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  • Extinción del 'coyote': el relato del último traficante de indocumentados que no se dobló ante los cárteles

  • INVESTIGACIONES MILENIO
  • En años recientes, las rutas migratorias se han fusionado con las del narcotráfico, y ahora, los connacionales son la mercancía.
El crimen organizado quitó los cruces a los 'coyotes' tras endurecimiento de políticas migratorias | Foto: EFE

M+.- “Ahí, entre las espinas de aquel matorral”, gritó Jorge Andrés a la mujer que ayudaba a cruzar el desierto de Tamaulipas a Texas, sin saber que sería su última hazaña como traficante de indocumentados durante 26 años.

Jorge Andrés no se llama así. Prefiere el anonimato, dice a MILENIO desde la ciudad que escogió para “tomar el buen camino” con un trabajo en la construcción. No fue por voluntad propia: los cárteles le quitaron el otro negocio.

El informe Crimen Organizado y Derechos Humanos en las Américas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, publicado este año, coincide: el tráfico de personas dejó de ser una actividad manejada por pequeños grupos de coyotes para convertirse en un negocio controlado por organizaciones criminales.

El documento señala que los cárteles de la droga aprovecharon el endurecimiento de las políticas migratorias y la creciente militarización de las fronteras para ocupar espacios donde el Estado perdió capacidad de control y protección, sean ciudades o carreteras; cruces fronterizos o rutas ferroviarias.

“El resultado es que los traficantes tradicionales ya no trabajan de manera independiente, sino subordinados a estas organizaciones”, menciona.

Coyotaje quedó en manos del crimen organizado

Jorge Andrés tomó otro rumbo. Ahora maneja una camioneta color calabaza de Halloween en la que acarrea una lista de sueños, herramientas de albañilería, bocinas, sintetizadores y mezcladoras de música. De lunes a viernes repara casas por la mañana y los fines de semana monta fiestas de sonideros.

Camino a casa de sus amigos, tras una larga jornada, escucha a Celso Piña de fondo y recuerda cuánto ganaba cuando emigró y empezó su labor de coyotaje. Dice que los polleros en ese entonces cobraban 800 dólares por llevar personas desde el centro de México hasta ciudades como Dallas, Houston, Phoenix o, a veces, Oklahoma.

“Ahora cobran hasta 12 mil dólares —más de 200 mil pesos— y debes pagar por adelantado la mayoría de las veces”, dice mirando al frente de la transitada avenida. 
“Hace poco tuvimos que hacer vaquita para traer a mi primo que deportaron y su familia se quedó sin proveedor: la gente seguirá viniendo”.

Jorge Andrés reconoce que siempre se ha adaptado a lo que venga, pero ahora observa tiempos “muy oscuros” y, por ello, rechazó unirse a los nuevos dueños de las rutas.

El informe de la CIDH documenta que con la incursión de los cárteles hay más migrantes desaparecidos sin dejar rastro; fosas clandestinas, reclutamiento forzado y opacidad. Casos de mujeres y menores sometidos a explotación sexual, trabajo forzado y violencia sistemática.

“No quiero ser parte”, reconoce Jorge Andrés.

No desea ir a recoger migrantes en los puntos fronterizos del lado estadunidense, donde los otros polleros dejan listos para que el siguiente grupo los lleve al interior de la Unión Americana, un trabajo que conoce bien.

Antes, como coyote independiente, iba de Atlanta a Texas y allá rentaba las camionetas para recoger a los migrantes que habían dejado en Dallas o Houston. 

“Tenía mis tácticas. Iba por grupos de cuatro, cinco o hasta siete personas. Preparaba equipajes para todos, llenaba la camioneta con herramientas de construcción y hacía parecer que veníamos de trabajar”, recuerda.
“Tenía licencia de Estados Unidos y eso ayudaba. No me ponía nervioso ante la policía y sus interrogatorios. Me preguntaban a qué parte de Atlanta iba y yo respondía con detalles reales, nombre de calles, de lugares: Norcross, Jimmy Carter, Indian Trail”.

Hasta 2008, el tráfico de indocumentados para los coyotes tradicionales fluía como pan en mantequilla. En cierta ocasión, Jorge Andrés llevó a 20 personas desde Nuevo México hasta Atlanta en tres días y nunca tardó más de nueve en un cruce entre los dos países.

“Nos metíamos a las casas abandonadas de los cazadores que solo iban de vez en cuando y ahí pasábamos días. Una vez encontramos cajas y cajas de alcohol para tomar. Nos emborrachamos en medio del desierto. Mi hermana se llevó como 22 botellas de Bacardí”, dice después de aparcar la calabaza en casa de sus amigos.

