El ex basquetbolista nayarita Gustavo Ayón, que durante años fue uno de los referentes del baloncesto mexicano y que jugó en la NBA y en Europa con el Real Madrid Baloncesto, hoy construye una carrera en un terreno completamente distinto, uno donde no hay árbitros, los tiempos no son claros y las reglas cambian constantemente: la política.
Su incursión no empezó directamente con la gubernatura. Antes fue presidente municipal de Compostela, donde comenzó su aprendizaje político. Porque si algo descubren todos los deportistas que entran a la política es que la disciplina deportiva sirve, pero no es suficiente. La política requiere negociación, paciencia, alianzas y estructura.
Hoy, su nombre aparece en el escenario político de Nayarit rumbo a la gubernatura, en un estado que actualmente gobierna Miguel Ángel Navarro Quintero y donde también figuran perfiles políticos como Geraldine Ponce, lo que anticipa una elección que no se definirá solo por popularidad, sino por estructuras políticas, operación territorial y alianzas.
Ahí está el verdadero reto de Ayón. Porque en política hay una diferencia enorme entre ser conocido y tener poder político. La popularidad sirve para iniciar una campaña, pero las elecciones, sobre todo las estatales, se ganan con estructura territorial, operadores políticos, representantes de casilla y movilización electoral.
Ese es el partido que va a jugar el ex basquetbolista. Su historia personal funciona políticamente: origen humilde, carrera internacional, disciplina deportiva, regreso a su estado y entrada a la política local. Es una narrativa que conecta con la gente porque representa esfuerzo y meritocracia. Pero la política no siempre premia las historias personales; muchas veces premia las estructuras de poder.
En el mundo ha habido varios deportistas que entraron a la política. Algunos lograron carreras importantes, como George Weah, que pasó de ser futbolista a presidente de su país. Otros se quedaron en el camino porque descubrieron que la política es un juego mucho más complejo que el deporte.
El caso de Gustavo Ayón todavía se está escribiendo. Su candidatura representa algo interesante en la política local: un perfil ciudadano con historia deportiva intentando competir contra estructuras políticas tradicionales.
La elección que viene en Nayarit no será una elección de fama ni de aplausos. Será una elección de operación política, alianzas y estructura territorial y probablemente el partido más difícil en la vida de Gustavo Ayón no fue en la NBA, ni en Europa, ni con la selección mexicana. Probablemente el partido más difícil de su vida será una elección.
Del aplauso a las urnas: cuando los deportistas cambian la cancha por la política.
Hay algo que casi nadie le dice a los deportistas cuando se retiran: la fama tiene fecha de caducidad.
El aplauso se apaga, los reflectores buscan nuevas caras y el teléfono deja de sonar con la misma frecuencia. Y entonces aparece una pregunta incómoda, casi existencial: ¿qué hago ahora con todo lo que fui?
Algunos se vuelven entrenadores, otros empresarios, comentaristas. Y algunos —los que todavía necesitan competir— se meten a la política. Que es, probablemente, el deporte más rudo de todos.
Los partidos no buscan deportistas por casualidad.
Los partidos políticos no reclutan deportistas por amor al deporte. Los buscan porque traen algo que cuesta millones construir en campaña: credibilidad emocional.
La gente quizá no confía en los políticos, pero sí confía en alguien que vio entrenar, perder, levantarse y ganar. El deportista ya tiene historia, narrativa, disciplina, reconocimiento. Es una marca ya posicionada.
El problema viene después. Porque ser famoso no es lo mismo que tener poder.
Weah, el mayor ejemplo.
Siempre que se habla de deportistas en política aparece el nombre de George Weah. Balón de Oro, estrella mundial, presidente de Liberia.
Lo que casi nunca cuentan completo es que perdió primero. Perdió la elección presidencial, lo subestimaron, lo llamaron improvisado. Entonces hizo lo que hacen los políticos de verdad: construir estructura, alianzas, base política. Años después volvió a competir y ganó.
No ganó por futbolista. Ganó porque aprendió política.
La fama no siempre alcanza.
Ahí está también el filipino Manny Pacquiao. Ídolo nacional, campeón mundial, diputado, senador, uno de los hombres más queridos de Filipinas. Cuando buscó la presidencia, perdió.
En México pasó algo similar con Adolfo Ríos. Tenía buena imagen, reconocimiento, respeto público. No ganó.
La historia se repite en muchos países: la popularidad sirve para empezar una campaña, pero no para ganar una elección.
El choque de mundos.
El problema de fondo es que el deporte y la política funcionan con lógicas completamente distintas.
Un deportista está acostumbrado a que si entrena más, juega mejor y anota más, gana. En la política puedes hacer todo bien y perder igual. Porque no compites contra un rival. Compites contra un sistema completo.
La maquinaria contra la historia
Casi todos los deportistas que entran a la política pasan por el mismo proceso:
Primero llega la emoción mediática: entrevistas, portadas, la narrativa del ídolo que quiere ayudar a su gente.
Luego empieza la campaña y la popularidad funciona.
Después aparecen los operadores políticos, las estructuras territoriales, los liderazgos locales, los acuerdos.
Y ahí es donde muchos deportistas descubren que la política no es una elección, es una operación.
Las elecciones no se ganan en redes sociales.
Se ganan en colonias, en secciones electorales, en estructuras, en movilización el día de la votación. Y eso no se aprende en un vestidor.
Los deportistas que logran hacer carrera política tienen algo en común: entienden que tienen que dejar de ser deportistas para convertirse en políticos.
Aprenden a negociar, a esperar, a perder, a construir poder, no aplausos. Los que no entienden eso, desaparecen después de una elección. El que sí entiende llega a la presidencia.
El gran error de muchos deportistas es creer que la política es otra competencia. En el deporte ganas cuando eres el mejor, en la política ganas cuando entiendes cómo funciona el poder. Y el poder no siempre es visible, no siempre es justo y casi nunca es romántico.
Después de ver casos en México, África, Asia y América Latina, la conclusión es dura pero real: Los deportistas entran a la política con ventaja.
La gente los conoce, los respeta, los escucha.
Pero esa ventaja dura muy poco. Porque en la política no gana el más famoso, no gana el más querido, no gana el que más aplausos recibe. En la política gana el que entiende el juego del poder.
MGC