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Miércoles , 20.02.2019 / 18:27 Hoy

Álvaro López Tardón, el gran narco español

Creció en un barrio obrero de la periferia de Madrid, donde se unió a la banda de Los Miami y no tardó en derrocar a su jefe para encabezar una importante red de distribución de coca.
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Alvarito, el hijo del carnicero, tenía fama de listillo. Salía del colegio y se iba al parque, con la mochila amortiguándole la carrera, dispuesto a apoderarse del mejor columpio. Durante el recreo solía gastarles bromas a sus amigos y ninguno se atrevía a reclamarle porque sabían que era el mejor para los golpes. Y en casa sus travesuras solían quedar impunes por la complicidad de sus hermanos o porque sus padres, currantes incansables, estaban ocupados en otras cosas. “Ay, mi delincuente favorito”, le decía su madre, con una mezcla de ternura y sarcasmo, cuando volvía de fregar esclareas y se enteraba de alguna trastada de su hijo.   

Alvarito era el menor de la familia, el consentido, el que siempre, a pesar de todo, terminaba cada curso con notas aceptables. Su alegría y picardía, sin embargo, se vieron mermadas cuando supo que su padre se iba a vivir con otra mujer.   

“Papá deja a mamá porque ha conocido a una colombiana”, le contó su hermano Artemio y enseguida sus días en Canillejas, un barrio obrero en el noreste de Madrid, se tornaron más espinosos. 

Por el disgusto de la separación de sus padres y, además, por el contexto en el que crecía: vecinos sumidos en el paro y en las drogas y un alto índice de delincuencia juvenil. Porque Canillejas, hace más de 30 años, era un escenario frecuente en las páginas de sucesos.   

Quién sabe si los barrios donde se vive determinen el destino de sus habitantes pero, al llegar a la adolescencia, Álvaro López Tardón se animó a ganar dinero vendiendo pequeñas cantidades de droga en las calles de ese suburbio.   

Por su talento y habilidad en el comercio, pronto comenzaron a decirle "El Fenicio". Amparado en el vigor de su apodo, se dijo que sus capacidades no podían constreñirse a un territorio tan pequeño y sus aires de grandeza lo llevaron a soñar con dominar la venta de estupefacientes en toda la ciudad y, ¿por qué no?, en toda España.   

En eso estaba cuando, en 1991, a punto de cumplir 17 años, lo detuvieron por vender pastillas de éxtasis en la puerta de una discoteca.

En su inaugural ficha policial, “El Fenicio” fue fotografiado con una melena discreta, un bigotillo ralo y una mirada desafiante. Esa fue la primera de las 12 detenciones que acumularía en España (sin mayores consecuencias). De la número 13, en cambio, no se libraría e, incluso, pasaría a la Historia por el número de años de condena que recibiría en… el extranjero.   

Aquella primera vez, sus cómplices, casi todos mayores que él, no tardaron en mandarle un abogado para evitar que pisara un Centro de Menores. Lejos de frenar su incipiente carrera delictiva, el arresto pareció inyectarle nuevas energías para continuar. La cantidad de dinero que ganaba era deslumbrante para alguien de su edad pero, afanoso, se propuso conseguir más y, a partir de entonces, se dijo a sí mismo que avanzaría en esto como quien va por una carretera sin semáforos, aunque para ello fuera necesario torcerle el cuello a la vida. 

La ambición y pericia de Álvaro López Tardón lograrían que, años después, la justicia española lo considerara “uno de los delincuentes más perseguidos de todos los tiempos”, “el que más dinero ha ganado con la venta de cocaína” y, en suma, “el gran narco español”. 

La noche madrileña 

El grupo de amigos se detuvo frente a un aparador del centro comercial cuando uno de ellos soltó: “¡Hala, menuda chupa, troncos!” La cazadora era de cuero negro, cremallera plateada y en la espalda tenía bien zurcida la palabra “Miami”.

Como a todos les gustó, todos se compraron una. Era uno de los lujos que podían darse gracias a sus primeros trapicheos y no dudaron en desembolsar el dinero para uniformarse con una prenda que les diera más… ¿personalidad? Salieron de la tienda con ella puesta y se fueron a fumar unos petas al parque donde acostumbraban reunirse para pasar las tardes. Ya estando ahí, a alguien se le ocurrió hacerse una foto juntos luciendo su nueva adquisición. 

De pie, en línea recta, se pusieron de espaldas, se abrazaron, giraron la cabeza hacia la cámara y sonrieron. Con el tiempo, esa instantánea tendría el carácter de “acto fundacional” porque desde ese momento los que ahí aparecen serían conocidos como la banda de “Los Miami”.

