Internacional
  • Aplican más exigencia en Harvard

  • La universidad estadunidense va a implementar un sistema que asegure que sólo los mejores alumnos alcancen calificación perfecta, con lo que esperan mejorar la educación.
La inflación de calificaciones no sólo perjudica la calidad de la educación de los estudiantes individuales; perjudica a la universidad. | Foto: NYT

En una votación cuyos resultados se anunciaron el miércoles, los profesores de Harvard decidimos hacer algo de lo que habíamos hablado durante décadas, pero que nunca se había logrado concretar: poner un límite al número de A completas, la máxima calificación posible, en cada curso.

La nueva norma impone una fórmula de “20 más cuatro”, lo que significa que sólo alrededor de 20 por ciento de los alumnos de un curso pueden obtener la máxima calificación. (El matiz es que en realidad es 20 por ciento y cuatro alumnos más, un ajuste pensado para seminarios pequeños y avanzados, que suelen ser más colaborativos).

Ahora viene la parte difícil: asegurarnos de que este cambio mejore la educación que ofrecemos, algo que depende de mucho más que de las decisiones que se tomen en nuestro campus.

Las A fáciles son un problema por muchísimas razones. Reducen el incentivo para aprender, lo que significa que los estudiantes salen de la universidad con menos conocimientos y menos habilidades. Hacen más difícil que los estudiantes verdaderamente excepcionales destaquen frente a compañeros que simplemente tienen buen desempeño. Y aunque pueda parecer que las calificaciones infladas reducen la presión sobre los estudiantes, también ocurre lo contrario: los promedios en Harvard llegaron a ser tan altos, que hace poco dos A- eran suficientes para que un alumno no pudiera graduarse summa cum laude.

Durante los siete años que nosotros dos hemos impartido EC 10, el curso introductorio de economía de la universidad, dimos A completas a más de 4 mil estudiantes —más de 49 por ciento de las personas a las que les dimos clases—. Eso nos coloca por debajo del promedio de nuestros colegas, quienes en el ciclo académico 2024-2025 otorgaron A completas 60 por ciento de las veces. Aunque todos los alumnos mejor evaluados de EC 10 habían dominado el contenido, no todos habían cruzado el umbral de “distinción extraordinaria” que el reglamento estudiantil dice que una A completa debería representar.

Como muchos de nuestros colegas, queríamos calificar de forma más rigurosa, pero nos preocupaba que hacerlo pusiera en desventaja a los estudiantes de nuestro curso o, sin querer, los alejara de nuestra área de estudio. Este es exactamente el tipo de problema de acción colectiva que enseñamos en EC 10, en el que las personas coinciden en teoría en que todos deberían actuar de manera que beneficie al conjunto de la sociedad, pero en la práctica persiguen sus propios intereses personales. Es un comportamiento que, en otros contextos, ha llevado al agotamiento de las pesquerías, el sobrepastoreo de tierras públicas y la contaminación de ríos. En el caso de la inflación de calificaciones, las presiones son especialmente fuertes para los profesores jóvenes, que temen que una calificación honesta resulte en peores evaluaciones de sus cursos, menos matriculaciones y menores probabilidades de obtener la titularidad. Ese tipo de temor se alimentaba a sí mismo y producía calificaciones que no solo eran altas, sino que aumentaban continuamente; en otras palabras, inflación.

Varios decanos exhortaron al profesorado de Harvard a dejar de otorgar tantas A completas, pero poco cambió hasta que actuamos juntos para obligarnos como comunidad. Cuando los incentivos individuales van en dirección contraria a lo que es mejor para la sociedad, la única solución duradera es un mecanismo que incentive o exija que todos actúen en favor del bien común. Eso también lo enseñamos en EC 10.

En última instancia, la inflación de calificaciones no solo perjudica la calidad de la educación de los estudiantes individuales; perjudica a la universidad —a cualquier universidad— en su conjunto, al erosionar su reputación de excelencia. Cuando se le preguntó sobre la propuesta de Harvard, el decano de Yale, Pericles Lewis, le dijo a The Yale Daily News: “No quiero que una A en Yale se perciba como una A de menor valor”.

El enfoque que eligió Harvard es una de muchas formas posibles de combatir la inflación de calificaciones. Todas las propuestas que se plantearon, incluida esta, tienen inconvenientes y generan casos de injusticia. El sistema de “20 más cuatro”, por ejemplo, penalizaría a una clase que tuviera un número inusualmente alto de estudiantes talentosos y trabajadores. Pero ofrece una solución sencilla y aplicable al problema de la inflación de calificaciones que afectaba al viejo statu quo. Por eso lo elegimos.

Sin embargo, las medidas contra la inflación son difíciles de mantener. El tope de A posibles en Princeton duró de 2004 a 2014; la política de deflación de calificaciones de Wellesley, de 2004 a 2019. Ambas fueron derogadas por la presión de estudiantes y profesores. Para que nuestro nuevo tope funcione, tendremos que demostrar que este forma parte de un esfuerzo más amplio por mejorar la educación y el aprendizaje; que no estamos simplemente castigando a los estudiantes con calificaciones más bajas, sino elevando el nivel con clases más exigentes y estimulantes. Y también con más competencia académica.

El esfuerzo no puede limitarse solo a Harvard. Casi todas las universidades han visto cómo sus calificaciones se han ido inflando con el tiempo, pero el mismo problema de acción colectiva que aplica a nivel de las clases individuales de Harvard también existe a nivel de las instituciones. Las escuelas con calificaciones más fáciles pueden creer que están dando una ventaja a sus egresados. Esperamos que todas las escuelas decidan luchar contra la inflación de las calificaciones, tanto para mejorar la educación de sus estudiantes como, a medida que se hagan evidentes sus costos reputacionales, para fortalecer las oportunidades de sus egresados en el mercado laboral y en las admisiones de posgrado.

Los empleadores y los comités de admisión de las escuelas de posgrado también deberían desempeñar un papel, al recompensar a las escuelas que hagan que las calificaciones sean más significativas e informativas. Deberían exigir un sistema nacional de seguimiento y comparación de las políticas de calificación de las distintas escuelas y asumir lo peor de cualquier escuela que se niegue a participar. De no ser así, deberían presionar a los centros para que proporcionen más información sobre las calificaciones promedio por curso, como hacen la Universidad McGill y Dartmouth.

Cuando el expediente académico de una escuela deja de distinguir a los estudiantes entre sí, los empleadores y las escuelas de posgrado recurren a lo que pueden: contactos, el prestigio de las prácticas profesionales, la calidad de un ensayo personal (que cada vez más son escritos con inteligencia artificial). La inflación de calificaciones no solo devalúa una A; también, silenciosamente, da más peso a factores distintos a lo que el estudiante realmente aprendió. Esto es cierto en Harvard y en cualquier otra universidad que haya dejado que sus calificaciones hayan tendido al alza. Reducir la inflación es difícil. La alternativa es peor.

AH

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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