DOMINGA.– Llegó el mes de septiembre y la gente de Puerto Ángel, un pueblito de pescadores en la costa de Oaxaca, celebra en tierra un milagro que sucedió en el mar. Luego de ocho días y ocho noches a la deriva, uno de sus hombres, el que se agarró a las manos de Dios, el que se aferró a la vida, pudo regresar a casa después de naufragar en un océano traicionero, después de resistir al oleaje más despiadado, a las corrientes violentas, a cuatro tormentas, al hambre y a la sed.
Durante los primeros días que estuvo perdido en altamar, con la garganta toda inflamada de tanta sed, el sudor era purita miel y el orín tenía un olor penetrante, nauseabundo, pero aún así lo bebió hasta que apareció la primera tortuga marina.
–Me tuve que levantar a ese animalito, exprimir su cuerpo hasta donde la sangre escurría, porque me daba una sed tan enorme y ya no tenía agua.
Antes ya había probado esa carne pero no cruda.
–Seis tortugas me chingué en esos días. Me bebía su sangre, que colaba en una playera para que no llevara mucho estiércol y ¡pum pum, para adentro!
La madrugada del 31 de agosto, Héctor Márquez, conocido también como Chico Nuca, partió en su lancha para ir a pescar pez vela. En su bote, una panga azul celeste con el motor nuevecito, recién comprado, llevaba todo lo que necesitaba para la jornada de captura: las cañas, los señuelos, el agua y combustible para cuatro horas, las que anticiparían la angustia que se apoderaría de toda una comunidad de menos de tres mil habitantes que no dejó de buscarlo hasta traerlo de regreso a casa.
Chico Nuca, de 42 años, que desde niño aprendió a jugarse la vida en el mar, se despertó cansado aquel lunes “pero quise ir a ganar un dinero y pues zarpé con Jusmecito”, su lancha ribereña, bautizada así por su sobrino, el hijo de su hermano, también pescador, como lo fue su padre y también su abuelo. Un oficio que no se elige sino que se hereda: “le toca a uno nomás pues”, dice. Y no se rige por días laborales o festivos, sino en base al temporal.
Aquel lunes de agosto el cielo amaneció en calma, sin una sola nube sobre el horizonte. Pero se sabe: el Pacifico es un mar tramposo. Se sabe también: la suerte es algo que, de un momento a otro, puede cambiar de lado. Esa fue la lección que aprendió Chico Nuca aquel día: la fortuna cuando tiró sus calamares, capturó el primer pez vela y lo subió tan contento a la embarcación; pero la desdicha cuando el segundo pescado le golpeó la cara y lo desorientó.
–Cuando estaba yo agarrándome con uno, se me nubló todo. Empezó la bruma y después la lluvia. Y así fue cómo perdí la costa.
En ese momento la fuerza de la corriente jaló su lancha lejos de tierra, cada vez más adentro hacia el infinito y la percepción del tiempo permutó: el paso de las horas comenzó a estirarse, a hacerse lento, los minutos se volvieron horas para el pescador. También para su familia y una comunidad entera que no dejó de buscarlo allá lejos en el mar y esperarlo aquí en tierra.
Aquel lunes llegó la noche y Chico Nuca no regresó del mar. Tardaría más de una semana en hacerlo, después de que un buque de carga encontrara su barca en altamar, el 4 de septiembre, y le tomara una fotografía que haría su historia famosa en todo el país. Con la última luz de la tarde iluminando el muelle de Puerto Ángel, empezaba a correr la noticia que después daría pie al milagro en su comunidad, el milagro del pescador que volvió de altamar.
Las cuatro tormentas perdido en alta mar
Para el segundo día, mientras las autoridades lo buscaban con unidades navales y aéreas, Chico Nuca se había quedado sin gasolina y sin agua. Bien temprano también habían zarpado las lanchas de sus compañeros de Puerto Ángel, que pagaron de su bolsillo los víveres para el rescate, los galones de combustible y el aceite para salir a encontrarlo. Su padre, don Cuco, los organizaba.