Las riendas de “Los Miami” las tenía Juan Carlos Peña Enano, quien poco a poco reclutó a varios jóvenes “espabilados y asiduos a los gimnasios”, como Álvaro y su hermano Artemio, para controlar la noche madrileña con ellos dispersados en las puertas y en el interior de los principales locales de la ciudad. 

Porteros y vendedores estaban disponibles, además, para hacer las veces de guardaespaldas, extorsionadores, cobradores de deudas expertos en dar palizas a los morosos, también a los chivatos y, en general, a todo aquel que se interpusiera en las labores de la organización y sus colaboradores más cercanos.

De manera oficial, “Los Miami” se presentaban como una empresa de seguridad para lugares de ocio y diversión. Con el fin de blanquear buena parte de sus cuantiosas ganancias y, de paso, refirmar su nombre, empezaron a importar coches de lujo en Miami (Florida, EU). Sus negocios marchaban bien hasta que, en octubre de 1996, la policía detuvo a 18 de sus integrantes y les decomisó ocho pistolas, 15 cajas de municiones, 12 mil pastillas de éxtasis (una de las drogas más populares en los noventa), cuatro kilos de cocaína pura, una prensa para preparar los “ladrillos” de coca y cuatro coches. 

Dos años después, en 1998, les incautaron 70 kilos de cocaína. Por si fuera poco, en esa época comenzaron a proliferar grupos delincuenciales extranjeros en España, dispuestos a comerse un trozo del gran pastel que representaba un país cuyo índice de consumo de estupefacientes aumentaba cada día. Por eso la lucha entre las bandas locales y forasteras fue inevitable.

“Los Miami” se enfrentaron a los húngaros, a los iraníes, a los rumanos… para impedirles que se afianzaran en su terreno. La noche del 10 de mayo de 1999 los iraníes acribillaron al portero de la discoteca Amnesia, en la madrileña Ronda de Toledo, controlada por “Los Miami”, y entonces se activaron las alarmas.

El problema, concluyó Juan Carlos Peña Enano, era más serio de lo que parecía y, mientras definía un método eficaz para evitar más bajas, repartió a sus hombres chalecos antibalas, navajas y pistolas. El remedio no evitó que cayeran más porteros y camellos.

En 2001, mientras los cabecillas de la banda se transportaban en automóviles de precios exorbitantes y disfrutaban de las áreas VIP en los antros más exclusivos de Madrid, Rafael Gutiérrez Cobeño, abogado y “hombre para todo” de “Los Miami”, fue detenido en uno de sus viajes a Suiza por blanqueo de capitales. Un año después, la Guardia Civil incautó 200 kilos de coca antes de que llegaran al almacén de la banda.

La férrea vigilancia a la que fueron sometidos intentaba atacarlos por todos los frentes y, aunque Gutiérrez Cobeño solo pasó cuatro meses en la cárcel “sin hablar de más”, todos fueron conscientes de que cada vez tenían que superar más obstáculos para avanzar.

Álvaro López Tardón se sentía con la experiencia y la confianza suficientes para proponerle soluciones al jefe. Pero a Peña Enano no le pareció bien que uno de sus subordinados tuviera ínfulas de gallito.

No quería, sobre todo, ordenar que se actuara con violencia despiadada, como sugería Álvaro. Logró contenerlo por un tiempo, pero harto del avance de los rivales, “El Fenicio” decidió hablar con sus compañeros y les preguntó sin rodeos quién estaba con él. La banda, como era de esperarse, se dividió y la lucha interna por el poder se desató.

En un extremo, Juan Carlos y su hermano Iván. En el otro, Álvaro y su hermano Artemio. Los cuatro dispuestos a matar para no morir. Y ansiosos por ser los únicos reyes de la noche.

Los primeros en atacar fueron los López Tardón. Presuntamente fueron ellos quienes estropearon los frenos del coche deportivo de Iván Peña Enano para provocarle un “accidente” que lo mató. Lo mismo hicieron luego con la moto de Juan Carlos, pero éste quedó vivo después del “accidente.” Sin una pierna, pero vivo. 

