Internacional
  • Jóvenes españoles se enfrentan a un desalentador panorama económico

  • España encabeza la lista de desigualdad en países europeos, y los jóvenes lo resienten.
La exclusión laboral es el principal problema de los jóvenes españoles según el estudio. | Archivo

Pol Cuevas tiene 21 años y la prudencia de quien mira al futuro con incertidumbre. “Vivimos en una sociedad que cubre más las necesidades, en todos los aspectos", concede, como intentando convencerse a sí mismo.

Pero la realidad, inflexible, se impone en su siguiente frase: “Sí que es verdad que hay unas dificultades... todo está más caro”. Paul vive aún en casa de sus padres. Combina estudios con trabajos esporádicos como entrenador. “He reducido mis gastos para poder en un futuro tener algo, porque ahora la situación está difícil. El tema de los pisos (departamentos) y todo eso está muy caro”.

El testimonio de Pol es el preludio del Informe Foessa. Una España que no solo encabeza la lista de la desigualdad en Europa sino que está formando una generación que, por primera vez en décadas, mira al mañana con más miedo que esperanza.

Los datos lo demuestran: 4.3 millones de personas atrapadas en la exclusión severa; el 47 por ciento de la población activa sufriendo la precariedad laboral; ocho de cada cien españoles sobreviviendo con menos de 644 euros al mes. Mientras, el coste de la vida se dispara: la canasta de la compra se ha encarecido 37.5 por ciento y el alquiler, 40 por ciento desde 2020.

“Estamos acostumbrados a hablar de pobreza, pero la exclusión es más compleja”, explica Daniel Rodríguez, sociólogo de la Fundación Foessa. “Significa no poder participar con normalidad en la sociedad”.

Y los dos grandes motores que expulsan a la gente de esa sociedad son el empleo y la vivienda. “Más de la mitad de las personas a las que atendemos en Cáritas tienen empleo”, continúa Rodríguez. “Hasta hace unos años, todo el mundo pensaba que el empleo era un escudo protector. Bueno, pues esto ya no es así”.

Laura, de 32 años, lo vive en su propia piel. “Son las charlas entre amigos, siempre sale el tema de la situación que estamos viviendo. Sueldos mínimos o trabajos de media jornada mal pagados. Llegas a fin de mes, dos salidas y poco más". Como muchos jóvenes-adultos españoles, comparte piso con una chica. “Que si no, el sueldo se te va en un plim plam”.

La barcelonesa nos relata también la historia de otra amiga que, teniendo la facilidad de vivir en un piso de su abuela sin pagar alquiler, no puede salir adelante. “Tiene un sueldo base de unos mil 200 euros. Pues aún así, no ha podido remodelar el piso. Le da para moverse al trabajo, comprar la comida y la gasolina de la moto. Los sueldos no están acorde a lo que ha subido la vida”.

“Ganamos 20% menos que nuestros padres”

Estrés laboral puede afectar a largo plazo | Freepik
Estrés por problemas económicos puede afectar a largo plazo | Freepik

El informe Foessa pone el foco en los jóvenes. El 75 por ciento cree que no vivirá mejor que sus padres.

“Los jóvenes, cuando acceden al mercado laboral, tienen unos salarios de media entre 15 y 30 por ciento más bajos a los de las generaciones pasadas”, contextualiza el sociólogo Daniel Rodríguez. “Sus salarios son menores y el precio de la vivienda está disparado prácticamente ya en cualquier ciudad”.

“Mi padre, por ejemplo, podía permitirse estudiar y trabajar en la universidad a la misma vez. Ahora está más focalizado en que has de tener primero unos estudios. Si quieres estudiar y trabajar, lo que encontrarás será un trabajo donde no puedes hacer muchas horas, por lo tanto cobrarás poco y por lo tanto no podrás pagarte esos estudios”, explica Pol.

Mariano es argentino, tiene 46 años y vive desde hace tiempo en España. Desde su punto de vista, la brecha económica generacional no viene de hace poco. “Tres generaciones atrás, mejor que una atrás, peor", sentencia. ¿La razón? “Hace 50 años estaba el franquismo. Hace 15 años había bienestar en toda Europa y en Occidente y ahora no”.

Para él, el diagnóstico es claro: “Vivienda y precariedad laboral. ¿Por qué? Por el neoliberalismo, ¿no? Que flexibiliza todo. El libre mercado, donde no está regulado el mercado de la vivienda el precio lo pone el mercado y no lo regula el Estado”.

Daniel Rodríguez prefiere alejarse de la jerga técnica para contar una historia que lo explica todo. “Los sociólogos decimos transmisión intergeneracional de la pobreza pero se entiende muchísimo mejor con la siguiente expresión: la pobreza se hereda”.

