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Miércoles , 20.03.2019 / 20:46 Hoy

Nunca podría ser dogmática: Juliana González

Entrevista
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Ofrecemos una entrega más del libro en preparación Filósofas mexicanas, ahora con la voz de la profesora emérita de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, quien hace una defensa apasionada de la filosofía griega y el legado de Freud

Juliana González es doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), profesora emérita de la Facultad de Filosofía y Letras, investigadora emérita del Sistema Nacional de Investigadores, miembro titular del Institut International de Philosophie, directora del Seminario de Investigaciones de Ética y Bioética de la UNAM y miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua. Fue presidente de la Asociación Filosófica de México y es miembro de la Academia Mexicana de Ciencias. Autora de más de 20 libros y 150 artículos especializados, ha impartido más de 300 conferencias y ponencias. Entre sus libros se hallan Ética y libertad, El malestar en la moral, El poder de Eros y Genoma humano y dignidad humana. Ha sido profesora de la UNAM durante más de 40 años, donde además ha ocupado diversos cargos como directora de la Facultad de Filosofía y Letras y miembro de la Junta de Gobierno. También pertenece a la Junta de Gobierno de El Colegio de México y del Instituto Nacional de Medicina Genómica. Integra el Órgano de Gobierno del Fondo de Cultura Económica. La doctora González obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Filosofía.

¿Por qué eligió la carrera de Filosofía?

Estudiaba el bachillerato en la Universidad Femenina y teníamos prácticamente a todos los maestros del exilio español. La primera clase que tomé, sobre Heráclito, fue de Cay Rovira.[1] Yo dije: “Esto es lo que me hace campanitas”. Cuando iba a elegir una carrera, estaba muy inquieta con la literatura y medio coqueteaba con el teatro. En la facultad que me tocó, el primer año en Ciudad Universitaria, podías tomar todas las materias, estudiar con todos los filósofos que quisieras y, además, estudiar teatro. Estuve enloquecida con las clases de teatro contemporáneo con Luisa Josefina Hernández. Era la maestra más tremenda y terrible que he tenido en la vida, pero también genial. Me gustaba el teatro y pensé en ligarlo con la filosofía. Había una especie de atmósfera literario–cultural y para mí la filosofía flotaba en medio de todo eso, hasta que caí donde caían todas las avispas, abejas y bichitos: las clases de Eduardo Nicol. Ya no tuve otra inquietud: quería estudiar filosofía en serio.

¿Cómo fue el proceso de ingreso a la Facultad?

Nos entrevistaba José Gaos: “¿Y usted por qué quiere venir aquí a estudiar esto?” Recuerdo que respondí que me interesaba la filosofía, pero todavía con titubeos. Gaos trató de disuadirme y dijo que eso no era para mujeres. Entonces le contesté: “Lo siento mucho, pero es lo que a mí me interesa”. El rechazo de Gaos era un poco un juego, porque después armó un seminario muy formativo: acababa de salir su traducción de Ser y tiempo; trabajábamos la traducción, las ideas. Fue la primera obra que me sacudió. Al mismo tiempo empecé a estudiar muy a fondo la filosofía griega y a leer en griego y, con éste, entró la filosofía. Ahí me enamoré de las etimologías, que en bachillerato era la peor materia, pero vividas de este modo ya fueron otra cosa. Con Gaos se trabajaba muchísimo la etimología y no digas con Nicol: era algo mucho más profundo. Uno toma cualquier palabra, se me viene a la mente aletheia, que quiere decir “quitar los velos”. El ethos es “letargo”. Entonces empiezas a escarbarle a eso que traduces como “verdad” y resulta que la verdad no solo es quitar los velos, sino que es un estado de alerta. Al entrar a una palabra vas abriéndote al universo filosófico.

Esta es una particular visión de la filosofía, no compartida por todos. ¿Hay división?

Creo que sí, que estamos escindidos, aunque no lo había pensado antes. Acaso lo había vivido sin reflexionarlo. En mi generación hubo dos grandes cauces o caudales de filosofía, dos tradiciones: la anglosajona y la continental, con raíces y preocupaciones muy diferentes. Ocurrió entonces la escisión de esos dos cauces: el de los estudiantes que iban al Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y quienes nos quedamos en la Facultad. Esto fue muy determinante en nuestra formación, pues muchos se enfocaron en la filosofía anglosajona y otros pensamos que volver a los griegos hacía falta en nuestro tiempo tan corrupto, tan quebrado. Nos hacía falta ver manar lo que fue la primera filosofía en nuestra tradición occidental. Ir a los griegos no era lo mismo que ir, por ejemplo, a San Agustín.