Meses más tarde, cuando Juan Carlos se encontraba parado en un semáforo a bordo de su Porsche Carrera, un sicario se le acercó y le vació su pistola. Tres tiros le perforaron el tórax pero, otra vez, quedó vivo. Por eso comenzaron a decirle “Juan Carlos, El Inmortal” y él, quizá para asegurarse el nuevo mote, se rodeó de un grupo de guardaespaldas búlgaros y rumanos que, bien armados, lo acompañaban siempre a todos lados. Álvaro vio en esto un gesto de acercamiento a quienes originalmente eran los competidores y rivales de “Los Miami” y lo tomó en cuenta para sus futuras acciones.

Una noche de la primavera de 2004, Artemio López Tardón caminaba por la madrileña calle Príncipe de Vergara cuando unos hombres lo rodearon, lo golpearon, lo desnudaron, le dieron un balazo en una pierna y luego lo abandonaron en las inmediaciones de la Plaza de Castilla. Artemio se recuperó de la paliza pero perdió la visión de un ojo y atribuyó lo sucedido a una venganza de Juan Carlos.

Otro día, alguien arrojó una bomba molotov al coche donde viajaba Álvaro, pero no sufrió ninguna lesión. Así fue la época en la que imperaba la Ley del Talión entre “Los Miami”.

En enero de 2005, la Audiencia Nacional citó a 20 miembros de la banda para ser juzgados por la incautación de cocaína de 2001. Obviamente el nombre de Juan Carlos López Enano se encontraba en la lista, pero “El Inmortal” decidió no presentarse al juicio y huyó a Brasil (solo un par de años; después volvió a España y permaneció escondido en un chalet de la sierra de Madrid. Ahí lo detuvieron en 2009. 

Se libró del proceso judicial y en 2015, de nuevo, lo aprendieron. Esta vez en Palencia, por cultivo clandestino de mariguana. Con el tiempo, al parecer, desistió de sus intentos por recuperar el liderazgo de “Los Miami”).

La ausencia de Juan Carlos fue aprovechada por Álvaro. Los añejos contactos colombianos comenzaron a cerrar los negocios con él exclusivamente y él se encargaba también de conseguir grandes clientes para distribuir los cargamentos de droga en España. 

Una de las principales era su amiga Ana María Cameno, “La Reina de la Coca” (conocida así por su poder de distribución del eufórico polvo blanco y por estar a punto de montar el laboratorio de coca más grande de Europa en las afueras de Madrid). 

Se compró un chalet con un enorme jardín y piscina en la zona de Campo de las Naciones (que abarrotó de cámaras de seguridad) y, quizá emulando a su padre, puso una carnicería en el barrio de Salamanca para “lavar” el dinero sucio. Pero los asesinatos y los problemas con la justicia no se detuvieron. 

El propio Álvaro tuvo que desembolsar una “buena cantidad” para que un hombre al que intentó matar retirara la acusación y así poder librarse de ser encerrado. Además, en octubre de 2005, enfrente del parque El Retiro, fue asesinado a tiros el abogado Rafael Gutiérrez Cobeño, en cuyo coche la policía encontró 30 mil euros en billetes de 500.

Una de las características que distinguía a Álvaro López Tardón era su pragmatismo. Cuando empezó a notar que el grueso de las ganancias provenía de la venta de los voluminosos cargamentos de cocaína colombiana hizo a un lado el control de las discotecas madrileñas (de las que, en su mayoría, se habían “apropiado” las bandas de Europa del Este) y se propuso llegar a ser el “bróker” más profesional del narcotráfico español. 

Por eso se fue a vivir a Miami. Su hermano Artemio se quedó en Madrid para ser, desde la distancia, su mano derecha en la recepción y venta de la droga y entonces Álvaro, desde “la ciudad del sol”, comenzó a encargarse de tratar con los proveedores colombianos, de blanquear decenas de millones de euros y de “vivir a todo trapo sin levantar sospechas”.

La puerta europea de la droga

Francesco Forgione aprovechó su experiencia como presidente la Comisión Parlamentaria Antimafia de Italia para señalar las rutas y los puntos estratégicos de la mafia italiana a nivel internacional en su libro Mafia Export. Cómo la N´drangheta, la Cosa Nostra y la Camorra han colonizado el mundo (Anagrama). 

En sus páginas, el profesor y periodista calabrés no duda en afirmar que España es la puerta europea de la droga: “en los últimos 15 años no ha habido cargamento de droga procedente de Sudamérica o de África que no haya entrado en Europa por España. 

Este país, asomado al atlántico, se presta a tales connivencias; y sus leyes también. Para la política española la lucha contra el crimen organizado de tipo mafioso y contra los narcotraficantes no ha representado nunca una prioridad. No existen herramientas de lucha específicas, la confiscación de los bienes y patrimonios delictivos resulta muy compleja y el régimen penitenciario es uno de los más permisivos de toda Europa”.

