Espectáculos
  • Adiós a Dolly Parton, deslumbrante y exuberante

  • The New York Times
  • Cantante de country, compositora, artista y empresaria cuya historia de pobreza a riqueza, carisma desbordante y prodigiosa visión la situaron en una categoría aparte, murió ayer en Nashville a los 80 años.
Dolly Parton en 1975, su música abordaba la privación y la pérdida, al tiempo que irradiaba posibilidades y esperanza. |Foto: Jack Manning/ NYT
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De todos los aforismos pronunciados por Dolly Parton —la “brillante diosa del country de Tennessee”, como la llamó Andy Warhol—, quien falleció el martes en Nashville, tal vez el más revelador fue una frase que dijo como parte de una lista de las diez cosas que más le molestan en el programa de David Letterman en 1995.

Una de las cosas que más le irritaba —comentó Parton con gracia, de pie en un balcón de su parque de atracciones Dollywood, luciendo un top negro y dorado con una abertura en el pecho que realzaba su escote, el cabello cardado formando un halo platino y una amplia sonrisa en el rostro— eran “los contadores que no entienden cuánto cuesta hacerme parecer tan barata”.

De hecho, nadie entendía mejor que la propia Dolly Parton lo que hacía falta para lucir como ella, ni reflexionaba más sobre lo que aquello significaba y cómo la ropa podía dotar de carácter a una voz.

Puede que sólo midiera un metro cincuenta de estatura, pero se agigantó hasta adquirir una dimensión extraordinaria. Al hacerlo, desafió toda clase de estereotipos sobre la mujer, la apariencia y la sustancia, valiéndose de un guiño cómplice, una buena dosis de ironía autoconsciente y la negativa a pedir disculpas por lo que deseaba.

Desde el momento en que firmó su primer contrato discográfico con Monument Records en 1965, estuvo inventando no sólo su sonido, sino también su yo público: una tonta de caricatura con una peluca platino gigante, tacones de seis pulgadas, un sostén push-up y pedrería a quien más tarde bautizó (en una canción) como “Barbie Backwoods”.

Ese estilo característico nunca flaqueó. En el momento de su muerte, según se informa, Parton tenía más de 350 pelucas (una para casi todos los días del año), más de 2 mil pares de zapatos y un archivo de más de 15 mil metros cuadrados de deslumbrantes trajes escénicos. De hecho, tenía tantos conjuntos que escribió un libro completo sobre ellos. Ese libro, “Behind the Seams: My Life in Rhinestones”, era una especie de autobiografía en ropa que acompañaba a “Dolly Parton, Songteller: My Life in Lyrics”, su autobiografía en forma de canción. Para ella, eran dos caras de una misma historia.

Dolly Parton en 1975, su música abordaba la privación y la pérdida, al tiempo que irradiaba posibilidades y esperanza. |Foto: Jack Manning/ NYT
Dolly Parton en 1975, su música abordaba la privación y la pérdida, al tiempo que irradiaba posibilidades y esperanza. | Foto: Jack Manning/ NYT

Director


Estilo e inspiración

No sólo había inspirado a sus seguidores —que asistían a convenciones de dobles de Dolly, como el Rhinestone Fest y el Dolly Day, ataviados con su característico estilo—, sino también a artistas como Miley Cyrus, Kacey Musgraves y Carrie Underwood, quienes atravesaron sus propias etapas de “vaquera con pedrería”.

Por no hablar de Emma Grede y Khloé Kardashian, de la marca Good American, que colaboraron con Parton en una colección de ropa y prendas vaqueras llamada “Joleans” (un juego de palabras al estilo de Dolly, que hace referencia a una de sus canciones más icónicas, “Jolene”).

Hoy en día, esa forma tan singular de construir una imagen parece un enfoque habitual para artistas de cualquier género, pero Parton lo hizo antes de la era de los estilistas y los contratos de patrocinio. Y a menudo lo hizo enfrentándose a críticas directas: las de su abuelo predicador, escandalizado cuando ella era niña; las de los padres de sus compañeros de escuela, que la consideraban una “mala influencia” —tal como escribió en su libro—; y las de los ejecutivos de su discográfica, quienes creían que no se la tomaría en serio porque —según parafraseó ella más tarde— le decían: “Pareces más una prostituta que una cantante”.