¿Como una especie de regreso al origen?

Digamos que si lo griego era lo humano, lo que Nicol te transmitía es que hay una transfiguración contemporánea de la filosofía que nos obliga a una revolución histórico–cultural, en la que volver a los griegos no es un acto de erudición sino un regresar a la verdadera fuente originaria, retomar el cauce vivo más fuerte, más definitivo. Casi tiene una especie de resonancia mítica, ¿no? Así lo siento en este momento: regresar a los orígenes para que desde ahí volvamos a abrir los ojos y sentir lo que decíamos de la aletheia: volver a sentir el asombro ante el mundo, el asombro ante el hombre, el asombro ante el Ser. Entonces, claro, la figura central en este sentido es Platón. Sócrates y Platón son dos, se diga lo que se diga. El propio Platón es varios, y el Platón de la vejez es el que quiere volver a los orígenes. Meterte a los griegos era meterte a tu propio tiempo; no había distancias; era una experiencia de actualidad. Ahí estás ante la pregunta por el hombre, que es la preocupación central: ¿qué somos?, ¿a dónde vamos? Ahí empezó una doble línea: la de la metafísica y la del humanismo o las preocupaciones éticas. Me fui más por este lado, pero jamás he abandonado las preocupaciones de tipo metafísico, en el sentido no metafísico de la palabra. Nicol quería recuperar el sentido originario de la palabra, pero ya no resultó posible y hoy “metafísica” es un concepto escolástico, por decir lo menos. La metafísica me importa, pero me importa mucho más el hombre. Empecé por hurgar la ética y los problemas de la ética actual por la vía del psicoanálisis. Mi libro sobre Freud[2] me llevó muchos años de trabajo. Tengo una dedicatoria que me hizo Luis Villoro, una carta tan hermosa… Le pareció algo en verdad importante lo que estaba haciendo. Leí a Freud completo, incluso la cantidad de historias clínicas monótonas, pero en medio de esas repeticiones van apareciendo gotitas de oro. Después de esto, comencé a estar en contacto con gentes preocupadas por temas médico–filosóficos.

¿Ahí comienza su interés por la bioética?

Había médicos, como mi amigo el doctor Jorge Silva y Santiago Ramírez, que formaron un grupo al que empecé a acercarme. Entonces se daba psicoanálisis en la Facultad de Filosofía: iban los grandes pensadores del psicoanálisis. Ya había un acercamiento de la filosofía a las ciencias actuales. Era una inquietud que no venía de Nicol, o quizá sí porque Nicol no existe sin Newton: toda su revolución metafísica se basa en la física contemporánea, en la física de Einstein. Pero a mí lo que me preocupaba era la biología, lo vivo: todavía me preocupa hoy. Entonces empecé a trabajar, a pensar, a leer más de genética, y otra vez caí en la pasión, y es que algo como el hallazgo del ADN ¡es como haber encontrado el secreto del mundo! Luego, la liga con Darwin empezó a generar en mí la conciencia de que ¡cuidado!, ¿dónde andábamos los filósofos?

Aclaro que lo verdaderamente fundamental está por el lado de las pulsiones; lo que me importaba rescatar de Freud era ver a Eros como pulsión erótica. Mi mayor pecado es el optimismo: una especie de tendencia a encontrar lo luminoso. Nicol era más oscuro, acaso por su experiencia vital rotunda, dos puntos brutales en su vida. El primero fue la Guerra Civil, el exilio y todo lo que implicó; el segundo, 50 años de soledad en México. ¿Cómo pudo sobrevivir tantos años en nuestra Facultad, en medio de un mundo de marxismo o de analítica dominante? Entonces no había más que dos grandes torbellinos que se llevaban todo: o nos íbamos al Instituto y la analítica, o nos quedábamos en el Partido y militábamos. Hay pasajes de Nicol donde lo veo caer hasta lo más hondo y, no obstante, queda un poco de la esperanza que le dio el amor por la filosofía. Eso es lo que nos puede salvar: el amor. A un pensamiento, a la verdad, a la humanidad, a tu perro, a la vida. ¡Cómo no amar la vida!

¿Qué otros filósofos fueron importantes en su desarrollo?

