Todo mundo quería ser intelectual o cuando menos vestirse como ellos” (Ensayos de juguete, Instituto de Cultura de Baja California, 1999). La existencia o no de una cultura y una literatura fronterizas estaba en el debate tijuanocéntrico de entonces. Conoce al poblano Doc Eleache (Jorge Raúl López Hidalgo), quien la invita a formar parte de la Asociación de Escritores de Tijuana. Esta “morra fronteriza”, como se define, era la más joven e ingenua de ese “grupo de artistas, bohemios y librepensadores”. Gana en 1992 el Premio Gilberto Owen con un libro de cuentos minúsculo aunque deslumbrante: La señorita Superman y otras danzas. De él proviene “Basilio Tajadura”, un texto que contiene muchos de los elementos característicos en la narrativa de Swain. La magia y el surrealismo literarios. El rompimiento de los ejes paradigmáticos para crear imágenes insólitas en sus adjetivos pero tercas y bellas en su necesidad de ser. La renovación del mito y de los cuentos de hadas (“Me moviste el tapete./ Ella preguntó si era persa y si volaba”). La crítica a la sociedad de consumo, o mejor, el canto a la tremenda irresponsabilidad que significa ser joven en un mundo marcado por la crisis económica, el desempleo, la violencia, la computadora, el amor nestlé y la tele. En sus cuentos, los protagonistas se debaten entre el ser ideal que se les impone y la cruda realidad que los marca y los limita. Es un mundo femenino donde las niñas buenas, obligadas a tomar Shirley Temples en lugar de tequilas, a no fumar, a comer como pajaritos, a no interrumpir y a no llegar a su casa después de las diez de la noche, se rebelan y preguntan: “pero, ¿y las sopas instantáneas, madre, y las carreras de perro por conseguir trabajo? [...]. ¿Dónde meto todo eso? ¿Dónde lo coloco? ¿A un lado de los osos de peluche? ¿Entre las sábanas blancas? ¿Dónde guardo las prostitutas de la Zona, mamá, dónde pongo las angustias? ¿Dónde pongo el miedo de no ser lo suficiente? [...]. Suficientemente linda, suficientemente buena, suficientemente seria, alta, bella, fuerte, brava o experimentada. ¿Cómo viven hoy las niñas buenas, entre gritos y conflictos bélicos, entre azul y buenas noches, entre listas de amores frustrados, líneas de coca y uno que otro arponazo a la conciencia, entre nubes de humo que se burlan?”
Era la literatura rosa transformada por quien ha leído desde Beauvoir hasta La pequeña Lulú y desde la revista Fem hasta La familia Burrón. Es el realismo mágico versión Generación X. Ella misma se asume como parte de este movimiento generacional, caracterizado por las McChambas, o empleos mal pagados y sin prestigio, la aminorescencia o filosofía de las bajas expectativas, así como por una gran sensibilidad para no caer en las trampas mercantiles y reconocer la abrumadora vida cotidiana que los marca y ve con desdén.
Regina Swain teorizó al respecto en su libro Ensayos de juguete: “La imaginación era la clave de entrada a un mundo mágico que nos hacía olvidar los divorcios de nuestros padres”. La infancia y la preadolescencia eran felices en su mundo kool–aid, Fiebre de sábado por la noche, Señorita cometa, Siempre en domingo y la cueva de las orquídeas susurrantes y la princesa Amanecer. “Y entonces llegó la nacionalización de la banca. El sueño del petróleo acabó. La mayoría de los padres de tus amigos se divorciaron. Alguien de tu salón murió antes de acabar la prepa. Tus amigas se convirtieron en madres solteras. Alcoholismo. Drogadicción. SIDA [...]. ¿Te suena familiar? Bienvenido a la Generación X”. Agrega: “Los jóvenes de la Generación X nacimos en el cuerno de la abundancia, y ahora, como adultos, se nos obliga a enfrentarnos a un mundo en crisis económica”. Estos jóvenes viven en un universo de “sopas instantáneas y amores instantáneos”, como se queja la señorita Superman en su cuento del mismo nombre. Esta queja es la “rebelión del basurero” que caracteriza a la Generación X, surgida gracias a factores como el libro homónimo de Douglas Coupland, la película Slackers, el grunge y, en México, al sexenio de Echeverría. En las narraciones de Swain se respira un mundo adolescente que no quiere crecer, que entiende el mundo pero no le gusta. “Soy excéntrica, caprichosa, impredecible, vanidosa, opinionada, lloronzuela y terrible. Una mutación genética que a veces se ríe de la vida y a veces piensa demasiado. Creo que así es mi literatura”. En uno de sus textos definió su estilo literario como “una especie de cursilería posmoderna, con una gran influencia de las tiras cómicas y la televisión de los setentas y ochentas”. En Ensayos de juguete reconoce la gran influencia de sus abuelos en su vocación como escritora. El abuelo le decía: “Güerita: te compré un caballo con alas, pero cuando llegamos al rancho se rompió la cuerda y ahora tienes que ir a buscarlo”. Su oficio literario giraba alrededor de esa búsqueda.
Juan Villoro consideraba a Swain como “una escritora iconoclasta. Una escritora peligrosa”. Algo de esa fuerza se perdió en los últimos años, si bien ahí está esa novela curiosa (con título de verso de e.e. cummings), Nadie, ni siquiera la lluvia. Murió el 1 de septiembre de 2016, a los 49 años. Inició entonces, como lo dijo en uno de sus versos, “la tarea eterna de tejer los tiempos”.