Mientras cientos de mujeres vestían de morado las calles de la Ciudad de México en la marcha del 8 de marzo, Evangelina Barrera respiraba con un tanque de oxígeno a 5.40 metros de profundidad en la fosa de clavados de la alberca olímpica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Evangelina, Nina, de 32 años, lleva una década buceando. Actualmente, es monitora de un curso básico de buceo impartido a todo público en Ciudad Universitaria. Hoy, cerca del 70 u 80 por ciento de sus alumnos son hombres.
MILENIO entrevistó a Nina, quien ha vivido de cerca cómo el acceso de las mujeres al deporte sigue siendo menor; incluso cuando logran entrar, las condiciones cambian. Permanecer implica enfrentar dinámicas y formas de desigualdad que atraviesan la manera en que se entrena y se ocupa el espacio en el deporte. Los datos son claros.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), 63.2 por ciento de las mujeres de 18 años y más no realiza actividad física; en el caso de los hombres, en cambio, la cifra baja a 54 por ciento. La brecha empieza antes de siquiera intentarlo: 21.6 por ciento de las mujeres nunca ha practicado algún deporte, contra el 15.9 de los hombres.
No se trata de falta de interés, sino de condiciones que siguen siendo desiguales desde el inicio. El tiempo disponible, la seguridad en los espacios públicos, pero también la forma en que están construidos los propios entornos deportivos influyen en que muchas mujeres no entren o no permanezcan. Son espacios que, en muchos casos, no están pensados para ellas, ni en lo material ni en lo simbólico.
Esa diferencia se vuelve más evidente conforme se avanza de nivel: cuando dejan de ser principiantes, cuando ya no están en una etapa de acompañamiento y tienen que sostenerse por sí mismas. Ahí es donde la brecha se profundiza porque el problema no es únicamente acceder, sino todo lo que implica mantenerse dentro.
Nina empezó en clases de buceo como las que ella misma imparte. Ahí todo está diseñado para que te guste el deporte, te enganches y te quedes. Sin embargo, mientras más te especializas, en el caso de las mujeres, “se vuelve un poco distinto tanto el acceso como el trato”.
Sobre esta realidad, Enrique Hernández Alcázar escribió para DOMINGA, hace unas semanas, de cómo las mujeres en el deporte se enfrentan a desafíos desiguales: protocolos no pensados en los cuerpos femeninos, salarios y contratos frágiles para ellas, los mismos entrenamientos que se diseñaron para los hombres y más, a raíz del caso de la futbolista Claudia Cid.
Las mujeres tienen que competir o desaparecer en el deporte
Conozco a Michelle, quien va empezando en jiu-jitsu. Tiene 23 años, estudia Comunicación y entrenó también muay thai, dos disciplinas de artes marciales marcadas por el contacto físico y, sobre todo, una presencia masculina dominante.
El jiu-jitsu es un arte marcial basado en la fuerza y el impulso del oponente en su contra. Ha sido históricamente practicado por hombres, tanto por su desarrollo en espacios donde ellos predominan como por la idea persistente de que la fuerza y el dominio físico son cualidades naturalmente masculinas. Sin embargo, su experiencia no ha sido violenta, al menos no de forma evidente.
“Estoy en una academia donde hay mucho respeto. Todos saben que no deberían hacer algo para incomodar a nadie”.
En el deporte, el cuerpo del otro es herramienta. Michelle describe cómo hay golpes medidos y contenidos, como si hubiera un acuerdo implícito de cuidado. La sensación de que su cuerpo es transformado en una excepción o una caja que dice FRÁGIL en letras mayúsculas.
“Me cuesta agarrar pareja”, dice.
“Cuando son ejercicios de dos personas, nunca me escogen primero. Esperan a ver si consiguen a un hombre… y si no, ya se van conmigo”.
Esa lógica va más allá y se entrelaza en la forma en la que las mujeres se posicionan dentro del espacio.
“He visto mujeres muy agresivas… como que nace de la necesidad de probar algo”, dice Michelle.
Probar que pertenecen a un espacio donde de entrada no son vistas como iguales, demostrar que no son un jarrón de vidrio que se tiene que cuidar. Si constantemente eres leída como la opción que nadie elige primero, el cuerpo termina respondiendo. Se endurece y se defiende antes de tiempo. Y nace de la falta de reconocimiento, no del exceso de confianza.
En el buceo, Nina observa el otro lado de la moneda. “También creo que nos enfrentamos a esta cuestión impuesta por el mandato masculino de que hay que competir: a ver quién ha bajado más metros, a ver quién bucea mejor”, dice.
“Es una lógica muy patriarcal de tener que demostrar todo el tiempo que eres el líder”.
Ahí, la necesidad de probar se vive desde el exceso, desde la urgencia de imponerse. Y en un deporte como el buceo, en el cual cada decisión tiene consecuencias físicas inmediatas, ese patrón se vuelve peligroso.
“Frente a esas dinámicas, nos colocan en riesgo”, dice Nina.
“En riesgo de que otro tome el liderazgo y ponga en peligro tu vida, o de no asumir tú el mandato de tus propias decisiones”.
De acuerdo con DAN Annual Diving Report, son los hombres quienes más aparecen en las estadísticas con problemas de salud, precisamente por asumir más riesgos y confiarse de más.
Una investigación con más de dos mil buzos de ambos sexos encontró que la tasa de enfermedad por descompresión en hombres es hasta 2.6 veces mayor que en mujeres, incluso considerando niveles de experiencia similares.
Las mujeres, en cambio, suelen apegarse más a los protocolos y a los tiempos. Mientras ellas han sido entrenadas para dudar, ellos han sido entrenados para no hacerlo.
Hacer del deporte un espacio propio
Michelle entrena y algo cambia. Su cuerpo hizo metamorfosis, de un tarrón a barro listo para convertirse en lo que sea.
“Me gusta poder sentirme fuerte, sentir que en algún punto me voy a poder defender”. Es otra forma de habitar su cuerpo, una más segura, más firme, más libre.
Nina lo encuentra bajo el agua, cuando el ruido desaparece y su respiración marca el ritmo. “Te sientes como un astronauta”, dice. Flotar y quedarse en calma donde todo empuja a lo contrario.
A lo largo de diez años encontró una relación distinta con el miedo y con el cuerpo. Y más recientemente, en la danza aérea entendió que no hacía falta encajar en un molde ajeno para desarrollar fuerza. Que el cuerpo de la mujer no es débil, ha sido entrenado bajo otras reglas. Cambiar el entrenamiento cambió el resultado.
Para estas dos jóvenes mexicanas, el deporte pasó de ser un espacio de validación constante a un espacio propio. Pero para que eso ocurra para todas, no basta con que más mujeres entren a hacer deporte, que las cifras crezcan o la presencia aumente en los niveles básicos.
Mientras las condiciones sigan marcadas por dinámicas que las colocan en desventaja, desde cómo se enseña, hasta quién lidera, quién decide y quién es escuchada. El problema no es el acceso, es la permanencia. Y quedarse, actualmente, sigue siendo una forma de resistencia.
MD
