Cultura

Sebastián Dante: de interpretar a Vicente Fernández a preservar el legado cultural de su abuelo en Casa Platónica

El actor de Accidente nos abre las puertas de Casa Platónica, el colectivo cultural de Coyoacán que heredó de su abuelo y que hoy defiende como el proyecto más honesto de su carrera.

Hay cosas que no se planean. 

Sebastián Dante lleva la mitad de su vida frente a cámaras y escenarios: se formó en la Escuela Nacional de Arte Teatral del INBA, interpretó al joven Vicente Fernández en El Rey para Netflix y ha construido una carrera que transita con naturalidad entre el teatro, la televisión y las plataformas digitales.

Pero hoy no está aquí para hablar de personajes. En entrevista con MILENIO, sino para hablar de su abuelo, de un espacio en Coyoacán y de lo que significa heredar algo que no tiene precio de mercado.

Casa Platónica, el colectivo cultural que cohabita con un estudio de producción musical, un taller de artes visuales y una agencia de casting en una casa de Coyoacán, no nació de un plan de negocios.

Surge de un infarto, de un hombre que se negó a volverse invisible y de un nieto que aprendió, quizás tarde y justo a tiempo, que hay legados que no se pueden dejar morir.

Sebastián Dante habla sobre Casa Platónica, el colectivo cultural de Coyoacán que heredó de su abuelo Raúl Herm
Sebastián Dante habla sobre Casa Platónica, el colectivo cultural de Coyoacán que heredó de su abuelo Raúl Herma. (Instagram: sebastian__dante)

Un hombre que se negó a volverse desechable


Todo empieza con Raúl Herma, abuelo materno de Sebastián. Un hombre que dedicó casi toda su vida a las artes gráficas, a la impresión, al set y al vinil, y que fue maestro en los talleres de la colonia Obrera y el Algarín. 

A los cincuenta y tantos años sufrió un infarto que lo obligó a cambiar de ritmo, y en lugar de retirarse, fundó la Academia de Platón: un centro cultural para personas de la tercera edad en el que se daban clases de todo, desde Word y WhatsApp hasta historia del arte.

Para Sebastián, la decisión de su abuelo tenía una raíz muy profunda:

"Cuando uno deja de ser fuerza productiva, se vuelve desechable. La sociedad te va relegando, te va dejando de lado, te va desactualizando. Y creo que ese era el sentido que le daba mi abuelo al proyecto: en el momento en que él vivió ese desplazamiento, se dio cuenta de que no era el único y que había que hacer algo."

Raúl Herma era, según su nieto, una persona completamente autodidacta: nunca se especializó formalmente en ninguna disciplina artística, pero leía muchísimo y tenía una autoridad construida desde la curiosidad. "Era una persona muy culta, que leía muchísimo. Una autoridad."

El teatro de los viejitos

Sebastián entró al proyecto de su abuelo con lo que más sabía hacer: actuar. Tomó el taller de teatro para adultos mayores, su hermano músico impartió clases de música y canto, y así estuvieron dos años compartiendo ese espacio con una comunidad que les enseñó tanto como ellos a ella.

"Lo que más me llevo siempre es esas ganas de seguir adelante, incluso cuando el cuerpo ya no responde igual. Una sensibilidad hermosa que creo que solo se adquiere cuando has vivido. Esa sensibilidad que tenían ellos para poner el cuerpo en servicio de la ficción de lo que yo, un morrito ahí, les decía que se trataba la escena… era muy, muy bello de ver."

Pero había algo más detrás de esa decisión de estar ahí, de ir cada semana a dar clases:

"También estaba ese empuje de convivir con mi abuelo, porque ya tenía claro que era una persona mayor y que tenía que aprovecharlo y disfrutarlo muchísimo."


La pérdida y lo que queda

De un día para otro, Raúl Herma sufrió un accidente derivado de un derrame cerebral y se fue, dejando a todos con la misma pregunta suspendida en el aire: ¿y ahora?

Sebastián recuerda las últimas conversaciones con su abuelo, esas donde Raúl le decía que tenía que hacerse responsable, que tenía que estar al frente. Conversaciones que, como suele pasar, uno escucha a medias cuando todavía no imagina que lo inevitable llegará tan pronto.

"Quizás yo en ese sentido no le di tanta importancia hasta después, cuando se fue, cuando sí recordaba esas conversaciones. Él me decía: ya tienes que hacerte responsable."

Y después del golpe vino la pregunta concreta: 

"Además del dolor que representaba la pérdida abrupta de mi abuelo, estaba este espacio. Este legado que él había construido con el sudor de su frente, de manera completamente autogestiva, sin ningún tipo de apoyo ni comercial ni institucional."

Construir sobre lo que quedó

Sebastián y su hermano decidieron no dejar morir el proyecto, donde hoy conviven con un estudio de producción musical, el espacio de un artista visual llamado Michael Indigente y Pininos, una agencia de casting y coaching especializada en infancias en los medios audiovisuales, que nació también de una necesidad concreta: cambiar las prácticas abusivas que la industria ha tenido históricamente con los niños actores.

"Hay una cosa que quizás no es del todo legal: que los niños trabajen. Aun así se trabaja y son parte de la ficción en nuestro país. Sin embargo, no se les puede exigir una condición laboral como a un adulto. Pininos nace de una necesidad de cambiar esas prácticas abusivas."

El colectivo funciona desde una lógica que Sebastián defiende con claridad: 

"Este no es un espacio donde se produce: este es un espacio donde se crea artística y colectivamente. En el mundo tan desechable, tan inmediato, tan productivo en el que vivimos, estos espacios son como ese oasis donde se puede ver más allá de cuánto dinero estamos generando."

Y esa lógica, reconoce, tiene un costo real:

"Aunque nosotros estemos en este mundo idealista platónico de generar intercambios amorosos y colectivos, el mundo allá afuera no nos espera. El mundo allá afuera nos pide una renta, nos pide las cuentas, nos pide los gastos. Y ya esa simple forma de desmarcarse de ahí ya implica un esfuerzo."

Sebastián Dante y el legado de su abuelo
De los sets de Netflix a las calles de Coyoacán: Sebastián Dante y el legado de su abuelo (Instagram: sebastian__dante)

Lo colectivo siempre gana


Al hablar de lo que aprendió de todo este proceso, Sebastián es directo. Continuar solo no hubiera sido posible, y saberlo fue en sí mismo una lección.

"Gracias a que nos rodeamos e hicimos un equipo y que yo no soy Casa Platónica, sino que somos muchos: no solo los socios, sino la gente que viene, la gente que disfruta, la gente que tomó los talleres anteriormente. Somos todos Casa Platónica."

En unos meses espera retomar el taller de teatro para adultos mayores, el más simbólico de todos, el que cierra el círculo que Raúl Herma comenzó. Y cuando se le pregunta si siente a su abuelo en ese espacio, la respuesta no tarda.

"Cada vez que entro, solo pienso en todo lo que dijo mi abuelo y en todo lo que yo le aprendí. Lo que sí se mantiene definitivamente es el deseo por hacer comunidad. Y esa forma de conectar con el otro tiene que salirse de la lógica de la producción."
"Él tuvo la visión. Yo sé que mi abuelo estaría muy orgulloso. Pero creo que yo me siento más orgulloso de él. Porque gracias a él estoy aquí."

Raúl Herma no está, pero su Academia de Platón sigue viva. Ahora se llama Casa Platónica, tiene nuevos socios, nuevas disciplinas y un nieto que aprendió, quizás demasiado tarde y justo a tiempo, que hay legados que no se pueden dejar morir.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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