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Elvis mexicano de Sudáfrica ‘resucita’ como símbolo del Mexicantown en la era de Trump

El cantante que siempre buscó resaltar su herencia mexicana, cualidad por la que su música cruzó continentes, ahora se erige como un estandarte ante la política antimigrantes en EU.

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M+.- Sixto Rodríguez, uno de los músicos chicanos más importantes en la historia de Estados Unidos, murió con el éxito rotundo después de que sus fans lo rescataron del anonimato, pero se quedó con una piedrita en el corazón: el reconocimiento en México como uno de los suyos.

“Quería que recibiera un poco de cariño de su tierra, que le demostraran que estaban orgullosos de él y de lo que había logrado”, dice Sandra Rodríguez, una de sus tres hijas en entrevista exclusiva con MILENIO.
“Quería que México viera a su héroe nacional, porque él realmente siempre se sintió orgulloso de ser mexicano. Nunca negó su herencia. Nunca quiso cambiarse el nombre, aunque quizá eso le habría ayudado comercialmente, llamándose Johnny o algo así. Pero se mantuvo fiel a sus raíces. Se mantuvo fiel a su nombre: Rodríguez”.

De origen potosino por sus abuelos, Rodríguez —así es su nombre artístico— es un cantante icónico de la cultura chicana, porque no fue profeta en su tierra, porque nunca se avergonzó de su origen y confió en su trabajo manual cuando el público de Estados Unidos le dio la espalda.

En cambio, lo reconocieron en Sudáfrica desde que alguien lo llevó allá en tiempos del Apartheid sin que él lo supiera hasta los 1990, cuando sus seguidores emprendieron una búsqueda para encontrarlo: una odisea que se inmortalizó en el documental Searching for Sugar Man —Óscar en 2013— y devolvió a Rodríguez a los escenarios.

Legado de Rodríguez continúa en Mexicantown

Rodríguez murió con gloria en la ciudad de Detroit en 2023, como hijo de una de las diásporas mexicanas más consolidadas de Estados Unidos desde que miles llegaron a Michigan para trabajar en el campo y en la industria automotriz de Henry Ford a principios del siglo XX.

Ahora, la Oficina del Censo contabiliza alrededor de 33 mil mexicanos en la ciudad, el ocho por ciento de la población total que ha disminuido por crisis e intermitentes deportaciones, pero que se ha consolidado al punto que los propios guías de la ciudad recomiendan visitar Mexicantown.

El Mexicantown está al suroeste de Detroit, donde nació Rodríguez, ignorado en su juventud como músico, pero actualmente es un referente de otros de origen mexicano, como Eduardo Cobian, quien compró un terreno frente del mural del cantante por admiración.

Cobian se ve inmerso en el espejo de Rodríguez. “También toco la guitarra y he trabajado toda mi vida con las manos. ¡Ahora estoy trabajando y es domingo!”.
“Aquí voy a hacer mi restaurante”, agrega frente a Elton Monroy, autor del mural.

Pasa la vista por la aplanadora que conduce su socio y vuelve al mural. La figura de Rodríguez aparece en negro, rodeada en círculos geométricos en azul, verde y amarillo.

En el muro lateral, destaca la frase de una de sus canciones en letras turquesas: “Won’t you bring back all those colors to my dreams?” (¿No devolverás todos esos colores a mis sueños?)”.

—Entonces, ¿usted lo pintó? —pregunta Cobian.

Elton Monroy asiente. Desde que este llegó a Detroit hace 12 años, graduado de Artes Visuales en México y con la intención de ahorrar para irse a Alemania, el muralista usó las canciones de Rodríguez como música de fondo mientras pintaba o esculpía y terminó asociando ambas cosas:

¡La ciudad y el híbrido musical de folk, rock psicodélico y crítica social!

Las letras de Rodríguez hablan sobre desigualdad, corrupción, racismo, explotación, drogas y vida callejera, como se escuchan en Sugar Man, I Wonder, Crucify Your Mind, Inner City Blues, Cold Fact, entre otras.

El muralista usó las canciones de Rodríguez como música de fondo mientras pintaba
El muralista usó las canciones de Rodríguez como música de fondo mientras pintaba | Foto: Gardenia Mendoza

Monroy permanece en Detroit porque el Estado le da fondos para “embellecer” la ciudad y él lo hace con un plus: muestra la vida de la comunidad mexicana.

“Tengo alrededor de 15 murales Mexicantown y alrededor de 30 en el área metropolitana”, precisa. 

El de Rodríguez fue un encargo del propietario del edificio, un estadunidense casado con una mexicana.

Recuerda que publicaba en redes sociales los avances de este; recibió un mensaje inesperado de una de las tres hijas de Rodríguez. Le preguntó por qué estaba pintando a su padre y después le reveló algo que él tampoco sabía: la familia había vivido precisamente en el departamento situado cerca de la cabeza del músico.

