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"Aquí es más fácil cambiar de religión que de equipo”: una bolería de Guadalajara lustra el orgullo por irle al Atlas

Con más de 50 años de tradición familiar, Julio Rafael Castillo mantiene vivo el oficio de bolero entre cepillos, betún y una pasión inquebrantable por el Atlas en Guadalajara.

En Guadalajara es cosa sabida: solo en el Centro se encuentran los lustradores de zapatos. No es fácil hallarlos en otros puntos de la ciudad; es raro encontrarse a un bolero que ande con su cajón deambulando y ofreciendo su oficio, casi en extinción. Pero, justo cuando uno cree que esa tradición se ha replegado al primer cuadro de la ciudad, hay una excepción que late con orgullo en el corazón de un barrio con alma.

En una bolería ubicada en el tradicional barrio de Santa Tere, el sonido de los cepillos y el aroma a betún y grasa para zapatos conviven con una pasión que se hereda de generación en generación: el amor por el Atlas.

Fotos y artículos alusivos al equipo rojinegro abundan por todos lados en la Bolería Santa Tere, ubicada sobre la calle Pedro Buzeta 418. Se trata de un local donde no solo se lustran zapatos; también se conserva intacta una tradición familiar de más de medio siglo, teñida de rojo y negro.

En el interior de esta bolería del barrio trabaja Julio Rafael Castillo, un joven de 25 años que creció entre cepillos, trapos y grasa para calzado. Proveniente de una familia que ha dedicado su vida al oficio de bolero, siguió de manera natural el camino trazado por sus antecesores.

La historia del negocio comenzó hace medio siglo, cuando su abuelo instaló la bolería en Santa Tere. Años después, su padre tomó la estafeta y hoy es Julio quien mantiene vivo el legado familiar.

“Este negocio tiene ya 50 años. Empezó mi abuelo, luego siguió mi papá y ahora estoy yo aquí, al pie del cañón”, relata mientras pule unos zapatos con la precisión y destreza que aprendió desde niño.

Para Julio, más que un trabajo, el oficio representa una tradición familiar que ha pasado de generación en generación y que sigue siendo parte de la identidad del emblemático barrio tapatío.

Un santuario rojinegro en el barrio

Pero lo que hace única a esta bolería no es únicamente su historia, sino el ambiente que la rodea. Las paredes están cubiertas de fotografías, banderas y recuerdos del Atlas. Para los Castillo, ser rojinegros no es una afición pasajera, sino parte de su identidad.

“El culpable fue mi papá. Él es el mero fanático del Atlas y toda la familia salió igual. Aquí es más fácil cambiarse de religión que de equipo”, bromea con entusiasmo Julio.

Durante décadas, la Bolería Santa Tere se ha convertido en punto de encuentro de vecinos, futboleros, turistas y personajes de todo tipo. Por sus sillas han pasado desde políticos y artistas hasta jugadores del Atlas, atraídos no solo por el brillo impecable del calzado, sino también por la conversación y el ambiente tradicional del barrio.

En tiempos en los que muchos oficios desaparecen, Julio asegura que todavía existe quien valora la elegancia de unos zapatos bien boleados.

“La imagen sigue importando. Unos zapatos limpios cambian cómo te sientes y cómo te ven”, afirma.

Y aunque la charla gira entre clientes, cepillos y anécdotas, inevitablemente siempre vuelve al Atlas. La familia Castillo sigue soñando con nuevas alegrías para el equipo rojinegro, ahora con los recientes cambios en la directiva del club.

Ya vivimos algo histórico con el bicampeonato. Ojalá vengan más títulos porque esta afición lo merece”, dice Julio mientras, de fondo, una vieja transmisión del Atlas suena en una pequeña radio colocada junto a los betunes.

Porque en la Bolería Santa Tere no solo se lustran zapatos. También se conserva viva la esencia de un barrio, el orgullo de una familia y la pasión interminable por los Zorros del Atlas.

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Julio Rafael Castillo, un joven de 25 años, mantiene una tradición viva heredada por su abuelo. | Foto: Roberto Hurtado

Un museo futbolero

Entrar a la Bolería Santa Tere es como cruzar el umbral de un museo improvisado, pero con vida propia. En sus paredes, llenas de souvenirs del Atlas de Guadalajara, hay historias de amor por el deporte que más aficionados tiene.

“La primera palabra de mi hermana fue ‘Atlas’, imagínate. Ya venimos con la sangre roja y conciencia negra; así es”.

La anécdota de su hermana no es una exageración. En esta familia, los Zorros no son solo un equipo de futbol, son una razón de ser. Cada mañana, antes de abrir la bolería, Julio revisa las noticias del Atlas. Cada tarde, mientras trabaja, escucha los partidos por radio. Y cada gol lo celebra como si fuera el primero, aunque sus clientes lo miren con una sonrisa cómplice.