Aquí todos conocen a quién trajo y en qué condiciones. Eran buenos tiempos; coinciden muertos de la risa, bebiendo refrescos y una que otra cerveza.

“Una ocasión veníamos 13 personas y nos detuvo el mismo agente de migración dos noches consecutivas. Nos reconoció y dijo, bromeando: ‘Ustedes no logran pasar porque traen el número de la mala suerte: son 13 personas. Dejen uno o agarren otro para ser 12 o 14 y verán que cruzan’”.

Cuando Jorge comenzó en el negocio, los "polleros" cobraban 800 dólares por traslado
Cuando Jorge comenzó en el negocio, los 'polleros' cobraban 800 dólares por traslado | Foto: EFE

Larga historia hasta el declive

Desde su pueblo en Hidalgo, Jorge Andrés llevó a mucha gente a la Unión Americana. Sus primos, que eran coyotes, lo involucraron cuando vieron que le gustaba ir y venir. Se había mudado en la adolescencia a la Ciudad de México, donde aprendió a alburear y adoptó ese acento de los suburbios que estira las primeras y últimas palabras: “caaaámaraaaaa”.

“Aunque me volví chilango, mis amigos eran de Hidalgo y no pensaban en otra cosa que irse a Estados Unidos”, recuerda. 
“Así que me fui y empecé a estar entre México y Estados Unidos”, recuerda.
 “Mis primos pagaban a mi papá 200 dólares por cada persona que convenciera de ir para el Norte y yo empecé a hacer lo mismo”.

En agradecimiento, las madres y abuelas de los pueblos donde reclutaban a indocumentados organizaban fiestas, mole, arroz, frijoles, banda y cuanto alcohol se atravesara.

Pronto se volvió un coyote hábil

“Cada mes sacábamos tres autobuses al mismo tiempo con 43 personas cada uno; a veces, cada quince días. Era como si fueran viajes turísticos. En ese entonces se les daba poco a los policías y soldados por extorsión, más o menos 500 pesos por migrante”.

Con la experiencia adquirida, Jorge Andrés comenzó a cruzar él mismo a la gente a las ciudades fronterizas; luego los llevaba a Nueva York, Miami, Tennessee, a donde quisieran.

Los cruzaba por Guerrero, un pueblito entre Nuevo Laredo y Piedras Negras, y sobre todo por Ciudad Acuña. No le gustaba Arizona, hay menos pueblos y es más traicionero el desierto. 

“Ahí hacíamos grupos grandes con otros guías. Una vez cruzamos 136 personas de Tucson a Phoenix”.

Para el 2000 cobraba mil 500 dólares. Era la tarifa homologada. A Jorge Andrés le iba estupendo. Construyó su casa en México, compró carros. Hasta seis al mismo tiempo.

No compró una vivienda en Atlanta. “No quería atarme”, dice. 

“Fue un gran error. No supe ver lo que venía”.

El fin de una era

Ocurrió de buenas a primeras en 2010. Jorge Andrés llegó a Ciudad Acuña, como de costumbre, a la central camionera, y en cuanto bajó del autobús lo interceptaron cuatro hombres armados.

“Ahora tienen que pagar piso para pasar por aquí’”, dijo uno de ellos.

El coyote estaba tan sorprendido como el resto de los inmigrantes. Incluso hubo hasta bromas: ¿Y si no pagamos qué? Los empistolados silbaron y llegaron otros diez.

Así empezó el regateo: “Mil pesos por cabeza”. Jorge Andrés les ofreció 800 y aceptaron.

Pero no sucedería más. Con el tiempo, los cárteles se volvieron inamovibles. Actualmente piden hasta el 80 por ciento de anticipo en México y doblegaron a muchos traficantes de la vieja usanza —los que salían de los mismos pueblos— a someterse a ellos y seguir operando bajo sus reglas.

La transformación ya era visible desde 2014. La investigadora Guadalupe Correa, de la Universidad George Masson, advirtió que las rutas migratorias se habían fusionado con las del narcotráfico y que los migrantes se habían convertido en mercancía. Documentó, desde entonces, los secuestros, violaciones, asesinatos y desapariciones, y resumió el problema en una frase:

“Los migrantes son víctimas de las organizaciones criminales, ya que se ven orillados a utilizar sus servicios”.

