M+.- La madrugada del domingo pasado, alguien entró a un predio del ejido conocido como La Partida, en el nororiente de Torreón, Coahuila, y decapitó a Camarito, un burrito de apenas siete días de nacido. Lo mató y se llevó su cabeza.
Camarito no conocía el yugo, el arado ni las jornadas de trabajo. En sus siete días de vida apenas había aprendido a caminar entre la pastura y a recibir las caricias de los niños que llegaban al lugar para conocerlo, alimentarlo y tomarse fotografías con él.
Según la indagatoria de MILENIO, el burrito era, para las familias de esta comunidad rural, una pequeña criatura que había convertido un corral en un espacio de alegría. El domingo, esa imagen terminó en sangre.
Sinónimo de trabajo y lealtad
En la memoria colectiva del campo mexicano, el asno siempre ha sido una figura entrañable. Desde las primeras labranzas en la Comarca Lagunera, entre el polvo, el surco y la aridez del desierto, los burros representaban la paciencia, el trabajo noble y la compañía silenciosa de las familias ejidales.
Con el paso de las décadas y la llegada de la mecanización agrícola, ver a un burrito recién nacido corretear por los corrales se convirtió en un acontecimiento cada vez más raro, en una estampa de añoranza y ternura que remitía a los tiempos dorados de la vida rural.
Por eso, cuando Camarito asomó sus patas frágiles a la tierra de La Partida, el predio donde habitaba se transformó de inmediato en un espacio de luz. No era un animal de carga ni de tiro; era el huésped consentido de un proyecto que buscaba edificar un santuario de convivencia entre las familias y la naturaleza.
Sin embargo, la barbarie y el despecho humano destruyeron esa estampa de paz en uno de los actos de crueldad animal más atroces y dolorosos de los que se tenga registro en la región.
Inocencia de un santuario efímero
El predio donde ocurrió la tragedia había sido acondicionado por su propietario, Alejandro Castillo, con la idea de ofrecer un refugio para animales domésticos y un punto de encuentro comunitario. Allí, lejos del maltrato y las jornadas extenuantes, los cerdos, caballos y asnos recibían alimento, sombra y cuidados diarios.
La llegada de Camarito —a quien algunos también llamaban cariñosamente Vernon— trajo consigo una alegría contagiosa.
Nació frágil, extremadamente delgado e inquieto, características que le valieron su apodo y que cautivaron de inmediato a los trabajadores del lugar y a los vecinos de las colonias y ejidos aledaños.
Durante sus breves siete días de vida, el pequeño asno no conoció el yugo ni el arado. Su única función era existir, correr entre la pastura y recibir las caricias de decenas de niños y niñas que diariamente acudían al predio, acompañados por sus padres, para conocerlo, alimentarlo y tomarse fotografías a su lado.
Para la infancia de La Partida, Camarito era una especie de mascota colectiva, un símbolo de inocencia en medio de la dura cotidianeidad periurbana.
El hallazgo que rompió el silencio
La mañana del domingo, el ritmo habitual del predio se quebró violentamente.
Abelardo Hernández Sánchez, tractorista y encargado del cuidado de los animales, recuerda en entrevista con MILENIO que acudió a primera hora para preparar la ración de comida de los marranos y los burros.
En un primer momento, al pasar cerca de donde descansaba la cría, creyó que el animalito simplemente dormía plácidamente sobre la tierra.
Sin embargo, un presentimiento amargo lo hizo regresar sobre sus pasos. Al acercarse, se encontró con una escena dantesca, difícil de asimilar y de borrar de la memoria: el cuerpo inerte de Camarito yacía bañado en sangre, decapitado.
La cabeza de la criatura no estaba por ningún lado; había sido cercenada con una saña desmedida y sustraída del lugar.
"Yo llegué, hice la comida para los animales y nunca me fijé bien para el lado donde estaba el burrito. Me quedé con la duda, me regresé y fue cuando miré los hechos. Luego, luego le marqué a mi patrón para decirle lo que había pasado. El domingo cumplió apenas una semana de haber nacido y yo me agüité profundamente", relata Abelardo con la voz quebrada por el llanto.
Abelardo, quien personalmente había asistido al parto del animal y bautizado al asno por su estampa inquieta, no pudo contener las lágrimas al recordar la fragilidad de la criatura.
"Sentí feo, muy feo, porque yo fui quien le dio la noticia a mi patrón de que ya teníamos un burrito nuevo en el predio. Que se haga justicia por lo sucedido, porque un animalito así siente, es como si fuera un humano, como uno de nosotros."