Peor que la marejada, recuerda, resultaba el terrible calor que lo iba deshidratando minuto a minuto. “Un sol que no se quitaba y que cada rato me daba sed”. Para saciarla decidió tomarse su propio orín, “llenaba con él el bote y nada más, derecho, derecho, derecho”. También se echaba ese líquido de un amarillo amarillismo en la cabeza, por el rostro, del sol abrasador y el salitre en la piel, que se le iba cuarteando cada vez más y más. Dice que gracias al orín sobrevivió y a la carne y la sangre de tortuga marina.
Durante décadas, hasta la ley que prohibió su captura en 1990, este reptil constituyó uno de los alimentos principales para la subsistencia de las poblaciones de la costa de Oaxaca. En la actualidad, la población sólo la consume en ocasiones especiales, de forma discreta, porque es delito federal dar muerte a ese animal cuya carne, dicen, brinda vitalidad extrema a quien se la traga.
–Es deliciosa. ¡Y fíjate que cruda no sabe feo! Muy blandita, muy tierna la carne. Hay que probarlo todo. Mi papá nos enseñó a comer cosas sin tener asco, porque si no luego empieza el vómito, la diarrea y no, gracias a Dios, a mí no me dio nada de eso. ¡Aunque todo el tiempo se movía la lancha!
La primera de las cuatro tempestades que enfrentó llegaría esa noche; la peor de todas sería la segunda, que duró lo que el cielo en completa oscuridad. Mientras en la sala principal de su hogar una madre, María Cristina, erigía un humilde altar con una cajetilla de cigarros como ofrenda y prendía vendas alrededor de una fotografía, la de un hijo perdido en el horizonte, el pescador rezaba en la altamar.
–Pedí a Dios que cuidara mi embarcación [...]. Le decía que calmara la marejada porque me iba a hundir y así no habría posibilidad de que me encontraran.
Mientras trataba de resistir al temporal, “con el Jesús todo el tiempo en la boca”, Héctor Márquez, que no llevaba a bordo ni un chaleco salvavidas, se acordó del consejo que una vez le dio su primo Chupado. “Si le agarra a uno temporal hay que usar lo que se tenga de grampín”, el contrapeso para que la marejada no se lleve de lado su barca y la voltee. Así que la primera noche lanzó por la borda los dos pez vela capturados y los botes para usarlos como un ancla, atorarse y aferrar la pequeña embarcación contra los embates del oleaje. “El pescado no aguantó, luego se fue, pero los botes aguantaron y me permitieron fondear”.
Cuando el mar y el cielo se calmaron, Chico Nuca, tan creyente, empezó a rezar. “Le pedí mucho a Dios, que me diera la fortaleza para salir adelante y seguir luchando. Le pedí a la Virgen de Juquila [santa milagrosa de Oaxaca] y a mi San Judas Tadeo”, tan venerado entre los pescadores para enfrentar los peligros del mar, el patrono de las causas difíciles y que nuestro hombre exhibe orgulloso en una cadena de plata. “Todo el tiempo lo cargo, nunca me lo quito”, dice con las manos aferradas.
Luego se remanga la playera y muestra las otras estampas en la piel: el rostro de un cristo en el antebrazo derecho, su apellido en letras desgastadas pintado en la barriga. El tatuaje de los Márquez, “el nombre de mi familia; nada más que falta repintarlo”, en el antebrazo izquierdo la Guadalupe, que lo mantuvo con vida, dice, a la que ha prometido ir a visitar en México, la capital. Fuerzas también agarró de las ganas de ver a sus padres y hermanos, y a esa mujer cuyo nombre, que permanecerá sin revelar, que lo sostuvieron con vida y luego, lo salvaron.
La aparición del buque panameño
Héctor Márquez dice que es un hombre valiente que no le tiene miedo a casi nada. “Y no se lo tengo gracias a mi padre, que todo el tiempo me ha dicho: hay que tenerle miedo al vivo, no al muerto”. Así que ni un minuto dudó. “Sabía en mi mente que mi familia me andaba buscando, y los compañeros también, todo el tiempo dije: me andan buscando, me tienen que encontrar”.
–Allí solo, en la mar, analizas mucho: esto está mal, esto está bien, uno piensa muchas cosas maravillosas que venían en mi mente y dejaba ir otras cosas.
Esa ilusión le rondaba las horas lentas. Incluso cuando los peores pensamientos se apoderaban de él, nunca perdió la serenidad. Ciertas escenas que habían vivido antes de zarpar, se le repetían una y otra vez: aquella comida con ceviche que compartió con la familia, las palabras de la mujer cuyo nombre permanecerá sin desvelar, cosas que había hecho antes de subirse a la barca.