—¿Puedes terminarlo para la fecha de su cumpleaños?— le preguntó.

El 4 de julio, Monroy y su propio padre todavía estaban arriba de las grúas para terminarlo. Cuando ya no hubo suficiente luz y se retiraban, voltearon hacia la fachada: detrás del rostro de Rodríguez estallaban los fuegos artificiales del día más patriota del año.

Ese hombre pintado sobre un edificio había nacido aquí en 1942, hijo de padre de ascendencia 100 por ciento mexicana y madre mestiza europea y cherokee, el sexto de una familia que vivió y resistió los embates del declive del Detroit industrial, segregado y obrero, que aparecería en sus canciones de protesta que no hicieron eco en México ni al final de sus días.

¿Lo obtendrá ahora? "Tiempo al tiempo", dice Sandra, su hija. MILENIO preguntó a la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, vía mensaje de texto, si podría hacerse algún tipo de homenaje, pero aún no responde a la pregunta.

El arraigo del sur permeó en su obra

Sandra Rodríguez-Kennedy recibe a MILENIO en su casa de Detroit. En un rincón, entre plantas y objetos cotidianos, arde una veladora con la imagen de la Virgen de Guadalupe junto a la fotografía de Sixto, al lado de un mantel blanco bordado con flores de punto de cruz y una taza con el rostro del cantante.

Sandra saca de una caja de cartón algunas fotografías del padre en blanco y negro, un disco de vinilo del álbum Cold Fact, cartas y un viejo promocional de una gira por Australia que extiende para esta enviada.

El conjunto es un resumen de las dos dimensiones de Rodríguez: la celebridad y el padre que heredó la idiosincrasia y el sentido de pertenencia a sus tres hijas —Eva, Sandra y Regan, la menor que sirvió durante 40 años en las fuerzas armadas estadunidenses—.

“De él aprendí la ética del trabajo duro. Aprendí a sentirme orgullosa de ser una obrera”, reconoce Sandra mientras toma un té.
“Él quería que yo tocara, pero al principio me resistía. Un día me dijo: ‘Vas a abrir el espectáculo, tocarás durante diez minutos y te voy a pagar’. Le respondí: ‘Si me pagas, lo haré’”.

Así se volvió su telonera en muchos conciertos: en el Royal Albert Hall, el Ryman Theater, el Grand Ole Opry, el Masonic Temple, la Ópera de Sídney y Humphreys by the Bay. En tanto trabajaba como anestesista y en el área de administración y urgencias de un hospital. Sandra fue parte activa de la carrera de su papá.

“Todo lo que hizo fue para sus hijas. Siempre nos cuidó. Quería libertad económica para nosotras, que no termináramos en empleos abusivos”.
Sandra Rodríguez-Kennedy en un taller de pintura en Mexicantown
Sandra Rodríguez-Kennedy en un taller de pintura en Mexicantown | Foto: Gardenia Mendoza

¿Otras cosas de familia? Sandra esculca en su memoria. La mirada se torna tierna y recuerda que, antes de su muerte, Rodríguez compró una batería grande que tocó por dos años y un piano de cola, aunque no tocaba ese instrumento: lo suyo fue la guitarra.

En 1967, grabó su primer sencillo, I’ll Slip Away, publicado por error bajo el nombre 'Rod Riguez'. Productores de Detroit lo descubrieron tocando a oscuras en un bar y lo llevaron al estudio Tera Shirma, donde grabó Cold Fact. El disco apareció en marzo de 1970. Un año después, Coming from Reality, pero ambos fracasaron comercialmente aquí.

Volvió al trabajo manual: demolición, construcción y líneas de producción, donde se unió como luchador social al United Auto Workers. Se graduó en Filosofía por la Wayne State University en 1981 y fue candidato, sin éxito, a alcalde de Detroit, al Concejo Municipal y a la Cámara de Representantes estatal.

“De haber contado con más fondos de campaña o con un mayor apoyo de los votantes, ¡habría ganado!”, dice Sandra.

La población latina no se ha involucrado políticamente hasta el punto que aspiraba Rodríguez: aunque han llegado a ser congresistas, no ha habido algún alcalde o gobernador y fue hasta 2013 que ganó un concejal.

Raymond Lozano, director ejecutivo de la Corporación de Desarrollo Comunitario de Mexicantown, reconoce que el bajo perfil tiene raíces históricas: intermitentemente, la comunidad ha sido acosada por el asunto migratorio y eso se ve incluso en las calles.

De hecho, a unos metros de la sede de la organización hay un letrero histórico que recuerda que Estados Unidos desde los 1920 recibe o persigue a los indocumentados según los necesite. 

“Durante la Gran Depresión, miles de mexicanos —incluidos ciudadanos estadunidenses— fueron repatriados o deportados por la fuerza”, se lee.