La sombra de la crueldad
La noticia de la decapitación de Camarito corrió como fuego en la pólvora por las calles de La Partida. Conforme avanzaba la mañana del domingo, varias niñas del ejido llegaron al predio con la ilusión de ver al pequeño asno, pero se encontraron con la terrible realidad y rompieron en llanto en la entrada del inmueble.
"El domingo, después de que pasó todo, vinieron varias niñas preguntando por él y se quedaron llorando aquí en la puerta cuando supieron lo que le habían hecho", lamenta Abelardo.
La atrocidad del ataque revivió, además, un clima de zozobra e indignación en la comunidad, pues apenas dos semanas atrás, en los alrededores del mismo predio, cinco perros aparecieron presuntamente envenenados.
La secuencia de eventos ha sembrado el temor de que un patrón de violencia extrema contra los animales esté operando en la zona sin ningún tipo de escrúpulo.
César González, otro de los trabajadores del lugar, reafirmó la vocación del sitio y la impotencia que embarga a todos los que cuidaban del asno: "El domingo temprano me habló mi jefe para que viniera porque le habían cortado la cabeza al burrito. Cuando llegué, efectivamente estaba el pobre animalito tirado.
"Era muy raro ver a un burrito así de chiquito hoy en día; la gente le tenía mucho cariño porque era muy simpático. Son animalitos indefensos que ya casi no se ven. Tenía apenas días, no tenía cómo defenderse de nada."
Mensajes de carbón
La llamada de emergencia al 911 movilizó a elementos de la Policía Municipal y a agentes de la Fiscalía General del Estado de Coahuila (FGEC), quienes acordonaron la escena e iniciaron las primeras diligencias.
El hilo conductor de las investigaciones apuntó rápidamente hacia una posible venganza laboral.
Dos días antes de la matanza del burrito, trabajadores del predio descubrieron a un exempleado —quien anteriormente se desempeñaba realizando labores con la pala— recargado sobre una de las bardas perimetrales.
Presuntamente, el sujeto se encontraba escribiendo con un pedazo de carbón un mensaje dirigido al propietario, Alejandro Castillo, en el que le exigía, con tono amenazante, el pago diferido de un día de trabajo.
Con la intención de finiquitar la deuda y evitar mayores fricciones, el encargado del predio acudió junto con patrullas policiales al domicilio del expescador de jornales.
Sin embargo, al percatarse de la llegada de los uniformados, el sospechoso emprendió la huida, brincando la barda trasera de su vivienda y atravesando los terrenos baldíos colindantes.
La persecución concluyó horas más tarde en la plaza principal de La Partida, donde los agentes lograron neutralizarlo y ponerlo a disposición de las autoridades correspondientes.
Pese a la detención y al intento de evasión, la Fiscalía enfatizó que el individuo permanece bajo investigación y aún no ha sido imputado formalmente como el autor material del ataque contra la criatura.
La exigencia de justicia
Hasta este miércoles, peritos y agentes ministeriales peinaron los matorrales, acequias y terrenos aledaños al predio con la esperanza de localizar la cabeza del animalito, elemento clave para la integración de la carpeta de investigación por el delito de maltrato y crueldad animal.
Sin embargo, hasta el momento, el resto del cuerpo de Camarito no ha aparecido.
Las leyes en el Estado de Coahuila han endurecido las penas contra la crueldad animal en los últimos años; sin embargo, para los habitantes de La Partida, la respuesta no solo debe ser legal, sino ejemplar.
La pérdida de Camarito ha dejado una herida profunda en una comunidad que vio cómo la crueldad más vil se ensañó contra la criatura más indefensa de su entorno.
"La persona se tuvo que meter al predio en la madrugada; el terreno tiene malla y seguridad, pero para la maldad nada es imposible", concluye César González, con la mirada fija en el suelo árido donde hace unos días corría el asno.
"La comunidad está profundamente indignada porque no se vale hacerle esto a un animalito indefenso. La Fiscalía vino, buscó alrededor para ver si encontraban la cabeza, pero no apareció. Queremos que se investigue a fondo y que quien haya sido pague por este acto. Camarito no le hacía daño a nadie; solo traía alegría a los niños."
Mientras el proceso judicial avanza en los tribunales de Torreón, en La Partida queda el silencio amargo en el corral, el recuerdo de las fotos sonrientes de los niños y la exigencia unánime de que la muerte de su pequeño habitante no quede sepultada en la impunidad.
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