M+.- Celular en mano, lentes oscuros, sombreros o gorras deportivas. Tenis por si es necesario moverse rápido y alertar que 'La Migra' anda cerca o, simplemente, hacer rondines en los alrededores de la iglesia para que los latinos escuchen misa con tranquilidad mientras ellos, los “güeros”, hacen el papel de vigilantes.
Oficialmente se les conoce como observadores; entre la comunidad latina, como “ángeles” y, para efectos prácticos, son guardaespaldas de migrantes irregulares en esta ciudad de fuerte tradición religiosa, donde sólo el 18 por ciento de la población se declara sin religión, según la Oficina del Censo.
“Echa aguas”, migrantes atentos de la ICE
Así, protestantes, católicos, otros cristianos y judíos —principalmente blancos, como la mayoría de la población— se han unido en equipos de patrullaje en los templos para “echar aguas” a los migrantes si llega ICE.
Casi el 60 por ciento de los habitantes de Pensilvania considera que los agentes migratorios han ido demasiado lejos, según una encuesta de Emerson College de febrero.
Según Pew Research Center, el rechazo crece cuando los agentes entran a lugares sensibles:
- 71 por ciento se opone a los arrestos en iglesias
- 67 por ciento en escuelas y hospitales
Estos operativos son posibles desde enero de 2025, cuando el Departamento de Seguridad Nacional eliminó las restricciones que los limitaban en esos espacios.
“Están atentando contra la dignidad de las personas. Yo fui criada como católica y, aunque ya no soy practicante, entiendo la fortaleza que la religión da a las familias y a las personas”, dijo a MILENIO Jane Downing, una enfermera retirada que desde diciembre se sumó a los rondines dominicales en las iglesias.
“Sólo quiero que los migrantes puedan asistir a sus servicios religiosos y se sientan seguros”, indicó
Jane camina con paso firme frente al templo cuyo nombre se mantiene en el anonimato por razones de seguridad. Esta vez le fue asignada la vigilancia de la puerta principal por donde entra la feligresía.
Es poco más del mediodía de un domingo. Hombres y mujeres latinos aparcan sus automóviles, ya en pareja o con dos hijos, ya en enormes camionetas donde cabe el familión: la abuela, los tíos, las primas.
Algunos vestidos de mezclilla o en short; otros, con sus mejores galas, uñas, pestañas postizas y vestidos floreados.
Una quinceañera vestida de rosa y encaje, con una corona en la cabeza, se acerca al sacerdote Fernando Torres, quien ve con buenos ojos los rondines de los güeros y dice, “están aquí para informarnos de alguna persona que llegue y pueda distraernos durante la misa”.
Más aún cuando se trata de XV años y los enfiestados sólo piensan en los trajes de frac, así como en los vestidos largos, los brillitos y las cabelleras rizadas, amén de que reconocer a los agentes migratorios se ha vuelto cada vez más difícil.
En operativos documentados, agentes federales han utilizado disfraces y estrategias de camuflaje, como hacerse pasar por electricistas. También han utilizado vehículos sin placas, máscaras, ropa de civil, y hasta una bandera mexicana para generar confianza.
Uno de los casos más llamativos ocurrió en California en una operación de vigilancia denominada “Trojan Horse” —Caballo de Troya, en alusión al relato de la Odisea—, donde agentes de la Patrulla Fronteriza se escondieron dentro de un camión para mudanzas para sorprender a jornaleros que buscaban trabajo en un Home Depot.
Los guardaespaldas de migrantes en Pittsburgh conocen estos antecedentes y están con los ojos muy abiertos, atentos a cualquier indicio de infiltración.
David Post va y viene entre las cuatro entradas del estacionamiento. El calor del verano continental de Pensilvania cae sobre el kipá que lleva en la cabeza y lo identifica como judío. Un judío que no olvida sus deberes religiosos ni quién es ni de dónde viene.
Esto porque su abuelo tuvo que cambiarse el apellido para sonar más estadunidense después de llegar indocumentado a la isla Ellis, en Nueva York.
Hubo muchos sacrificios familiares para que él llegara a ser sociólogo de la educación y que en Latinoamérica siempre fue bienvenido como profesor visitante e intermitente para estudiar el trabajo infantil.
