M+.- Doce años después de dejar Torreón, Miriam Gabriela Rodríguez Castro volvió a encontrarse con su maestra Edith. No fue como alguna vez imaginó, sentadas frente a un café para recordar sus años en secundaria, sino en una fotografía difundida después del ataque ocurrido en la Secundaria General Número 13 del ejido La Unión, en Torreón, Coahuila.
Nedi Edith Nevárez González tenía 56 años y fue asesinada durante la agresión perpetrada en el plantel, donde otras personas resultaron heridas. Por el ataque fueron detenidos Carlos y David, hermanos gemelos de 18 años conocidos en la comunidad como Los Cuates, mientras la Fiscalía General del Estado de Coahuila mantiene abiertas las investigaciones para determinar el móvil.
Entre las líneas que indagan las autoridades está la posible influencia de comunidades digitales relacionadas con la imitación de autores de hechos violentos ocurridos en otras partes del mundo.
Pero para Miriam, Edith no es solamente el nombre de la víctima de un ataque que conmocionó a Torreón.
Es la maestra que le enseñó a amar los libros. “Por ella yo realmente leí muchísimos libros”, recordó en entrevista con MILENIO.
La maestra que iba más allá del salón
Miriam tiene 31 años. Actualmente vive en Monterrey, Nuevo León, donde se casó y emprendió un negocio propio, pero una parte importante de su adolescencia permanece en Torreón y en los salones de la Secundaria General Número 13.
Ahí conoció a Edith, quien le impartió Español y terminó influyendo en su manera de acercarse a la lectura, la poesía e incluso la música.
Recuerda sus clases como dinámicas y a una profesora que insistía constantemente en que sus alumnos leyeran.
Las recomendaciones comenzaron a formar en Miriam un gusto por los libros que conserva hasta ahora.
Pero su relación con Edith no se quedó en las clases.
Miriam atravesaba entonces situaciones familiares complicadas, en una etapa en la que, recordó, los adolescentes muchas veces pueden sentirse incomprendidos. En su profesora encontró a alguien dispuesto a escucharla.
“Cuando fue mi maestra, no solamente me dio clases. No sé si considerar que fue como una especie de amiga para mí, de alguna manera”.
Edith también la impulsó académicamente. Miriam participaba en concursos escolares de poesía y declamación y recuerda que su profesora defendía que los estudiantes del turno vespertino tuvieran las mismas oportunidades y apoyos.
“A veces las palabras que tus papás no te dan, pues a veces las recibes también de los maestros, y eso también te marca”, contó, ya con la voz entrecortada.
El poema que Edith le enseñó
Entre todos aquellos recuerdos hay uno que regresó con particular fuerza después del asesinato.
Se trata de Génesis, déjame ser, de la profesora María del Carmen Azpe Pico, un poema que Edith le enseñó mientras Miriam se preparaba para un concurso de poesía y declamación.
Para ella, el texto hablaba del acompañamiento que necesitan los jóvenes durante su formación y del papel que tienen en ese proceso padres, maestros, amigos y familiares.
“Se me negó el oído y el apoyo,
el adulto se olvidó que yo era un niño
y su regazo a mi ruego se cerró,
y en un crimen que el lenguaje no da nombre,
me exigió convertirme en todo un hombre
cuando su ejemplo para serlo me negó”, dice uno de sus versos.
Edith no sólo la ayudó a aprenderlo. También le enseñó a analizarlo y comprender qué debía transmitir cuando estuviera frente al público.
Más de una década después, aquellas palabras adquirieron otro significado.
Al conocer la noticia de la muerte de su antigua profesora, Miriam publicó en redes sociales una fotografía de aquellos años.
En la imagen aparece Edith durante el concurso en el que su alumna participó.
Una fotografía guardada durante años terminó convirtiéndose en el testimonio de la maestra que Miriam recordaba.
Los discos de Bunbury
No todo eran libros y poemas.
Edith era aficionada a la música de Enrique Bunbury y ese gusto terminó creando otro vínculo entre maestra y alumna.
Miriam recuerda que entonces tenía poco dinero, pero encontró una manera de compartir con su profesora la música que sabía que disfrutaba.
“A veces le quemaba unos discos con sus canciones favoritas de Enrique Bunbury”.
Eran discos preparados por una adolescente para su maestra. Un detalle sencillo que, con el paso de los años y después de lo ocurrido, adquirió otro valor.
“No manches, era la maestra Edith”
Miriam se enteró del ataque mientras hablaba por teléfono con su hermana, quien vive en Torreón.
Ella estaba en Monterrey y ambas seguían las noticias y entrevistas que comenzaban a difundirse sobre lo ocurrido en la Secundaria General 13, de La Unión.
Entonces escuchó un nombre. “No manches, era la maestra Edith”, pensó.
Su primera reacción fue negarlo.
En las primeras horas después del ataque hubo información incorrecta sobre la identidad y los apellidos de la víctima, lo que alimentó su esperanza de que se tratara de otra persona.
“Yo dije: ‘No, no es, estoy segura de que no es Edith’”.
Comenzó a buscar información y contactó a una amiga con quien había estudiado. Entre ambas intentaron reconstruir el rostro de aquella profesora a la que no veían desde hacía años.
Hasta que apareció otro dato: 56 años. “Cuando van diciendo la edad, 56, no manches… sí van a decir que sí es”.
Era Edith.
Un café que ya no ocurrió
La noticia golpeó todavía más a Miriam por algo que había ocurrido apenas un mes antes.
Había regresado a Torreón y buscó a Edith en internet. Quería localizar a su antigua maestra y, si podía contactarla, invitarla a tomar un café.
No logró encontrarla.
Después del ataque, volvió a buscar su nombre en Facebook, sólo que esta vez ya no intentaba reencontrarse con ella.
Buscaba confirmar que la mujer asesinada en aquella secundaria era la misma profesora que recordaba desde la adolescencia.
“De esos maestros que te dejan una semilla”
Han pasado casi 12 años desde que Miriam dejó Torreón para comenzar una nueva etapa en Monterrey. Durante ese tiempo no volvió a tener contacto con Edith.
Pero tampoco la olvidó.
Su recuerdo permanece en los libros que comenzó a leer gracias a ella, en aquel poema que aprendió para un concurso, en las canciones de Bunbury que grababa en discos y en las palabras que recibió cuando atravesaba una etapa complicada de su adolescencia.
“De esos maestros que te marcan, de esos maestros que te dejan una semilla y los recuerdas siempre con mucho cariño”, dijo mientras el llanto comenzaba a quebrarle la voz.
Después del ataque en La Unión, el nombre de Nedi Edith Nevárez González quedó ligado a una investigación criminal y a una jornada de violencia que conmocionó a la comunidad escolar de Torreón.
Para Miriam, sin embargo, su historia empezó mucho antes.
Empezó en un salón de clases, cuando una profesora de Español puso un libro frente a una adolescente y consiguió que quisiera abrir muchos más.
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