía con la política. La crisis financiera de 2008 fue grave, pero normal en términos históricos. La economía actual ha experimentado y sigue experimentando un cambio drástico en el que las máquinas realizan el trabajo, alcanzando o reemplazando puestos de mayor remuneración. El crecimiento económico se ha basado en la sustitución de mano de obra por máquinas, pero esta vez se percibe diferente, y quizás menos sensible a la oferta, la demanda y las tasas de interés que el fabricante de alfileres de Adam Smith.
En este nuevo mundo, las utilidades se expandirán aún más para los dueños del capital a expensas de la mano de obra. Los dueños del dinero quieren mantener este resultado y aprovecharlo en una gama más amplia de industrias. Este es el dinamismo que atrae flujos de capital, no la virtud de una “sociedad ideal”. La corrupción en torno a Trump, al final, se convierte en ruido en el contexto que planteas. Tampoco me preocupan demasiado las fusiones en sí mismas; suelen tener un desempeño menor al esperado como empresa y, finalmente, se disuelven.
La preocupación que debe inquietarnos a todos es si los dueños de la tecnología terminarán controlando el gobierno para proteger su posición. En algún momento del futuro se implementarán impuestos a las máquinas para financiar los ingresos. Desde una perspectiva optimista, EU trabaja intensamente para definir cómo funcionará la organización posindustrial del trabajo, la política y la sociedad.