Por esos tiempos, Jorge Andrés aceptó pagar esa cuota al crimen organizado hasta que se dio cuenta de que iban por todo: impusieron a su gente y cambiaron las reglas imponiendo la tecnología. Ahora todo es por internet; se contacta a la gente en línea, se compran los boletos y se dan instrucciones.

Jorge Andrés se lo pensó mucho y al final prefirió enfocarse en ser un trabajador más normal en la construcción, una actividad que hacía intermitentemente cuando lo detenía la Patrulla Fronteriza y lo soltaba. No fueron pocas veces: 12 ocasiones.

“Me soltaban porque era necesario, les llevaba gente que ahora les manda el crimen organizado”, señala.

El Cártel de Sinaloa, el Cártel Jalisco Nueva Generación, el Cártel del Noreste, la Familia Michoacana y Cárteles Unidos estarán en la lista, según funcionarios
La vigilancia en la zona fronteriza ha aumentado con el aumento de cárteles en la región | Foto: Reuters

Un último cruce

En 2024, se tomaba un descanso en México cuando lo contactó Gabriela. 

“Me quiero regresar, allá están mis hijos, mis nietos, mi vida entera: ¡ayúdame!”, le pidió.

Gabriela cuenta a MILENIO —con la confianza que le da no revelar su verdadero nombre— que regresó a México en 2022 porque su madre se encontraba en coma por una mala intervención médica. 

“Sus cuatro hijos vivíamos en Estados Unidos y yo no la iba a dejar sola”.

Aterrizó en la Ciudad de México después de dos décadas de ausencia. Apenas llevaba dos semanas en la capital donde nació, cuando se enteró de que su pareja en Atlanta la había cambiado por otra mujer —cosas de migrantes, de distancia, de la vida—, pero, en medio de la depresión, siguió adelante hasta que su madre recuperó la normalidad.

Gabriela puso pies en polvorosa nuevamente hacia el río Bravo, sin saber todo lo que había cambiado el viaje clandestino que inició en un corredor turístico de Querétaro, al lado de Jorge Andrés, quien pagó todo al crimen organizado.

Aun así, en Tamaulipas los policías federales los bajaron del autobús para quitarles dinero en efectivo de manera muy violenta. A Andrés, 700 dólares y a ella, le desabrocharon el pantalón, metieron las manos debajo del sostén y husmearon por su vagina.

No se la llevaron ni pasó a mayores: era gente que había pagado al cártel. Más adelante cruzaron el río Bravo, con ayuda de un guía sometido por las organizaciones criminales

“Tuve que cruzar desnuda”, recuerda. “No querían que se mojara la ropa”.

Una vez en territorio gringo, agentes de inmigración agarraron al guía en un alambrado de la primera carretera pavimentada que iban a cruzar. Había una escalera que otros habían dejado ahí como parte de las estrategias del tráfico y apenas iban a usarla cuando llegó migración.

“Ellos ya nos habían visto a distancia; nada más nos estaban esperando”, recuerda Jorge Andrés.
“El guía no los vio porque se centró en que iba pasando un tráiler. Luego dijo: ‘Está todo libre, vámonos’. Brincó primero y yo alcancé a verlos y le dije a Gabriela: ‘Regrésate, vámonos’”.

El guía ya no alcanzó a brincar el alambrado. Jorge Andrés y Gabriela corrieron hasta que no pudieron más. Vieron pasar un helicóptero y drones desde un matorral espinoso donde se escondieron arañados. También un perro que olfateaba a unos 10 metros de distancia de ellos, pero no los encontraron.

Del escondrijo salieron, pero seis horas después, a las 20:00 horas. Esa fue la última vez que Jorge Andrés coyoteó para alguien y cruzó la frontera caminando.

“Las nuevas políticas de Donald Trump han provocado que la mayoría de las veces solo se pueda pasar en tráiler, con ayuda del crimen organizado”, concluye.

Toma un último trago a su bebida y se despide de los amigos. Mañana será otro día en la construcción de casas residenciales. No le gusta la construcción comercial —bancos, escuelas, restaurantes o edificios— porque lo obligan a ir uniformado, con casquillo, tapones para los oídos, manga larga y guantes.

En las obras para particulares puede ir como quiera, dice. 

“En short... hasta encuerado, si no hay nadie más”.

Después de todo, es un espíritu libre.

MD

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Gardenia Mendoza Aguilar
  • Gardenia Mendoza Aguilar
  • Periodista especializada en temas migratorios y en la relación de México con Estados Unidos. Ha sido corresponsal para medios internacionales en radio, prensa escrita y TV. Hoy forma parte de coberturas especiales de 'Milenio'.
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