“El libro del Éxodo dice: ‘No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque ustedes también fueron extranjeros en la tierra de Egipto’. Para los judíos ese pasaje es muy importante y una de mis motivaciones para estar aquí”, comenta a este diario mientras busca una sombra.
David toma un respiro sin apartar la mirada del horizonte. El momento más estresante ha pasado una vez que los migrantes entraron a misa: hay menos posibilidades de persecución hasta que termine la ceremonia.
“La situación política es muy grave. Todos deberíamos estar haciendo algo para apoyar a la comunidad que hoy lo necesita”, señaló
Ahora mismo, a unos cuantos kilómetros, su esposa, que es abogada, se hace cargo del caso de algunos indocumentados.
El factor voluntario
Al inicio de su segunda administración, Donald Trump eliminó varios programas federales para inmigrantes. Entre otros, el Legal Orientation Program que operaba presencialmente en 35 centros de detención de ICE y había atendido a más de 98 mil detenidos en dos años.
La cancelación de esos recursos eliminó el presupuesto destinado al tema pero llamó la atención del voluntariado filantrópico y particularmente entre los adultos mayores.
“Desde que me jubilé, pensé que debía hacer algo por mis vecinos”, comenta Sarah Neusius en entrevista con este diario desde su centro de operaciones cercano al campanario de la iglesia donde también se encuentran Jane y David.
Sarah, antropóloga, arqueóloga y excatedrática de la Universidad de Pittsburgh llegó mucho antes que las vendedoras de aguas de tamarindo y horchata que se instalaron en el atrio al más puro estilo mexicano, con cucharón, jarrones y vasos para llevar.
“Muchas de las personas jubiladas que estamos aquí como vigilantes sentimos que tenemos menos que perder que quienes todavía están trabajando o tienen hijos pequeños que dependen de ellas”, señaló.
La jubilación se ha convertido para algunos estadunidenses en una segunda vocación dedicada a la defensa de los migrantes. Exmaestros, enfermeras, abogados y empleados públicos retirados tienen el tiempo disponible que se necesita.
Verifican reportes sobre operativos de ICE, acompañan a migrantes a tribunales, conducen durante horas, distribuyen alimentos, buscan abogados y vivienda, atienden líneas de emergencia e incluso ofrecen refugio temporal.
En 2026, redes nacionales como Brethren Rapid Response Network comenzaron a apoyarse en parejas jubiladas para establecer líneas de emergencia y verificar reportes en condados rurales.
En Los Ángeles, Unión del Barrio reportó la incorporación de mujeres mayores que no pertenecían a la comunidad latina y llegaban preguntando cómo podían ayudar, igual que Jane y Sarah en Pittsburgh.
Algunas participan ahora en el monitoreo de redadas, documentación en video y observación de posibles violaciones de derechos civiles.
En Chicago, las religiosas JoAnn Persch, de 90 años, y Pat Murphy, de 95, pospusieron su retiro y crearon Catherine’s Caring Cause. En tres años alojaron a 25 familias migrantes, pagaron renta y servicios durante un año, consiguieron alimentos y muebles, acompañaron a migrantes ilegales a la corte y con abogados.
En Pensilvania, 27 por ciento de los mayores de 65 años realiza trabajo voluntario, una proporción todavía lejana de los estados líderes:
- Utah (44.6 por ciento)
- Dakota del Sur (44.3 por ciento)
- Vermont (42.9 por ciento)
El estado ocupa el lugar 31 nacional, según el U.S. Census Bureau y AmeriCorps, con datos de 2023; sin embargo, los activistas creen que las acciones de ICE están despertando más interés en los últimos dos años.
“En Pittsburgh no nos estamos comprando ese mensaje xenófobo: este lugar se hizo a base de inmigrantes y los que están llegando ahora es gente maravillosa, muy trabajadora”, observa Sarah expectante a los alrededores.
Una mujer blanca, más o menos de su misma edad, se acerca, la llama para hablar en privado y cuchichean algunas frases. La otra vuelve a la banqueta que bordea la iglesia.
—¿Pasó algo? —pregunta MILENIO.