Cuenta Ricardo Magaz, profesor de la Universidad Nacional a Distancia (UNED) y experto en narcotráfico, que a España llegan fundamentalmente cocaína y hachís. “Ahora mismo se incautan en torno a unas 325 toneladas de hachís y unas 21 toneladas de cocaína al año. 

Eso es lo que se incauta, otra cosa es la que transita de manera clandestina. Somos líderes en incautación de hachís, el cual entra principalmente por Cádiz (Andalucía). La cocaína llega normalmente por los puertos y aeropuertos. Pero en los aeropuertos suele ser a través de los muleros y ellos pasan más que una cantidad escasa. 

La llegada al por mayor es por los puertos, a través de contenedores. Camuflan la droga en otras mercancías y, al llegar, corrompen a alguien del puerto para que les abra sin mayor trámite el contenedor y así poder sacar el cargamento. Entran miles de contendores todos los días y es imposible controlar todo ese volumen. 

Solo se revisan aquellos con sospechas previas, aquellos que vienen por rutas calientes o aquellos que ya se sabe que contienen droga gracias a un chivatazo. Porque entre las bandas y los cárteles del narcotráfico se chivatean. Entre ellos hay una feroz competencia y venganzas”.

Magaz lleva casi treinta años estudiando el narco, ha escrito libros como Crimen organizado transnacional y seguridad (UNED) y subraya que, de acuerdo con datos oficiales, “el narcotráfico genera 6 mil millones de euros al año, una cifra que va muchas veces por delante del tráfico de armas y de personas. Según la ONU, hay 250 millones de personas en el mundo que consumen drogas. 

Con ese caldo de cultivo, los narcotraficantes tienen el futuro asegurado y ven en España la puerta de entrada para todo tipo de drogas a Europa, un continente donde, por ejemplo, se consume 30% de la producción mundial de cocaína. España es fundamental en la cadena de tráfico porque somos frontera con África y tenemos una relación privilegiada con Latinoamérica”.

A diferencia de países como Colombia, México, Italia o Rusia, España no tiene una “mafia autóctona” y siempre ha actuado como intermediaria o puente, al servicio de cárteles extranjeros. 

Fue en 1984 cuando se hizo evidente por primera vez que miembros de los cárteles colombianos habían llegado aquí en busca de socios que los ayudasen a vender la droga en Europa. El 21 de noviembre de ese año, la Policía Nacional detuvo en un lujoso restaurante madrileño a Jorge Luis Ochoa, del cártel de Medellín, y a Gilberto Rodríguez Orejuela, del cártel de Cali. 

Durante cinco meses, ambos habían recorrido la península armando una red de aliados y fue en Galicia donde tuvieron más éxito. Ya encarrilados, también se les ocurrió que podrían tener un banco propio para blanquear el dinero obtenido. En eso estaban cuando fueron capturados.

El gobierno español los extraditó a Colombia, donde, al poco tiempo, fueron puestos en libertad. En los siguientes años, la cocaína colombiana siguió llegando con regularidad a España gracias a la complicidad de los contactos gallegos y andaluces y a la determinante implicación de los clanes de la mafia italiana.

Pero la muerte de Pablo Escobar, en diciembre de 1993, y la posterior desarticulación del cártel de Cali, en 1995, trastocó seriamente al narcotráfico colombiano. A partir de entonces, no ha habido ahí un personaje o un solo grupo que domine esta actividad. 

El cártel del Norte del Valle (proveniente del de Cali) e, incluso, las Autodefensas Unidas de Colombia (paramilitares que en algún momento formaron parte del cártel de Medellín) lo intentaron pero no lo lograron. Sus líderes fueron asesinados o capturados y extraditados a Estados Unidos. 

Por eso, desde los últimos años del siglo XX, el crimen organizado permanece fragmentado en el país sudamericano. Existen varias bandas que, ante la supremacía reciente los cárteles mexicanos, han tenido que diversificarse: además del tráfico de drogas se dedican al robo, al secuestro y a la minería ilegal de oro. 

No obstante, la mayoría de esos “mini-cárteles”, que en conjunto pueden todavía considerarse grandes productores, tienen su representante en España, gente atenta al desembarco de los cargamentos, a las bodegas donde se almacenan y a la “oficina de cobro” pues, si una partida de coca es incautada o robada, el destinatario es el que ha de pagar sin justificación alguna.