Lo que ellos ignoraban era que ella sabía exactamente lo que hacía: recurrir a clichés profundamente arraigados en el imaginario colectivo y, al mismo tiempo, desafiarlos. No sólo iba a superar a todos en trabajo y capacidad vocal, sino también en brillantez y espectacularidad, subvirtiendo así las mismas expectativas que ella misma estaba generando.

“Nunca dejes un diamante de imitación sin descubrir”, le dijo a Warhol en una conversación para ‘Interview’, que la revista republicó en 2014. Cada destello era un recordatorio de los peligros que conlleva subestimar o estereotipar por la apariencia.

O, como cantaba: “No me juzgues por la portada, porque soy un libro de verdad”.

Claro, su inspiración estilística pudo haber sido la golfa pueblerina, con “sus faldas ajustadas, sus zapatos de tacón alto, sus uñas y pintalabios rojos y su pelo rubio platino” (o eso escribió en su libro de moda). Pero permaneció casada con el mismo hombre toda su vida

Es cierto que su ropa era un tanto llamativa, pero como demostró “Coat of Many Colors”, su canción sobre un abrigo hecho con retazos que su madre le cosió de niña, hay resonancia en los colores vibrantes.

El abrigo multicolor acabó siendo nombrado una de las tres prendas de vestir más famosas en las canciones de American Songwriter, junto con la boina frambuesa de Prince y los zapatos de gamuza azul de Elvis.

Es cierto que su pelo era —como ella misma dijo en el programa de Letterman— tan artificial que suponía “un riesgo de incendio”, pero también resultaba práctico. Las pelucas le permitían, según Parton, evitar la decoloración y la monserga que habría requerido peinar su propio cabello (y que podrían haberlo arruinado), al tiempo que garantizaban que “nunca tuviera un mal día de pelo”.

Y sí, podría haberse “conformado con menos”, tal como le dijo a Barbara Walters en aquella entrevista de 1982. Pero ¿por qué iba a hacerlo? “A mí me gusta más”, afirmó.

Entre sus colaboradores en esa búsqueda figuraron Lucy Adams, quien confeccionó los jumpsuits acampanados adornados con cristales que lucía en las portadas de sus álbumes de las décadas de 1960 y 1970; Bob Mackie, creador del atuendo aún más deslumbrante para el especial televisivo de 1979 ‘Dolly and Carol in Nashville’; Tony Chase (también favorito de Gloria Gaynor); Ann Roth, diseñadora de vestuario de ‘9 to 5’, su primera película; y el diseñador Steve Summers, quien comenzó a trabajar con Parton en 1991 y pasó tres décadas como su director creativo en el taller de Dollywood.

"Dolly creó la imagen —declaró él en 2023—. Ella estableció todas las reglas básicas. Yo simplemente las seguí".

Esas reglas, según ella, siempre partían de la premisa de prendas “muy ajustadas y muy brillantes”, ya fuera en su etapa de mariposas, brillos y tonos pastel; en su época de vaquera con flecos y pedrería; o en su encarnación como diosa de Las Vegas.

“Nunca me importó lo que hicieran los demás ni lo que dijeran sobre mi forma de vestir —declaró Parton a ‘Vogue’ cuando se publicó su libro sobre moda—. Para mí era más importante sentirme cómoda con mi ropa y conmigo misma”.

Puede que el resto del mundo persiguiera el grunge, el minimalismo, el afán de provocar o los contratos con marcas, pero ella nunca se apartó de la estética que tanto la había deslumbrado en su infancia. Aunque llegó a bromear diciendo: “No soy un ícono de la moda, soy un atentado visual”, lo cierto es que resultó inolvidable.

​CQ

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Vanessa Friedman
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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