Hace 20 años comenzó en el sur del continente la construcción de una centralidad progresista. En la reunión de noviembre de 2005,en la IV Cumbre de las Américas, con el liderazgo de Lula da Silva (Brasil), Néstor Kirchner (Argentina) y Hugo Chávez (Venezuela) se puso fin al proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas, promovido por George W. Bush.
Pronto otros países sumaron gobiernos de izquierda: Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y los gobiernos del Frente Amplio en Uruguay.
Ese proceso de dominio de la ola progresista duró hasta hace 10 años cuando emergió una nueva fuerza en la derecha regional, caracterizada por la violencia discursiva, el desprecio por el Estado como equilibrio de las injusticias sociales y económicas.
En Brasil apareció Jair Bolsonaro, un exmilitar que supo captar el descontento en un momento de baja institucionalidad. En los últimos años los sectores reaccionarios configuraron una nueva fuerza en la derecha regional, que actualmente corporizan figuras como la de Javier Milei en Argentina, Santiago Peña en Paraguay, Daniel Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile y potencialmente Keiko Fujimori en Perú.
En Colombia acaba de ganar las elecciones el outsider político y empresario Ábelardo de la Espriella, nuevo nombre de la derecha extrema regional.
Desde Argentina, Milei aparece como una referencia que todos quienes lo siguieron indican como modelo; organizó en noviembre de 2025 La Derecha Fest (promovido como “el evento más anti izquierda del mundo”) donde, como figura ya consolidada del conservadurismo internacional, invitó incluso a liderazgos de países regionales como Ecuador, Perú, Colombia y Chile.
Pocos meses antes se había organizado en Asunción, Paraguay, la Conferencia de Acción Conservadora (CPAC), evento de la derecha estadunidense que comenzó a replicarse en la región con más fuerza recientemente, con ediciones en Argentina y Paraguay.
En ella participaron referentes de Brasil y México — incluso Eduardo Verástegui fue uno de sus oradores—.
Pasado progresista
El ideario de este movimiento promueve una ruptura radical con el pasado reciente. La conversación sobre derechos LGBT hasta temas climáticos es ubicada como catalizadora de las crisis económicas, políticas y sociales de los últimos años.
La acción política ataca de manera efectiva el sistema que llevó a las sociedades a aquel punto: se trata de proyectar los valores —conservadores— del pasado hacia el futuro.
Juan Gabriel Tokatlian, experto en relaciones internacionales, acuñó el término “'internacional reaccionaria” para referirse a un fenómeno sostenido por una filosofía de una “nueva derecha” que “tiene expresiones más emblemáticas en el mundo anglosajón y se despliega, básicamente, en Occidente”.
“Dos dinámicas complementarias reflejan la actitud reaccionaria hacia los cambios (mundiales e internos) de largo plazo”, dice.
“La primera, una mirada frente a la historia, la política, la moral y la cultura en clave de pérdida, de desengaño y de frustración. Prevalece la glorificación de un pasado presuntamente mejor, ordenado y seguro. Subyacen la nostalgia y la superioridad moral, por eso la alternativa propuesta es recrear el pasado”.
“La segunda dinámica es la selección de alguien para culpar por los males actuales. Por ejemplo, el progresismo es considerado destructivo por su acento en el multiculturalismo, la diversidad identitaria y lo cosmopolita, entre otras”, señala.
Es en ese sentido que el análisis de Tokatlian permite entender las nuevas emergencias políticas de derecha como parte de un sistema: hacerle contrapeso a los progresismos de la década pasada en gran parte de la región —en México un poco más tarde, con la llegada de Andrés Manuel López Obrador— se convierte en sí mismo en una búsqueda de construcción política.
El factor Trump
Montada sobre el proceso emergente y todavía entonces algo aislado en los casos de Bolsonaro y Milei, aparece una estrategia geopolítica con la vuelta de Donald Trump a la presidencia en Estados Unidos.
Este punteo de la política exterior del trumpismo ha crecido y se ha consolidado en el último año, especialmente a partir de la publicación de la “Doctrina Donroe” como parte de la estrategia de seguridad estadunidense.
Bajo los gobiernos de esta derecha latinoamericana regresan los organismos multilaterales, especialmente del Fondo Monetario Internacional que actúa como brazo financiero de Washington para favorecer a los gobiernos condescendientes con sus intereses para la región.
En Argentina, el gobierno de Trump participó explícitamente de la campaña de las elecciones legislativas de medio término, prometiendo ayuda económica e inversiones en el caso de que los votantes optaran por continuar por el camino libertario de Milei, quien finalmente impuso a sus candidatos en las urnas.
El tándem entre el debilitamiento de los progresismos y el crecimiento de las derechas también está enmarcado dentro del cambio en los vínculos con EU.
Lo que parecía que serían vínculos secundarios para Washington terminó siendo una actitud central de su política interna y exterior.
Con distintos embajadores políticos, pero sobre todo con Marco Rubio, su secretario de Estado, y Pete Hegseth, de Guerra, el gobierno estadunidense rearticuló su política exterior hacia América Latina en un formato transaccional.
En algunos casos, esto implicó utilizar la acción directa, como la invasión a Venezuela y la instalación de gobierno de origen chavista pero condicionado en su supervivencia por el propio Trump, o el bloqueo extremo que sumió a Cuba en la peor crisis humanitaria de los últimos 60 años.
Estos gestos, también, potencian la expectativa de liderazgos de derecha a que tengan mayor comunicación con el trumpismo, trayendo a 2026 la vieja amenaza intervencionista.
Sin embargo, ninguna de estas categorías alcanza por sí sola para comprender los giros políticos en algunos países que hasta hace pocos años lideraban luchas progresistas en el mundo.
Movimientos sociales y sindicales robustos hoy palidecen ante la potencia de los discursos en las redes, que se vuelven imparables y se cuelan en cada una de las dimensiones sociales de los votantes.
¿Sucederá, con estos gobiernos de promesas opulentas, el desencanto que sucedió también con sus predecesores ideológicos? ¿Serán una de las formas de respuesta que asume el desencanto general, surgido en la postpandemia, que hace que en casi todo el mundo los oficialismos no puedan mantenerse en el poder?
En América Latina el tiempo parece marcar un cambio de rumbo hacia un modelo nuevo y desconocido hasta ahora. Los próximos años nos permitirán saber si estamos frente a movimientos políticos perdurables o son parte de las políticas pendulares que suelen asolar a la región.