Desde las Torres Continuum, en el corazón de South Beach, se alcanza a ver casi toda la ciudad de Miami, la bahía y el mar cristalino e infinito. A quien se asoma por cualquier balcón de sus lujosos pisos, le parece tener al alcance de la mano el sol, la música, la moda, la gastronomía y todos los puntos neurálgicos donde se consolidan los grandes negocios en este lugar desenfrenado del mundo. 

Para entrar a vivir en una de las más de 40 plantas de ese par de edificios y disfrutar de sus canchas de tenis, campos de golf, salas de fiesta, piscinas climatizadas y playa privada, es necesario desembolsar de uno a 20 millones de dólares, según el tamaño del piso elegido. Álvaro López Tardón se compró uno de ocho millones y, para darle un toque personal, le agregó a la decoración estándar unas cuantas pieles de animales.

Disponer de unas ganancias desorbitadas (más tarde se sabría que obtenía, en promedio, unos cuatro millones de euros al mes) conlleva tener una enorme capacidad de gasto para regocijarse sin culpa ni disimulo. 

Así que en su nueva ciudad de residencia, “El Fenicio” recorría, entre el calor y la humedad, tiendas, boutiques de grandes marcas, gimnasios donde se ejercitan rostros conocidos, clínicas estéticas, empresas inmobiliarias, concesionarios de automóviles e, incluso, recurría a un brujo para conservar su buena suerte y recibir protección divina.

Un día normal de compras caminaba por “millas de oro” como Lincoln Road, Streets of Myfair o Coco Walk y, en una sola tienda, podía gastarse 12 mil euros en ropa. Era un asiduo cliente de los establecimientos de Prada, Dolce&Gabana, Hermés, Cartier, Gucci y Polo Sport. 

Pero Álvaro pensaba que las prendas finas siempre lucen mejor en cuerpos casi perfectos. Así que miró opciones de gimnasios para desarrollar y moldear sus músculos y se apuntó al Barry’s BootCamp, donde entrenan los famosos que viven o visitan la ciudad, sobre todo porque ahí las luces son muy tenues y eso les permite pasar desapercibidos. 

Hay rincones del cuerpo, sin embargo, que las máquinas de un sitio como ese no pueden esculpir a la perfección. Por eso el ex jefe de “Los Miami” compró esteroides y anabolizantes en la Clínica Biogenesis y acudió al consultorio del cirujano plástico Andrew Rosenthal quien, por 40 mil euros, le realizó a lo largo de tres semanas una liposucción de abdomen, una operación de glúteos y otra de pectorales.

Solo después de machacarse en el gimnasio y de haber pasado por el bisturí, Álvaro se vio con agrado en el espejo y entonces decidió tatuarse en la espalda un águila yoruba (símbolo de la vigilancia ininterrumpida, al acecho de cualquier peligro en la vida) y hacerse un Fotobook, al estilo de los grandes modelos. 

Con un pantalón ajustado o con una falda de cuero, descalzo y con el torso desnudo, este apóstol de la buena vida sedujo a la cámara y se congeló en un puñado de instantáneas como toda una estrella. 

Quizá por eso más tarde llegaría a entrever la posibilidad de comprarse una mansión en la deslumbrante Fisher Island, previo pago de unos 20 millones de euros, y convertirse así en vecino de personajes como Tom Cruise, Andy García, Oprah Winfrey, Julia Roberts, Matt Damon o André Agassi.

Sus caprichos casi nunca eran baratos. Alguna prostituta de 400 euros la hora o algún producto que veía en la teletienda, pero nada más. Lo que le apasionaba era comparar casas, coches, barcos, motos acuáticas.

Se sabe que tenía a su nombre 14 apartamentos y 17 coches de lujo. Un Bugatti Veyron 2008, color negro, de un millón y medio de dólares, y un Ferrari Enzo 2003, de un millón de dólares, por ejemplo. O una autocaravana de 100 mil. 

También era dueño de una colección de relojes ostentosos, sobre todo de la marca Audemars Piguet (cuyo precio oscila entre los 20 y 50 mil dólares), que guardaba en una caja de seguridad climatizada.

Se supone (hasta ahora nadie ha confirmado o desmentido los detalles de la investigación al respecto) que entre las adquisiciones de Álvaro también se encuentra una de las versiones del cuadro El almuerzo de Diego Velázquez. 