Y entonces dibuja dos vidas paralelas. “Pensemos en Sofía, una niña que ha nacido en una familia donde sus padres tienen estudios universitarios, donde tiene una habitación para estudiar. Si no puede resolver una dificultad del colegio, sus padres van a poder acompañarla. Sabe que si falla, va a tener más oportunidades”.

“Ahora pensemos en Hugo”, continúa, “un niño que va a su misma clase pero que nace en una familia humilde donde comparten habitación, un piso compartido. Hugo no tiene un espacio donde estudiar, no tiene la tranquilidad que tiene Sofía y no tiene unos padres que puedan ayudarle. Pues va a ser mucho más difícil que Hugo termine los estudios básicos”.

Esta brecha inicial se convierte en un abismo en la edad adulta. Rodríguez extrapola: “Pensemos que Sofía y Hugo tienen 30 años. Los dos pierden su empleo. Sofía tiene una familia que le paga un par de meses de alquiler y un amigo de su padre le habla de un empleo. Además, tiene una red de amigas. Se recupera”. La mirada se le ensombrece.

“Pensemos en Hugo. Él no tiene una familia que le pueda ayudar, o porque no la tiene o porque está tan ahogada como él. No puede pagar el alquiler. No tiene quién le recomiende otro trabajo. No tiene una red de relaciones. La acumulación que se da en Hugo es lo que nos lleva a situaciones de exclusión”.

Frente a este panorama, el informe señala un factor crucial e intangible: las redes de apoyo, insiste Rodríguez. “Cuando una persona consigue salir de una situación de exclusión, muchas veces lo que está detrás son apoyos individuales. Y cuando una persona cae, lo que está detrás es la ausencia de esos apoyos”.

Es la diferencia entre tener a alguien para recurrir y el estar solo. Laura lo tiene claro. Se ha tenido que recortar gastos que antes consideraba esenciales. “Yo me he quitado Netflix, trato de llevar tupper al trabajo, buscas tarifas más bajas, un poco eso”. Son pequeñas renuncias que delinean una vida más austera.

En este paisaje desolador, también hay matices. Andrea, una migrante hondureña de 39 años, ofrece una perspectiva diferente. “Yo creo que (vivimos) mejor”, dice, tras una pausa. “A lo que mis padres me han contado, ellos sufrieron de pequeños”.

Para ella, que tiene un sueldo estable y paga un alquiler que le permite ahorrar, la clave está en la gestión. “Depende también de cada quien cómo maneja su dinero”. Reconoce la inflación —“sí, algunos productos suben” pero su punto de comparación es la inseguridad y la corrupción de su país natal.

“Aquí se vive mejor... como pasas por la calle, no tienes el temor de que te vayan a robar".

Frente a esta visión, Pol apunta al sistema. “La acumulación de la riqueza, etcétera, etcétera, que es, yo creo, el problema principal y más perjudicial de la sociedad de hoy en día”.

Las fracturas que se contagian

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Ante la pregunta del millón, Mariano, el argentino, se encoge de hombros. “Uy, no lo sé. No tendría una solución... pero por lo menos el mercado de la vivienda que esté un poco más regulado. La solución total no la tiene nadie me parece ahora mismo. Ni los políticos. No, porque los políticos están a merced del mercado”.

Daniel Rodríguez, desde su análisis, sí se atreve a esbozar un camino. “Necesitamos políticos y políticas que enfrenten los problemas de la realidad, que dejen al margen tácticas electoralistas, que miren de verdad a las personas”. Y va al grano: “Necesitamos políticas claras en vivienda. Llevamos dos o tres décadas donde la vivienda ha sido sobre todo un bien de inversión. El artículo 47 de la Constitución dice que todos los españoles tenemos derecho a una vivienda. Necesitamos un parque de vivienda pública en alquiler que permita el acceso a muchos jóvenes de los que estamos hablando”.

Pero su mensaje final es más profundo, más humano. Habla de “interdependencia”. “Tenemos que ser conscientes de que necesitamos al otro. Lo necesitamos siempre. Tenemos que mirar al otro y acercarnos sabiendo que él nos necesita y que nosotros le vamos a necesitar”.

Es un llamamiento a reconstruir el tejido social, a reconocer que la exclusión severa que sufren 4.3 millones de personas no es un dato lejano. Es el Hugo de nuestro portal, la Laura de nuestra oficina, el Pol que estudia en nuestra universidad. Es una fractura que, si no se cura, terminará por quebrarlo todo.

SNGZ

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