Aún antes de la captura del presidente depuesto venezolano, Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, en los pasillos del poder adornados con mármol de Carrara en el Palacio de Miraflores, en Caracas, pocas figuras inspiran tanto respeto, temor y notoriedad internacional de manera simultánea como Delcy Rodríguez.
Juramentada como presidenta interina 72 horas después de la Operación Resolución Absoluta, Rodríguez había sido vista algo más que la segunda en el régimen al mando de Maduro.
Ha servido como la principal arquitecta legal del régimen, como su escudo diplomático y, según revelaciones recientes, una protagonista central en un clandestino juego de ajedrez geopolítico con Estados Unidos.
A sus 56 años ha recorrido un largo trecho en la vida pública de Venezuela. Desde ser una apasionada activista estudiantil hasta la cima del poder político, su vida encapsula la evolución del chavismo, mientras que sus maniobras recientes en Caracas y las supuestas negociaciones secretas con Washington señalan un posible, aunque controvertido, giro en la crisis del país sudamericano.
Hija de Jorge Antonio Rodríguez, fundador del partido Liga Socialista en 1973 y antes militante en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), y hermana de Jorge Rodríguez Gómez, quien ayer renovó su puesto como presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Delcy estudió Derecho por la Universidad Central de Venezuela y participó en los movimientos estudiantiles de los años noventa.
Alianzas fraternales
Su bautismo en el proyecto bolivariano llegó a través de su hermano, Jorge Rodríguez, un estratega clave del chavismo. Juntos, forman un formidable dúo fraternal en el corazón del régimen.
El ascenso de Delcy fue meteórico. Se desempeñó como ministra de Comunicación y después, de Relaciones Exteriores (donde ganó una reputación por su ardiente retórica antiimperialista); luego fungió como vicepresidenta ejecutiva, un rol en el que su control sobre todos los ministerios del gobierno la convirtió en el motor operativo del Estado. Y ahora como presidenta interina.
Su visibilidad en los acontecimientos recientes en Caracas ha sido típica.
Mientras Maduro enfrentaba un desafío significativo del candidato opositor Edmundo González en las elecciones presidenciales de julio de 2024, Rodríguez fue la cara pública de la respuesta del Estado.
Presidió mítines masivos patrocinados por el gobierno, usando su oratoria para enmarcar los comicios como una defensa patriótica “contra fascistas respaldados por extranjeros”.
En el tenso período postelectoral, fue instrumental en la gestión de la narrativa y la cohesión interna del régimen. Tras las votaciones presidenciales, que la mayoría de observadores internacionales y de los países occidentales y del hemisferio consideró viciada, Rodríguez se situó junto al alto mando militar, proyectando una imagen de inquebrantable unidad.
¿Chavismo light?
Desde octubre pasado, The Miami Herald reportó que Delcy y su hermano Jorge promovieron discretamente una serie de iniciativas para presentarse ante Washington como una alternativa “más aceptable” que Maduro.
Las propuestas, canalizadas a través de intermediarios en Qatar, buscaban persuadir a sectores del gobierno estadunidense de que un “madurismo sin Maduro” podría facilitar una transición pacífica en Venezuela, preservando la estabilidad política sin desmantelar el aparato gobernante, según el diario de Florida.
Mediadores cataríes presentaron a funcionarios de Estados Unidos dos propuestas formales el año pasado, una en abril y otra en septiembre. Ambas describían posibles mecanismos de gobierno sin Maduro en el poder.
En esos escenarios, Delcy Rodríguez serviría como figura de continuidad institucional del chavismo, mientras que el general retirado Miguel Rodríguez Torres, en el exilio y sin parentesco con los hermanos Rodríguez, encabezaría un gobierno de transición.
El argumento, según las fuentes del Herald, fue que los hermanos Rodríguez representan una versión más aceptable del llamado chavismo, ya que ninguno de ellos ha sido acusado formalmente de narcotráfico por tribunales estadunidenses.
El juego de Delcy
Este episodio ilumina la paradoja de Delcy Rodríguez.
Públicamente, es la ideóloga inflexible, una maestra de lo que sus críticos llaman lawfare (uso estratégico de procedimientos legales)—usando las instituciones legales para suprimir la disidencia.
Sin embargo, en privado, el relato del Herald sugiere a una pragmática calculadora, dispuesta a entablar relaciones con el “imperio”, que habitualmente vilipendia, para obtener el alivio económico vital para la supervivencia del régimen.
Esta dualidad es más útil que nunca: posee la credibilidad revolucionaria para vender cualquier posible concesión a la base más dura, y la habilidad administrativa para implementar cualquier acuerdo.
Funcionarios de Trump filtraron haber estado impresionados por su destreza para mantener la industria petrolera pese a las sanciones y el embargo. Pero las lisonjas han venido acompañadas con amenazas directas de la Casa Blanca para que la ahora presidenta interina haga “lo correcto” o enfrente consecuencias peores que Maduro.
El legado de Delcy Rodríguez todavía se está escribiendo. Para sus simpatizantes, es una patriota, una hija leal de la revolución que defiende la soberanía nacional contra viento y marea.
Para la oposición venezolana es un pilar clave de un aparato autoritario responsable de un sufrimiento humano sin precedentes en la historia reciente de Venezuela
Los recientes informes sobre su diplomacia secreta añaden una tercera dimensión más ambigua: la de una superviviente que busca una salida al aislamiento económico que ella ayudó a consolidar.
Y es que ya sea arengando multitudes o negociando bajo las sombras, Delcy Rodríguez opera con una aparente comprensión de que el futuro del chavismo/madurismo—y su propio destino—depende de su capacidad de preservar el control interno y la inevitable negociación externa.
Por lo pronto, anoche Donald Trump declaró a NBC News que Delcy “está cooperando”.
ksh