Ubicada en la época de formación del artista en Sevilla, la obra fue pintada en la segunda década del siglo XV. De manera oficial, existen dos versiones del óleo (una permanece en el Museo Hermitage de San Petersburgo y otra en el Museo de Bellas Artes de Budapest), pero al parecer hay un tercer cuadro del autor que fue comprado en Ginebra (Suiza) para ser llevado a Madrid gracias a los 60 millones de euros que solventó una de las “empresas pantalla” de los López Tardón.

En realidad, tal desembolso no habría ocurrido, pues se trataría del pago en especie de una deuda, es decir, que uno de los clientes de Álvaro amortizó un cargamento de droga con esa vetusta y valiosa pintura.

Desde Madrid, Artemio transfería cada semana a Miami varios miles de dólares a las cuentas bancarias de su hermano y, además, solía enviarle con “amigos y conocidos” otro tanto en efectivo (entre una y otra vía terminaría mandándole, a lo largo de cinco años, unos 30 millones de euros). Álvaro, por su parte, viajaba constantemente a Colombia y a España para supervisar sus narconegocios, los movimientos referentes a sus inmuebles y coches de lujo y la administración y el blanqueo de su dinero.

La carnicería que había abierto en la calle Castelló del madrileño barrio de Salamanca pronto fue insuficiente para tapar sus verdaderas actividades y “lavar” sus cuantiosas ganancias. Por eso en sus viajes a España acudía a, por lo menos, cinco entidades bancarias (Santander, BBVA, Banco Popular, Banco de Madrid y Bancaja) para depositar grandes sumas de sus dividendos. Una vez ingresó, en tres días, 600 mil euros en billetes de 20. 

La policía española calcula que, durante 15 años, metió en los bancos, sin obstáculos, cinco millones de euros en efectivo e invirtió otros 75 millones en inmuebles (15 en Miami, ocho en Madrid y dos en Bogotá).

Pero en un año podía ganar 60 millones de euros y necesitaba algo más para poder blanquearlos. Así que abrió un concesionario de coches de lujo en Villaviciosa de Odón (Madrid) llamado The Collection Exotic Car, dedicado a la compra-venta (con testaferros de por medio) de lo más caro y exclusivo del mercado automovilístico internacional. 

The Collection tenía una filial en Miami en la que Fabián Krentz y David W. Pollack, los dos grandes colaboradores miamenses de Álvaro, eran los encargados de las transacciones, aprovechando la opacidad de la ciudad estadounidense con mayor concentración bancaria.

El jefe, mientras tanto, viajaba por lo menos cada dos meses a Colombia. Con su fama de “serio, buen pagador y violento” (y con su cartera de clientes fijos) cerraba al instante (con lo queda del otrora poderoso Cártel de Cali) el envío de hasta dos o tres toneladas de cocaína a España. 

De todas formas, por si acaso, él se encomendaba a los dioses yorubas a través de un santero cubano. Vicente Orlando Cardelle lo citaba en su casa de la capital de Florida para hacer oraciones y rituales con el fin de alejarle los malos espíritus, las envidias y logar que los negocios y el dinero fluyeran sin dificultades.

Le pasaba un gallo por todo el cuerpo, con la intención de que el animal absorbiera la mala energía, y enseguida lo mataba. Le recomendaba tener en la puerta de su casa una foto de quien fuera su rival en la banda de “Los Miami”, el cojo Juan Carlos Peña Enano, quizá su mayor enemigo, con varios amuletos para evitar que le hiciera daño. 

Álvaro creía profundamente en su “padrino” y en sus liturgias y lo hizo objeto de su generosidad: a lo largo de un lustro le dio miles de euros en efectivo y dos Mercedes Benz.

Entre conjuro y conjuro, entre viaje y viaje, entre negocio y negocio, Álvaro López Tardón seguía recorriendo las avenidas llenas de palmeras y manglares de su ciudad fetiche, dispuesto a blandir sin miramientos la tarjeta de crédito (en un año podía gastarse fácilmente en sus compras 240 mil). 

Pero dilapidar el dinero a ese ritmo, tarde o temprano levanta sospechas. Por eso el FBI comenzó a seguirle la pista con sigilo en Miami. Y en Madrid la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Policía Judicial) tiró con fuerza del hilo después de que, en enero de 2011, Ana María Cameno, “La Reina de la Coca”, amiga y clienta de López Tardón, fuese detenida al intentar poner en marcha el mayor laboratorio de cocaína de Europa.

Cuando Álvaro se enteró del arresto de su amiga (y su mejor clienta) no pudo evitar ponerse nervioso. En la comodidad de su piso de las Torres Continuum, en medio de una escenografía soleada, comenzó a vislumbrar la posibilidad del fin de su buena suerte. Porque si desde ahí había querido subir al cielo, lo único que conseguiría al final sería bajar al infierno.