Más de medio siglo de historias en los pies

Cincuenta años dan para muchas historias. Y la silla de la Bolería Santa Tere ha sido testigo de cientos de ellas. Julio asegura que el verdadero encanto de este oficio no está en el brillo de los zapatos, sino en las personas que se sientan frente a él.

“Sí, fíjate que este negocio tiene precisamente esa cualidad: conoces y tienes interacción con todo tipo de personas y personajes. Aquí han venido jugadores, políticos, artistas y gente de todos lados. Y como ya tenemos tanto tiempo, también eso es parte del encanto: que ya nos conocen hasta en el extranjero”.

En cinco décadas, la fama de esta bolería ha cruzado fronteras. Turistas, futbolistas retirados, cronistas deportivos y hasta algún político en campaña han ocupado esas sillas. Unos llegan buscando el mejor brillo de la ciudad. Otros, en busca de buena charla. Y muchos, simplemente, buscan un pedazo de la esencia del barrio de Santa Tere en Guadalajara.

Julio recuerda con especial cariño la visita de algún jugador del Atlas de años anteriores.

“Ese día no pude ni trabajar bien de los nervios —confiesa entre risas—. Pero luego me di cuenta de que ellos también son personas, que también necesitan alguien que les hable sin pedirles autógrafos”.

Aunque los tiempos cambian y las modas también, Julio se mantiene firme. Sabe que el teléfono celular y las redes sociales han transformado las costumbres, pero hay algo que, para él, nunca pasará de moda: la elegancia de unos zapatos bien boleados.

“La gente todavía valora llegar a una fiesta, a una entrevista de trabajo o a una reunión importante con los zapatos impecables. El dicho de ‘como te ven, te tratan’ todavía aplica, y mucho”, reflexiona mientras aplica la última capa de betún con movimientos precisos, heredados de su abuelo.

Con la paciencia de un artesano y la velocidad de quien ha hecho esto miles de veces, Julio devuelve el brillo no solo al calzado, sino también, un poco, a la autoestima de sus clientes. Porque, como él dice, “cuando te miras al espejo y ves unos zapatos que parecen nuevos, caminas diferente, más derecho”.

La esperanza rojinegra

Pero la conversación, inevitablemente, regresa al Atlas. Y en estos días hay un tema que emociona a toda la familia Castillo: el cambio en la directiva del equipo. Después de años de altibajos, los Zorros buscan un nuevo rumbo y los Castillo esperan que sea hacia más alegrías.

“Ya nos dieron una alegría enorme con el bicampeonato —dice Julio con los ojos brillosos—. Ahora queremos seguir festejando más títulos. Ojalá que con este cambio en la directiva les vaya bien a los Zorros. La afición lo merece”.

Porque esta familia no es de las que abandonan el barco en las malas. Al contrario. En la Bolería Santa Tere, el altar rojinegro se ha mantenido intacto incluso en los años de sequía. Cada derrota se sufre en silencio, pero cada victoria se celebra como si fuera un título.

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La fachada de la bolería delata el cariño y devoción que tienen por el club. | Foto: Roberto Hurtado

Santa Tere: el barrio que lo vio nacer

Para entender la historia de la familia Castillo, hay que entender también el barrio que la vio nacer: Santa Tere. Este tradicional barrio de Guadalajara, famoso por su tranquilidad, sus calles llenas de negocios tradicionales y su espíritu de vieja escuela, ha sido testigo de cómo el oficio de bolero pasó de ser una necesidad a convertirse en un símbolo de identidad.

En el barrio, las mañanas huelen a café recién hecho y a pan dulce. Las tardes se llenan de niños jugando. Y las esquinas guardan historias de décadas, como la de don Rafael, el abuelo que un día colocó una silla de madera y un cajón de herramientas en la calle Pedro Buzeta.

Santa Tere no es un barrio de lujos ni de grandes avenidas. Es un barrio de tradiciones. De oficios que se heredan. De equipos que se llevan en la sangre. De familias que, como los Castillo, saben que el verdadero orgullo no está en lo que se tiene, sino en lo que se construye día a día, con esfuerzo y amor.

Julio Rafael Castillo no sabe si su hijo, cuando llegue el momento, querrá continuar con el oficio. Pero algo tiene claro: la bolería seguirá abierta mientras él pueda sostener un cepillo. Porque esta no es solo una fuente de ingresos. Es su historia. Es la historia de su abuelo. Es la historia de su papá. Y es un pedazo de la historia del Atlas.

“Este negocio nos ha dado todo —dice, con la mirada perdida en alguna fotografía antigua colgada en la pared—. Nos ha dado para comer, nos ha dado amigos, nos ha dado historias. Y, sobre todo, nos ha dado el privilegio de seguir siendo rojinegros aquí, en la esquina, pase lo que pase”.

Porque en la Bolería Santa Tere, además de zapatos, se pule el orgullo de un barrio. Se hereda la pasión de una familia. Y se mantiene vivo, con cada cepillada, el amor por un equipo que late muy fuerte en el corazón de Guadalajara.

AH

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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