Lauren Olivares habla despacio. No porque dude, sino porque piensa. Y cuando piensa, parece volver siempre al mismo lugar: un campo de golf en Celaya, Guanajuato y una niña que aprendía a estar sola sin sentirse abandonada.
Tenía cuatro años. No lo recuerda como un inicio deportivo, sino como una rutina.
“Literalmente vivía en el campo de golf. A mi mamá se le hacía más fácil dejarme ahí e irse a trabajar”.
No hay reproche. No hay dramatismo. Hay una calma extraña cuando lo dice, como si ese espacio hubiera sido un refugio antes de ser un escenario.
Lauren quería ballet. Eso lo dice casi con una sonrisa pequeña, de esas que no piden explicación. “Yo quería ballet… eso sí me acuerdo”.
Pero la vida la dejó ahí.
Y el golf, poco a poco, se quedó con ella.
Aprender a estar sola
Cuando Lauren habla de su infancia, vuelve siempre a una palabra: sola. No como herida. Como elección. “Me gustaba salirme sola a jugar. Me gusta mucho estar sola” sentenció en la entrevista exclusiva para Grupo Multimedios.
Hay personas que se pierden en el silencio. Lauren se ordenó ahí. “La tranquilidad del campo, el sonido, la naturaleza… todo eso me atrapó”. Ese silencio no la aisló del mundo. La preparó para él.
Mientras crecía, el golf empezó a pedirle más: disciplina, constancia, renuncias. Pero el vínculo seguía siendo íntimo. Casi secreto.
Cuando el mundo se vuelve grande
Durante mucho tiempo, Lauren no imaginó otro país. Estados Unidos no era un objetivo; era una posibilidad lejana. “La verdad no sabía que podía conseguir una scholarship allá”.
Nada estaba planeado como una carrera perfecta. Todo fue apareciendo.
“Fue un trabajo en equipo. Mis papás, la Federación… no fue algo que hiciera sola”.
Llegar a North Carolina State fue dejar atrás lo conocido: el idioma, la cercanía, la certeza.
Y aun así, Lauren volvió a hacer lo mismo que hacía de niña: encontrar calma dentro del ruido.
El día que no pensó
Hay un momento que recuerda con especial claridad. No por el récord, sino por cómo se sintió. “Entré en flow state”.
No estaba calculando. No estaba apretando.
“No sabía mi score. Solo estaba jugando y divirtiéndome”.
Como antes. Como siempre.
“Al final mi coach me abrazó y yo no entendía qué pasaba”.
Sesenta golpes. Historia escrita sin intención. El cuerpo recordando algo que la mente todavía no entendía.
Lauren se ve cómoda consigo misma. No está rígida ni impostada. Sonríe con naturalidad, una sonrisa abierta pero contenida, de alguien que acaba de terminar su trabajo y está tranquila con el resultado. No hay dureza, hay equilibrio.
No es una jugadora tensa ni obsesionada; parece una golfista concentrada, metódica y serena, alguien que compite sin perder la calma. Los hombros bajos, la mirada clara. Una mujer joven segura, no estridente, que no necesita alzar la voz para afirmar quién es. Lauren transmite confianza tranquila, de esa que no se presume: simplemente se nota.
Augusta y el golpe que se queda
Augusta no es solo un campo. Es una conversación interna que no se puede fingir. Lauren se quedó a un golpe del corte. Un golpe.
Ese tipo de golpes no se gritan. Se guardan.
Y a veces pesan más que una victoria.
Cuando se describe, Lauren no se romantiza.
“Soy muy consistente y muy terca”.
Lo dice sin orgullo excesivo, como quien ya se conoce. “Hasta que no me sale algo, no me voy”.
Y añade algo que suena a cuidado propio:
“Soy muy organizada con mi plan”.
No habla de sacrificarse. Habla de sostenerse.
El dinero y la verdad
Lauren no endulza el camino.
“El golf sí es caro”.
Viajes, renta, vivir lejos, pagar todo.
Pero hay algo que dice casi con alivio:
“En el camino te encuentras personas muy buenas que te ayudan”. No milagros. Personas.
Lauren habla de ese salto —del college al profesionalismo— como quien se quita una red de seguridad sin dramatizarlo. Ya no hay coach marcando horarios ni rutas predefinidas; ahora manda ella. “Eres tu propia CEO”.
En esa frase cabe todo: la soledad de decidir, la responsabilidad de elegir equipo, aprender a ordenar el tiempo y, sobre todo, la energía.
No idealiza el proceso. Entiende que practicar por practicar no basta, que pegar mil bolas sin estructura es una forma elegante de perderse. En apenas cinco meses fuera del sistema universitario, ha aprendido a planear, a filtrar, a rodearse mejor. No suena abrumada. Suena consciente.
XUNTAS, un gran apoyo
Cuando habla de XUNTAS, todo se vuelve más personal. Lauren se mira a sí misma de niña —esa de 10 o 12 años— y admite que le hubiera cambiado la historia tener un programa así: a la gente correcta cerca, apoyo real, herramientas de primer nivel.
No lo dice desde la gratitud obligada, sino desde la convicción. XUNTAS, asegura, tiene “lo mejor de lo mejor”, y formar parte de ello es un privilegio.
Pero hay algo más profundo. Lauren entiende que no se trata solo de su camino, sino del que viene detrás. Habla de impulsar a otras niñas, de abrirles paso, de demostrarles que sí se puede. No como discurso bonito, sino como responsabilidad asumida.
Ahí deja de hablar solo de golf.
Empieza a hablar de legado.
Lorena como espejo, no como mito
Cuando habla de Lorena Ochoa, su voz cambia.
“Es una inspiración”. No solo por lo que ganó.
“Por lo que ha hecho por el golf en México, por los niños”.
Lauren no sueña con llegar sola. “Cuando llegue a las grandes ligas también me gustaría hacer algo como Lorena, apoyar a los las generaciones y apoyar al golf mexicano que crezca más”. Como si cerrar el círculo fuera tan importante como abrirlo.
Lauren Olivares tiene poco más de 21 años. Una decisión grande enfrente. Otro salto. Otro inicio. Pero hay algo que no ha cambiado desde que era una niña en Celaya.
Sabe estar sola sin sentirse vacía. Sabe escucharse cuando todo afuera hace ruido. Y quizá por eso, cada vez que se para frente a la pelota, no parece buscar aprobación.
Parece volver al único lugar que siempre ha sido suyo.
El silencio.
SLJ