La vida conyugal

Sharon Cohen es una mujer alta, rubia y estilizada, incondicional de los tratamientos de belleza. Trabajó como “bailarina y dama de compañía” hasta que se casó con Álvaro López Tardón. 

Entonces, el cuidado de la casa y su cuidado personal empezaron a consumir todo su tiempo. Mientras su marido andaba ocupado “en sus cosas” (que, por cierto, no tardaría en compartir con ella), coordinaba a un par de empleadas domésticas, hacía ejercicio, iba de compras, pasaba un rato en la piscina. La vida conyugal iba bien hasta que ella empezó a notar que su esposo era cada vez más irritable y agresivo. 

En la intimidad, además, él comenzaba a sufrir disfunción eréctil. Tal vez todo se debía a su consumo excesivo de anabolizantes y esteroides, pero también estaba la preocupación por las circunstancias que atravesaban su amiga Ana María Cameno en Madrid y las acciones que podían desencadenarse para perjudicarlo.

Su relación iba camino de cumplir dos años, pero las discusiones entre Sharon y Álvaro eran tan frecuentes que un día ella se armó de valor y le pidió el divorcio. Él se negó de inmediato, sobre todo porque el matrimonio con una ciudadana estadunidense le permitía tener la tarjeta de residencia para vivir, trabajar y entrar y salir del país sin ningún problema.

Además, al no superar los dos años de unión, ese documento tenía el carácter de temporal y necesitaba ser renovado. Como el concesionario de coches lo manejaban sus testaferros, su vínculo con ella era lo único que podía mantener su green card vigente. Sharon le dijo que no aguantaba más. Álvaro le pidió que por lo menos esperara a que lo hicieran residente permanente. Ella no quiso, él se enfadó.

Una tarde, Álvaro llegó a casa envuelto en un ataque de furia. Su mujer estaba en la cocina hablando por el móvil cuando, de pronto, escuchó los gritos de su marido y los ladridos del pequeño perro que tenía como mascota. 

Él llegó hasta ella a paso veloz, comenzó a gritarle y la empujó. Ella le reclamó su actitud y le pidió que la dejara en paz. Él le dio un par de puñetazos en el estómago. Luego cogió un cuchillo y la sometió poniéndoselo en el cuello mientras ella gritaba aterrada. Él aventó el cuchillo a la encimera y ella salió corriendo de la cocina.

El altercado quedó grabado gracias a las cámaras que, obsesionado por su seguridad, el propio Álvaro mandó instalar en su lujosa casa. Así que, con el vídeo como prueba, Sharon fue a denunciarlo. Lo arrestaron un par de días y salió del calabozo con una orden de alejamiento. 

Pero este incidente dio para más, pues no tardó en propiciar que el FBI acelerara su investigación en torno al desenfrenado modo de vida de Álvaro y la procedencia de sus ingresos económicos. 

Al instante, los agentes del área indagatoria del Departamento de Justicia de Estados Unidos vieron en Sharon una colaboradora. Y ella no tardó en desahogarse. 

Les contó, entre otras cosas, que su esposo se dedicaba al narcotráfico, que constantemente recibía la visita de personas que le entregaban dinero en efectivo, que una de sus casas de Madrid tenía escondidos varios millones de dólares y que, últimamente, no podía dejar de preocuparse por los “daños colaterales” de la detención de su amiga Ana María.

El FBI solicitó la ayuda del Servicio de Rentas Internas (IRS, por sus siglas en inglés), la entidad encargada de vigilar el cumplimiento tributario en Estados Unidos, y éste a su vez requirió la colaboración de la UDEF española, que siguió al pie de la letra una de sus principales máximas: “Si quieres cazar al pequeño traficante, sigue la droga. Pero si quieres cazar al gran traficante, sigue el dinero.” Así, en ambos lados del Atlántico, el cerco se estrechó, los detalles de la trama quedaron claros y los cómplices señalados.

A las 10 de la mañana del 14 de julio de 2011, un grupo de agentes de la Policía Nacional y de la UDEF aparcaron sus vehículos frente al número 157 de la madrileña Avenida de las Azaleas. Enseguida, ante la aparente indiferencia de Artemio López Tardón (“no encontraran nada”, repetía), se dispersaron por el chalet adosado (comprado por un millón de euros, rodeado de cámaras de seguridad), y lo que encontraron los dejó atónitos. 