“Venía bajando de una bendita experiencia, tan hermosa, de cuarto y quinto paso”, confiesa refiriéndose a las fases claves del programa de recuperación de los 12 Pasos de Alcohólicos Anónimos, en el que lleva meses y, “gracias a Dios, me está ayudando tanto, porque soy alcohólico y drogadicto”.
Si bien en los primeros días había imaginado cada una de las cosas que haría al regresar, en los siguientes había establecido la fecha de su fin, cuando se cumplieran quince días como náufrago. “Si no me encontraban para entonces, ya tenía planeado matarme, ¡degollarme con el cuchillo del pescado! Esa era mi última voluntad. Porque iba derecho a tres huracanes, dije, ah, pues lo que Dios diga. ¡Vámonos, recio!”.
En tierra su comunidad contaba tres días desde que Chico Nuca había salido en la madrugada en su barca y todavía ni rastro del pescador. Y las labores de rescate comenzaban a claudicar. En el mar Chico Nuca sobrevivía a base del reptil sin cocinar, “a pura sangre y carne de tortuga”, hasta que llegó el quinto día y la suerte volvió a cambiar de lado. Ya en aguas internacionales, a 240 kilómetros de la costa, frente a Salina Cruz, en el Istmo de Tehuantepec, un carguero que había zarpado del puerto de Manzanillo, Colima, con destino a Panamá, encontró a Jusmecito, la pequeña embarcación ribereña de nuestro hombre.
–Se me acercó y me pitó tres veces. Yo les rogué, me hinqué de rodillas, pidiéndoles por mi santa madre que me llevaran a Panamá o que me dejaran en otro lugar, en Acapulco, por ejemplo.
Nuestro hombre se ató incluso el metate para subirse al barco pero aquellos marineros le daban más cuerda de vuelta “para que yo no me subiera. Me decían, no, no, no te podemos llevar. El capitán dijo que no podemos hacerlo”.
Cuando la noticia de este encuentro entre embarcaciones se volvió viral, algunos medios señalaron que el pescador no quiso abandonar la suya, que prefirió esperar a que llegara el rescate de su propia comunidad. “Puro chisme eso: que yo quise cuidar mi lancha. A mí, perdón por la grosería, lo material me vale verga. ¡Yo sólo quería llegar a tierra, abrazar a mis padres, a mis hermanos y darle las gracias a mis amigos! Y ellos no quisieron. Yo creo no querían atrasarse en su rumbo”.
Antes de seguir su trayecto el buque panameño le dejó combustible, treinta litros de agua, “fruta, manzanas, galletas, luces de bengala”, las que después el pescador prendería para ser localizado. El buque anotó sus coordenadas y le tomó una foto –la evidencia de que estaba con vida– que al día siguiente los medios difundieron. No sólo esa imagen corrió de teléfono en teléfono, también las voces que animaba a más comunidades a sumarse a su búsqueda, más compañeros de Puerto Escondido, Mazunte, de San Agustinillo, Huatulco. En pocos minutos la alentadora noticia trascendió de su comunidad a toda costa, y después, al resto del país:
El pescador Chico Nuca estaba con vida.
Un día de fiesta en Puerto Ángel
El buque panameño dio aviso de las coordenadas del pescador a la Capitanía de Puerto en Salinas Cruz ese mismo día, el quinto, un viernes. Pero la información no llegó a la autoridad marítima local de Puerto Ángel hasta el día siguiente, las veinticuatro horas en las que Chico Nuca se aferró a la vida como nunca antes.
El domingo al mediodía, dos días después, un pato buzo apareció en la cubierta de Jusmecito. Y se dijo: “ah, mira, Dios me mandó un amigo”. Con las horas también pensó que, si no lo encontraban pronto, lo tendría que matar. “Lo siento mucho patito pero te voy a tener que comer crudo. Y pues gracias a Dios, ¡se fue libre!”. Aquel amistoso ave la libró porque, de pronto, el pescador alzó la vista para divisar una sombra proyectada sobre su barca.
