Hay pérdidas que no tienen palabra. El idioma —que presume nombrarlo todo— no ha sido capaz de inventar un término para los padres que entierran a un hijo. Quizá porque hay dolores que no deben encapsularse en una definición. Quizá porque nombrarlos sería aceptar que son normales. Y no, no lo son.
Camilo Villegas vive con ese vacío. No lo presume. No lo usa. Lo habita.
Cuando habla de lo que aún lo mueve, su voz no suena ambiciosa. Suena humana. Como quien aprendió que seguir avanzando no siempre es sinónimo de ganar, sino de no quedarse quieto en el dolor.
“Para sentirse vivo hay que seguirse moviendo. Hay que seguir teniendo metas, sueños, un propósito cada día que te despiertas.”
Moverse no es huir. Moverse es resistir.
Camilo ha ganado cinco veces en el PGA Tour. Ha escuchado su nombre coreado, ha sentido la adrenalina del triunfo. Pero el tiempo y la vida le enseñaron algo que ningún trofeo explica:
“Ganar es increíble, pero cada que ganas una estás pensando en la que sigue. Sigues soñando, sigues entrenando, sigues dando todo de ti.”
Y luego, con la claridad de quien ya fue quebrado y volvió a armarse: “Todos tenemos límites… pero también hay que entender que siempre te puedes empujar para ir más allá.”
Hoy compite con jóvenes que no conocen el miedo.
Él compite con algo más complejo: la memoria, la ausencia, el paso del tiempo. Y aun así se levanta, entrena, viaja, juega. Porque detenerse sería aceptar que el dolor ganó.
La vida lo fue cambiando. El Camilo que salió de Medellín, el universitario, el que representaba a Colombia con la ligereza de quien aún no ha sido golpeado por lo irreparable, ya no existe del todo. Pero algo esencial permanece.
“Las prioridades cambian. Hoy tenemos familia, hijos, responsabilidades.”
Y aun así: “Sigo siendo ese mismo Camilo que quiere jugar buen golf, representar a su país y ser un buen padre.” Entonces llega la verdad más dura. La que no se aprende con victorias: “El dolor enseña más que las victorias.”
Cuando se apagan las luces y el escenario queda vacío, no quedan los aplausos. Queda lo invisible: “El esfuerzo, la dedicación, los sueños cumplidos… y quizá una imagen para los demás, para inspirarlos a trabajar por sus sueños.”
Hoy, lo que lo inspira ya no está en el green. “Mi familia es lo número uno. Nuestra fundación, Mia’s Miracles.”
Todo empezó con algo casi imperceptible, como suelen empezar las tragedias que nadie imagina. Mía dejó de moverse como antes, lloraba distinto, ya no trepaba con la misma alegría. Camilo y María (su esposa) hicieron lo que hacen todos los padres: correr al médico pensaron que sería algo pasajero, una molestia común, una etapa. Pero el cuerpo de Mía estaba diciendo otra cosa.
Cuando llegó el diagnóstico —tumores agresivos en el cerebro y la columna— el tiempo se detuvo. El mundo se volvió hospital, pasillos fríos, máquinas encendidas y esa sensación insoportable de mirar a tu hija tan pequeña y saber que la vida le estaba pidiendo demasiado, demasiado pronto.
Mía peleó como pelean los niños: sin entender del todo, pero sin rendirse. Solo tenia 22 meses de nacida y estaba rodeada de tratamientos y días interminables, ella seguía siendo niña; quería jugar, sonreír, aferrarse a la vida con la pureza de quien no conoce el miedo, pero sí el amor.
Camilo la vio luchar con un coraje silencioso, de esos que no aparecen en ningún parte médico. La sostuvo, la acompañó, la amó en cada segundo. Y cuando su cuerpo ya no pudo más, Mía se fue dejando un vacío imposible de nombrar y también una presencia que no se ha ido jamás.
Desde entonces, Mía no está en este plano. Pero el cielo es inmenso. Tan grande que alcanza para cubrirlo todo. Tan grande que siempre está sobre Camilo, acompañándolo en cada paso, en cada viaje, en cada green, en cada causa que abraza. Porque hay hijas que no se quedan en los brazos, pero se quedan en el alma. Y hay amores que no terminan con la muerte: se vuelven propósito, se vuelven luz, se vuelven cielo.
El golf —dice— quedó en un tercer plano. Paradójicamente, es lo que más tiempo le exige. Pero también es el vehículo que le permite sostener todo lo demás.
Mia’s Miracles nació sin manual. Nació del golpe más cruel que puede recibir una familia. Y aun así, se convirtió en refugio para otros.
“Nunca pensamos que íbamos a hacerlo así, ni que íbamos a recibir tanto apoyo.” No habla desde el heroísmo. Habla desde la aceptación.
“Hemos logrado voltear una experiencia difícil en algo bonito.” Y entonces, la pregunta que pesa toneladas. ¿Dónde está Mía hoy, en su corazón? Camilo no esquiva. No endulza.
“Es una prueba de aceptación grande. El dolor nunca se va. La ausencia física siempre estará.” Hace una pausa. Y deja caer la frase que sostiene todo: “Pero Mía está presente con nosotros.”
No como recuerdo es presencia constante.
Cada año, en el mundo, alrededor de 400 mil niñas y niños reciben un diagnóstico de cáncer. No son números: son cunas que se vacían, juguetes que quedan quietos, padres que aprenden palabras médicas que nunca quisieron conocer. De ellos, más de 100 mil mueren cada año, muchas veces en silencio, muchas veces sin los tratamientos adecuados, muchas veces demasiado pronto. El cáncer infantil sigue siendo una de las principales causas de muerte por enfermedad en la infancia, especialmente en los países donde nacer ya es una desventaja.
La desigualdad también enferma. Mientras que en los países con sistemas de salud sólidos más del 80 por ciento de los niños logra sobrevivir, en regiones de ingresos bajos y medianos menos del 30 por ciento lo consigue. No porque sus cuerpos sean más frágiles, sino porque el diagnóstico llega tarde, los tratamientos no alcanzan o el abandono es forzado por la pobreza. En México, por ejemplo, más de dos mil niños mueren cada año a causa del cáncer, una cifra que no debería normalizarse nunca. Cada uno de ellos tenía nombre, historia, sueños en construcción.
Por eso Mía importa. Por eso su nombre no es solo recuerdo. Es símbolo de una realidad que atraviesa a millones de familias y de una urgencia que no admite discursos vacíos. Mía es una entre miles, sí, pero también es la razón por la que Camilo Villegas decidió que el dolor no se quedaría encerrado en casa. Que su hija no sería solo una ausencia, sino una presencia que ayudara a otros niños a quedarse, a vivir, a tener una oportunidad más. Porque cuando un niño muere de cáncer, el mundo pierde algo irreparable. Y cuando uno sobrevive, gracias al amor y a la acción de otros, el cielo, por un momento, se siente un poco más justo.
Mía no está en este plano, pero el cielo es inmenso. Y siempre está cubriendo a su papá.
Este 15 de febrero, Día Internacional del Cáncer Infantil, la historia de Camilo Villegas no es la de un campeón. Es la de un padre que aprendió a caminar con el alma rota sin dejar de amar. Que entendió que hay ausencias que duelen para siempre, pero también amores que no se van jamás.
MGC