La habitación que ocupaba Álvaro cuando venía, contaba con una puerta acorazada, jacuzzi y una barra de bar con grifo de cerveza incluido. En la de Artemio había una enorme pecera con pequeños tiburones. Ambos tenían a su alcance armas de fuego, como una escopeta o un rifle con mira telescópica, y 400 mil euros en efectivo “para los gastos corrientes.” Cerca de la piscina con televisión, un leopardo se paseaba dentro de su jaula. Y en el garaje estaban guardados coches como un Ford Cobra de edición limitada, un R8 o un Lamborhini.

En un habitáculo del techo del garaje había 230 mil euros escondidos. En el hueco del ascensor de la vivienda, cinco millones más. Durante 16 horas, los funcionarios revisaron cada rincón de la casa y del terreno sin encontrar más dinero. 

Pero Sharon les había dicho que en esa casa Álvaro guardaba “muchos millones”. Así que sacaron un ordenador portátil y la llamaron por Skype. Pasearon el ordenador por todo el lugar hasta que, gracias a la webcam, la mujer identificó el sitio exacto y gritó “¡ahí, debajo de esas baldosas!” Era el suelo del garaje. 

Entonces los agentes pidieron con urgencia una excavadora. Debajo de medio metro de hormigón estaban, bien envasados al vacío para que no se pudrieran, 19 millones de euros en billetes de 50, 100 y 200 euros. En total, después de 36 horas seguidas de trabajo, la policía incautó casi 25 millones en la narcofortaleza de los López Tardón, “la mayor cantidad de dinero intervenida en un solo registro en toda España y en toda Europa”, según el Ministerio del Interior.

En Miami, casi al mismo tiempo, las autoridades estadunidenses también comenzaron a realizar las detenciones que les correspondían en esta operación. Todavía era de madrugada cuando fueron al lujoso penthouse de Álvaro y él no estaba. 

Por un momento pensaron que había huido. Pero casi una hora después el gran narco español llegó borracho. Se había ido de fiesta, sin sospechar que estaban a punto de aprehenderlo. Si se había librado de las 12 detenciones en España, de ésta, la número 13, no lograría escabullirse.

Sus dos colaboradores miamenses (Fabián Krentz y David W. Pollack) y su santero cubano (Vicente Orlando Cardelle) también fueron llevados a prisión, aunque este último no tardó en salir. En la operación conjunta entre Estados Unidos y España hubo un total de 21 detenidos. Todos imputados por asociación ilícita, tráfico de estupefacientes, delitos contra la Hacienda pública y blanqueo de capitales procedentes del narcotráfico. 

También se intervinieron sus empresas concesionarias de automóviles, se bloquearon 26 cuentas bancarias y se confiscaron 60 flamantes coches (Rolls Royce, Porsche, Ferrari, Bugatti, Aston Martin, Mercedes Benz, Bentley…), un puñado de joyas (diamantes, perlas, relojes, anillos, collares…) y 25 inmuebles, entre los que se encontraba una finca de 30 hectáreas donde estaba a punto de finalizar la construcción de un chalet de mil 200 metros cuadrados, en Collado Villalba (Madrid). 

La UDEF calculó que, en poco más de un lustro, Álvaro pudo haber ganado gracias a la droga unos 300 millones de euros netos.

El líder esculpido y tatuado solicitó sin demora los servicios de Richard Klugh y Howard Srebnick, dos abogados asiduos a defender a millonarios y famosos en la capital de Florida, quienes alegaron que las ganancias de su cliente eran producto de su negocio familiar de coches de lujo y de una tienda gourmet en Madrid. 

Pero para las autoridades, el lavado de varios millones de euros se debía al contrabando de cocaína, de Colombia a España. La jueza asignada al caso, Joan Leonard, escuchó cómo los cómplices y la exmujer Álvaro desgranaban los detalles de los delitos que lo inculpaban. 

Como únicamente el dinero, y no la cocaína que él controlaba, fue llevado a Estados Unidos, sus abogados pedían una pena que no superara los 20 años de cárcel. 

Al final, después de un proceso judicial de tres años, en septiembre de 2014, cuando Álvaro López Tardón “el gran narco español” estaba a punto de cumplir cuatro décadas de vida, la jueza lo condenó a 150 años de cárcel, a pagar una multa de dos millones de dólares y a devolver sus bienes adquiridos con dinero del narcotráfico. En Miami, el hijo de un carnicero de Canillejas vivió a lo grande, delinquió a lo grande y terminó pagándolo a lo grande.

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