—No, gracias a Dios —responde Sarah, protestante presbiteriana—. Pero es molesto que la gente no pueda venir a rezar tranquila. Yo voy a mi servicio todos los domingos a las 9:00 horas en punto. Nadie me molesta: la humanidad debe tener derecho al menos a esa paz.
Acción y redacción
Los panderos suenan y todos cantan al interior de la iglesia al compás de la guitarra, tengo el ejemplo de la vida de Jesús/me siento perdido, perdido sin su luz. El padre Torres, con una casulla verde, lentes de intelectual, está a punto de terminar la ceremonia.
En el exterior, la vigilancia de los guardaespaldas vuelve a la alerta máxima. Se han plantado en las salidas de los estacionamientos y desde ahí caminan de un extremo a otro de las calles.
Jane Downing se recuerda a sí misma que estará a la altura de las circunstancias, como cuando estuvo en las protestas contra la prohibición de entrada de musulmanes y en tantas otras manifestaciones que han requerido contrariar al gobierno.
“Suelo reaccionar cuando veo una injusticia”, dice.
Su conducta a veces preocupa a los suyos. No a su esposo: él la apoya completamente, pero sí al resto de la familia. Sus hijos, por ejemplo, le dan la impresión de que temen por su seguridad y piensan que está en riesgo.
Ella no lo cree. Al contrario, siempre está pensando qué más puede hacer para inconformarse contra todo lo que demerita a la humanidad.
“También acompaño a personas migrantes que son citadas a la corte y participo en el equipo de respuesta rápida para documentar lo que hace ICE en las detenciones”, señaló.
—¿Qué comentarios hace la familia al respecto?
—Saben que no pueden hacer que deje de hacerlo, pero prefieren no hablar del tema. Básicamente actúan como si no estuviera pasando nada. Saben lo que hago, pero no quieren enfrentarlo. Así hay mucha gente aquí. Jane suspira.
De vuelta al final de la misa, el sacerdote Fernando Torres suelta las últimas palabras:
“Que el Señor esté con ustedes. Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, permanezca con ustedes para siempre. Hermanos, la celebración eucarística ha terminado, pueden ir en paz”.
Una familia toma con las manos los hombros de quien tiene enfrente y se encamina hacia afuera en fila india, dejando atrás los coloridos vitrales que dan luz al interior; una madre jala la carriola con lentitud y los monaguillos vestidos vestidos de blanco desatan los lazos que hacían de cinturón, dejan la cruz de madera a un lado, por lo que se pierden detrás del púlpito.
De pronto, el atrio se ha vuelto un hervidero de gente que compra tacos y aguas de sabores, se toma fotografías con la quinceañera, platica entre sí o con el cura que reparte bendiciones y recordatorios para que se cuiden mucho: el horno no está para bollos.
Los “ángeles” siguen merodeando los alrededores. Discretos, apenas hablan, pero se mueven con soltura sin causar alarmas a pesar de su blancura. Javier Quintero, uno de los asistentes, dice que sí se siente más seguro con ese tipo de vigilancia.
“Gracias por el trabajo que están haciendo porque lo hacen de manera voluntaria y reconocen que muchos venimos a hacer un esfuerzo para que este país sea un gran país”, suelta frente a Jane y Sarah.
El lugar se vacía poco a poco hasta que la calle queda tan solitaria como cualquier otro día de la semana.
No se puede cantar victoria porque en Pensilvania hay diariamente casi 26 detenciones de migrantes, según datos del Deportation Data Project, pero se acabó el riesgo por el momento. Así un día más en la Unión Americana.
Crece el rechazo a ICE
• 60 por ciento en Pensilvania: considera que ICE ha ido demasiado lejos.
• 71% en Estados Unidos: rechaza arrestos migratorios en iglesias y lugares de culto.
• 67por ciento: se opone a operativos en escuelas.
• 67 por ciento: rechaza detenciones en hospitales.
• Desde enero de 2025, el gobierno eliminó las restricciones a operativos migratorios en estos “lugares sensibles”.
Fuentes: Emerson College Polling (febrero 2026) · Pew Research Center (abril 2026) · Department of Homeland Security.
KL