Raymond dice que es tiempo de reivindicar el idioma después de que se reconoció de manera oficial el nombre de Downtown y así se reconoció la presencia de México hasta el último rincón de Estados Unidos, ya que a unos pasos de ahí está la garita hacia Canadá.

Los Lozano llegaron a Michigan para trabajar los betabeles. Se quedaron, pero no enseñaron a sus hijos el idioma: ese era el estilo de entonces para evitar problemas. 

“Ahora son otros tiempos y los jóvenes no deben olvidarlo”, explica Raymond mientras conduce por la autopista 75 y toma la salida 47.

Ahí aparece un letrero: “Welcome to Mexicantown”. Todo el barrio salpicado de pan dulce, birria y menudo; publicidad de cervezas, propaganda de Gabriela Santiago-Romero para concejal del Distrito 6 y los 15 murales que pintó Elton Monroy sobre la comunidad.

Al muralista oriundo de Hidalgo se le puede encontrar algunas veces posando para los turistas, principalmente en la calle Bagley, donde, además, tiene cinco esculturas de alebrijes con partes de automóviles.

Por si fuera poco contra el olvido, la corporación que encabeza Lozano organiza el Día de Muertos, danzas aztecas, conciertos y la ceremonia del Grito de Independencia. A estos eventos llegan desde los migrantes recientes —con el renacimiento de la economía de Detroit hay otra oleada— y los hijos de generaciones más antiguas.

Susy Villarreal, propietaria de Tamalería Nuevo León, representa a estos últimos, ubicada en la puerta del suroeste, con su fachada pintada de blanco y guardapolvo rojo al más puro estilo colonial.

Detroitense por nacimiento, dice que su casa era un microcosmos de México por el idioma y la idolatría al maíz que tantas burlas causaban en la escuela.

El negocio de los tamales comenzó en 1957, cuando su padre, trabajador de Great Lakes Steel, quedó sin ingresos por una huelga, y su madre se puso para la vaporera mientras los hijos repartían la mercancía en patines hasta popularizar el alimento. Ahora, vende por miles.

Los mexicanos nacemos donde queremos”, parafrasea Susy a Chavela Vargas cuando visita la ciudad de Monterrey y sus familiares le echan en cara su acento.
Susy Villareal, propietaria de la tamalería Monterrey, en Mexicantown
Susy Villareal, propietaria de la tamalería Monterrey, en Mexicantown | Foto: Gardenia Mendoza

Cuando Susy tenía 15 años, viajó por carretera a Nuevo León con sus padres, imponiendo el soundtrack de Los Panchos a pesar del hartazgo de ella, pero ahora no puede volver a Monterrey sin escucharlos.

“Así, de a poco, te enseñan a amar a un país”, dice en el estacionamiento de la tamalería, donde ondea la bandera tricolor junto a otras que también lleva en el corazón, la de los Lions, los Tigers y Michigan State Spartans.

Su música cruzó fronteras y generaciones

A más de 13 mil kilómetros de Detroit, mientras Susy construía una tradición culinaria al ritmo de los tríos románticos y Rodríguez sobrevivía como obrero, las canciones de este se colaban en los oídos de australianos, neozelandeses y, sobre todo, de los sudafricanos.

Allí, sus canciones contra el poder conectaron con una generación de segregaciones y se convirtió en culto. Los años pasaron y había tan poca información sobre él que corrió el rumor de que había muerto en pleno escenario.

Para salir de dudas, sus fans crearon un sitio web con la esperanza de encontrarlo. Fue a través de una de sus hijas que dieron con él en Detroit. La odisea se reconstruyó en el documental Searching for Sugar Man.

El éxito con el Óscar llevó al músico a una audiencia mundial y salió a la luz otra parte de la historia: que Rodríguez no recibió regalías durante los años de mayor auge de su música.

Sandra, dice Harry Balk, su mánager, al arranque de la carrera, demandó a la productora Clarence Avant e involucró a la familia en la demanda como terceros. 

“Ganamos el caso, aunque no hubo una indemnización económica; simplemente se determinó que éramos inocentes y que no teníamos ninguna deuda”.

Clarence vendió el catálogo a Universal Music Group, que ahora posee los derechos de licencia, pero la familia recibe un porcentaje apenas superior al 1 por ciento. 

“Rodríguez conserva los derechos de autor y los derechos editoriales, pero no los derechos de reproducción mecánica de dichas grabaciones”, destaca la hija.

El tema legal continúa.

MD

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Gardenia Mendoza Aguilar
  • Gardenia Mendoza Aguilar
  • Periodista especializada en temas migratorios y en la relación de México con Estados Unidos. Ha sido corresponsal para medios internacionales en radio, prensa escrita y TV. Hoy forma parte de coberturas especiales de 'Milenio'.
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