Lanza Atelier ha construido una práctica alrededor de lo provisional, lo encontrado y lo que todavía puede cambiar. Isabel Abascal y Alessandro Arienzo trabajan con arquitectura, mobiliario, instalaciones y estructuras temporales, pero muchas de sus mejores ideas aparecen cuando el proyecto tiene una vida limitada. Lo efímero, para ellos, es una forma de libertad.
Fundado hace 11 años, el estudio ha desarrollado una práctica reconocible sin depender de una estética fija. Hay una atención constante hacia lo encontrado, lo improvisado y lo que ya existe antes de que llegue el arquitecto. También una cierta desconfianza hacia el espectáculo. Sus proyectos suelen partir de reglas sencillas y dejar espacio para que la luz, los materiales, el uso y el tiempo terminen de definirlos.
Ese enfoque los llevó este año al Serpentine Pavilion en Londres, uno de los encargos más visibles de la arquitectura contemporánea. En esta conversación, Abascal y Arienzo hablan de belleza, ciudades, dibujos y de por qué construir algo destinado a desaparecer puede ser una de las formas más serias de hacer arquitectura.
¿Qué tiene lo efímero que les atrae y los lleva a crear diseños extraordinarios?
Las cosas frágiles, un arcoíris fugaz, el color de una flor a punto de desvanecerse, un baldaquino bordado que atraviesa la calle envuelto en perfume, poseen un tipo particular de belleza. Es la belleza de aquello que estamos presentes para experimentar precisamente porque sabemos que no durará mucho.
“Si tomáramos cierta distancia, nos daríamos cuenta de que, de algún modo, todo es efímero. Esa brevedad nos ha permitido experimentar, dentro del diseño de exposiciones y de las instalaciones en el espacio público, con ideas que podían resultar arriesgadas o incluso un poco salvajes, porque lo efímero lleva consigo una cierta aura de posibilidad.
Siempre nos hemos sentido cómodos dedicándonos a construir algo destinado a desaparecer después de un tiempo. Si lo piensas, se parece a esos mandalas de arena que los monjes tibetanos crean y destruyen de manera ritual. Probablemente sea porque valoramos tanto las ideas detrás de un proyecto y las interacciones que suceden con él o alrededor de él como su propia existencia material”.
¿Qué sensibilidad distingue a Lanza?
Venimos de contextos muy distintos. Alessandro creció en Ciudad de México y yo soy de Madrid. Nuestras sensibilidades se encontraron y, de alguna manera, ambas eran un poco excéntricas. Reconocíamos belleza no solamente en entornos caóticos, sino también, en ocasiones, en lugares feos y desolados. Hay una especie de militancia en eso: encontrar esperanza en la resistencia de la belleza a desaparecer por completo de nuestro mundo.
“Siempre éramos esas dos personas en una habitación que reparaban en una entrada particular de luz o se detenían a admirar cómo los vendedores ambulantes habían apilado la fruta al borde del camino.
“Cuando uno mira hacia atrás y revisa los más de cien proyectos que Lanza ha realizado durante la última década, reconoce un pensamiento sistemático: el esfuerzo por crear reglas muy simples que permitan que los proyectos caminen por sí mismos”.
Después de once años, todavía puede considerarse un estudio joven, con una trayectoria llena de posibilidades por delante. ¿Existe un proyecto soñado?
Hacemos todo tipo de proyectos, desde vivienda y tiendas hasta mobiliario, así que seguimos abiertos a lo que venga. A ambos nos gusta trabajar con la cultura, con programas relacionados con el arte, la educación, los espacios públicos y las áreas verdes, así que probablemente exista una inclinación natural a continuar nuestro trabajo con museos e instituciones culturales. Quizá también a crecer hacia encargos de mayor escala y hacia contextos nuevos y más desafiantes. A mí me gustaría pasar más tiempo en mi ciudad natal, así que también más tiempo en Europa, aunque siempre manteniendo un pie en Ciudad de México.
Su diseño ganó este año el prestigioso encargo del Serpentine Pavilion en Londres; su propuesta ya abrió al público y permanecerá en exhibición hasta finales de octubre, ¿qué significa para ustedes esta experiencia?
Es magnífico haber tenido la oportunidad de compartir nuestro trabajo con el mundo, de alguna manera, o al menos con un público mucho más amplio. Todos los días recibimos fotografías de personas utilizándolo, de niños jugando, de amigos visitando el pabellón, y resulta realmente conmovedor.
“Nuestro concepto inicial sigue completamente presente: la elegancia y el carácter lúdico de los muros ondulantes, el barro que te envuelve porque también aparece en el suelo y la cubierta ligera que deja entrar la luz. Durante todo el proceso nos sentimos muy acompañados por los curadores, ingenieros y contratistas, y no podríamos estar más agradecidos con todo el equipo de Serpentine. Somos conscientes de que se trata de un proyecto que probablemente sucede una sola vez en la vida y, como comentábamos al principio de la entrevista, precisamente porque es efímero podemos disfrutarlo”.