“Miré al cielo y vi la avioneta pasando por encima de mí”. Héctor encendió una de sus luces de bengala y la disparó. La avioneta, que ralentizó sus movimientos, seguía haciendo giros en el cielo sin verlo. El pescador lanzó dos más y empezó a hacer señales exaltadas con la mano.
–Estuvo como media hora dándome vueltas alrededor y se fue. Yo pensaba que quizás no me habían visto y que el norte ya había entrado. ¡Ya venía muy recio el norte! Si no llegaban al rato, me dije, ya, ni pedo, iba a tener que luchar otra vez contra esta tormenta.
Pero, a las 12.25 del mediodía de ese mismo lunes 7 de septiembre, luego de ocho días y ocho noches perdido a la deriva, la suerte volvió a cambiar. A unas 150 millas náuticas de la costa de Huatulco, a unos 250 kilómetros mar adentro, la unidad ARM “Monte Albán” de la Secretaría de Marina lo encontró finalmente.
Durante el camino de regreso, la barca Jusmercito que la patrulla llevaba remolcada no aguantó. “Entró la marejada y la llenó de agua, se fue a pique, perdí mi embarcación. Tenía el motor nuevecito”. Cuatro horas después, cuando nuestro hombre llegó al puerto de Salinas Cruz, fue su madre la primera que lo fundió en un abrazo de los tantos que estrujaron su débil cuerpo en los siguientes días. ¡Cuántos abrazos, vítores, lágrimas, en Puerto Ángel durante los siguientes días!
El gran festejo tuvo lugar el miércoles, dos días después de pisar tierra. Primero hubo una misa en la parroquia del Santo Ángel Custodio, que se abarrotó por dentro. En el exterior, una charanga esperaba para llevar por las calles de Puerto Ángel a una masa jacarandosa hasta la playa principal. Escoltado por una muchedumbre que avanzaba al ritmo de trompetas, saxofones, bombos y tarolas, marchaba Chico Nuca envuelto en una enorme bandera de México.
A su espalda, iban las mujeres cargadas a la cintura de sus retoños, los traspiés de las ancianas con bastones que le seguían los pasos, las carcajadas de las criaturas subidas a hombros de los mayores que ensalzaban la música alegre.
El convite tuvo lugar en la casa y restaurante familiar Las Palmas, que había mantenido sus puertas cerradas durante esos días por tener el servicio y el alma en vilo. Todavía atrás seguían encendidas las velas del altar que la madre puso para rezar a la virgen. Frente a la playa, con las lanchas varadas como testigos de un día dichoso, se sirvió comida y alcohol en cantidades generosas para todos.
Hasta muy entrada la noche, la banda no dejó de tocar y sobre la arena se bailó charanga oaxaqueña, chilenas y cumbias que hacían mover a las oaxaqueñas más coquetas sus caderas hasta acabar revolcadas por el suelo. Entre los gestos de cariño, los apapachos sentidos, apretones de manos, besos generosos y sonoros, las fotos, los rostros de políticos depredadores de la atención mediática, entre tanta exaltación, Chico Nuca no dejó de balancear los pies, tímido y torpe al principio, animado y confiado después, para concluir el discurso que dio con un grito al micrófono: “¡Los quiero un chingo a todos!”
En su rostro vieron a un hombre que sobrevivió a un naufragio que lo volvió “más maduro, más fortalecido, mejor persona”. También más creyente, decidido a cumplirle la promesa a la virgencita, peregrinar desde la costa hasta la Basílica Santa María de Guadalupe, en la capital. “Y estar con esa persona, hacer una familia con ella”, dice de la mujer cuyo nombre lo salvó y que permanecerá sin desvelar.
Apenas pisó tierra Héctor Márquez ya quiere regresar al mar, a ese tan traicionero que a veces se traga a quien lo navega, a los pescadores como él, una vida que no eligió pero que no cambiaría por otra. “Es bonita pero tiene sus riesgos, como cualquier trabajo. Es muy dura, un día te va bien, otro mal. Pero es el único trabajo que tenemos aquí porque no hay más [...], pero yo no dejo a mis padres”.
Por eso planea embarcarse pronto con la nueva lancha que el gobernador le ha regalado, la barca a la que una amiga le dice que bautice como la Milagritos, como ese que llegó con septiembre y la gente de Puerto Ángel, ese pueblito de pescadores de Oaxaca, sigue celebrando en tierra lo que sucedió en el mar.
GSC