Uno de los más absurdos actos de censura aconteció durante un encuentro literario en Belgrado, allá en la Yugoslavia de Josip Broz Tito. El poeta sueco Lars Gustafsson se disponía a leer su poema llamado “Los puentes de Königsberg”, cuando las autoridades culturales del Partido le hicieron ver que la tal ciudad prusiana de Königsberg había caído en manos de los soviéticos desde 1945 y ahora se llamaba Kaliningrado. De modo que debía cambiar el título de su obra, así como las menciones a la ciudad dentro de los mismos versos, cosa que no tendría mayor consecuencia ya que el poema no era rimado. Además, el poema hablaba de siete puentes cuando ya varios de ellos habían desaparecido por obra y gracia del Ejército Rojo. El poeta se negó a leer algo llamado “Los puentes de Kaliningrado” y hubo de convertirse en un mero espectador.
Si bien el ejemplo no es extremo, pues Lars Gustafsson no fue a prisión ni sufrió torturas ni fue ejecutado, sí ilustra la dignidad de un poeta ante la vulgaridad de la censura. Y es que aunque a todos nos guste sentir que somos libres, aunque todos entendamos la libertad como un valor universal, lo cierto es que para los artistas es artículo de primera necesidad y suelen defenderla hasta con la vida. En cambio hay otra gente que no sabe bien para qué sirve.
Al ciudadano promedio la libertad le es útil para trasladarse a su empleo y regresar a casa a mirar la televisión mientras devora papas fritas. Ya en un acto de rebeldía contra el sistema, sube sus patas a la mesa y masca las papas con la boca abierta.
Esa gente tiene necesidades que apenas superan las de un simio y acaban por celebrar los actos de dictadorzuelos que coartan las libertades de expresión o creativas o informativas al tiempo que imponen yugos políticos o religiosos. Ahí está, por ejemplo, Tayyip Erdogan. En los últimos meses cerró decenas de medios de comunicación en Turquía, encarceló a centenares de periodistas y su popularidad entre los turcos va en aumento. Entre los turcos patateros, por supuesto.
En esa misma liga juega Putin en Rusia. Y en ella quiere jugar Donald Trump. Si la democracia gringa fuera más imperfecta, ya igualmente ahí se estarían cerrando periódicos y encarcelando periodistas al por mayor. Pero eso al gringo patatero le tendría sin cuidado.
También en México hay una mayoría patatera, y ésta siempre está dispuesta a canjear Königsberg por Kaliningrado si le dan un espejito.
Pero el que lee poesía sabe que una cosa y la otra no son lo mismo. Königsberg es ciudad prusiana y Kaliningrado es rusa. Königsberg tiene siete puentes y Kaliningrado solo cinco. Königsberg parió a Kant, Hoffmann, Kollwitz, Hilbert, Goldbach, entre muchos otros, y Kaliningrado a nadie que valga la pena mencionar. Por eso el que lee poesía rechaza la despensa y se queda con “Los puentes de Königsberg”.
Quizá para la ciencia sea un misterio si rechaza el espejito porque lee poesía o lee poesía porque rechaza el espejito. Pero para usted que lee poesía esto no es un misterio, sino algo tan claro como el agua clara.