Nietzsche. Es un cretino, pero me encanta. No: me fascina. Otra vez: tiene momentos de luz y de esperanza, y me duele profundamente. Conservo la imagen de Nietzsche ya enloquecido, agarrado a la cabeza de un caballo, en silencio. Algunos dicen que lloraba. Silencio y solo silencio: qué peor tragedia se puede pensar para Nietzsche. Nadie lo enseñaba en la Facultad. No era un autor conocido ni mucho menos querido. Estaba la cosa política. Yo encontré sus Obras Completas y me fasciné. Cuando estaba haciendo la maestría, le fui a pedir justamente a Nicol su asesoría. Me dijo: “El día que esté bien su alemán, venga a decirme que la asesore en su tesis sobre Nietzsche”. Dos años tomé clases, pero luego cambié de tesis. Nietzsche es inconmensurable: todavía estaría trabajando en la tesis. Siempre repito de manera casi obsesiva el momento en que dice “Dios ha muerto”. El estado de la humanidad sin horizonte es la verdad nietzscheana más profunda y es de la que estamos tratando de salir. Tu línea del horizonte, ¡trázala!

De los autores actuales me gusta muchísimo Habermas. La obra que ha determinado mis búsquedas en el orden de la bioética es la de Changeux y Ricoeur: La naturaleza y la regla. Changeux es un determinista muy especial, sus libros son magníficos, pero su verdadero contrincante es Paul Ricoeur, y al revés. Ricoeur es otro de mis salvadores. Sí: de mis salvadores. Me fascina la pluralidad, la diversidad. Nunca podría ser dogmática. Resulta difícil conciliar la convicción con una conciencia de pluralidad, pero es el gran reto que tenemos: hacer tu propio camino y, al mismo tiempo, estar abierto a la otredad. En el caso de Sartre, toda mi vida me peleé con él, aunque a los 20 años era existencialista y me vestía de negro, igual que algunas chicas de la Facultad, como si estuviéramos en Saint–Germain–des–Prés. Era parte de la formación y de la propia vida, pero no me gustaba lo de la Nada. La Nada nunca me ha dicho nada. Lo grave de Sartre era lo amargoso, lo tremendamente negativo en muchos sentidos.

¿Y autores mexicanos? ¿Hay una filosofía mexicana?

¿Escuchas mi mutis?, ¿oyes el silencio? Hay búsquedas filosóficas —siempre las ha habido, porque no podemos dejar de hacer filosofía— pero nunca se ha configurado una verdadera comunidad, ya no digamos escuela. Quizá el marxismo lo fue. Cuando se hizo el homenaje a Adolfo Sánchez Vázquez, me preguntaba qué quedó de eso. Tuvimos a Luis Villoro, pero ¿qué dejó? No ha habido mejor filósofo mexicano que Villoro, pero no hizo escuela. Nicol tampoco es la filosofía en México, ni Graciela Hierro, desde el feminismo. Paulette Dieterlen ha tenido originalidad y valentía para escribir y ser incluso la más creativa en su Instituto, pero ni siquiera hay una buena tradición de la filosofía analítica. Todos se dispersan. Encuentras pensadores solitarios. No hacemos comunidad y me incluyo: yo misma no me he preocupado por hacer de mi seminario —que es donde se hace la comunidad filosófica— una verdadera reunión de diferentes que pueden dialogar entre sí. Este es el ideal de una comunidad y no lo hemos logrado. Nos ha hecho mucho daño la escisión de la Facultad de la que hablábamos al principio: el marxismo floreciente y la filosofía analítica. Son dos brazos que no se tocan.

También nos ha hecho mucho daño la Asociación Filosófica de México. No haces una sociedad con mil miembros. El congreso es el único momento en que más o menos nos oímos unos a otros, pero eso no es una comunidad en sentido estricto. Hace varios años insistí en que, aparte de la Asociación, debería de haber algo como la Academia Mexicana de la Lengua, a la que acabo de ingresar, que es una comunidad muy selecta. Se lo dije a Guillermo Hurtado, cuando era director del Instituto: ¿por qué no hacer una Academia de Filosofía? Hubiera sido una buena gente para convocar. La filosofía es una tarea de soledad y comunicación al mismo tiempo. Si no tienes la posibilidad del diálogo verdadero, de crítica del otro, puedes perderte en las nadas más sartreanas.

¿Existe un pensamiento de mujeres?

Creo que no hay posibilidad, digamos, de “pintar la raya”, pensando en física o en biología. Hemos hecho movimiento de los dos hemisferios cerebrales, pero ha sido lo sociohistórico lo que ha partido el mundo en dos. Simone de Beauvoir era más inteligente que Sartre en muchos sentidos. Por poner algún nombre, en el mismo ámbito, Martha Nussbaum: chapeau con esta señora. La academia no debe de ser femenina, sino mixta. En la medida en que de verdad hay academia, aprendemos a escuchar. Ahora bien, el Sistema Nacional de Investigadores nos ha puesto en la compulsión de sacar el paper o el libro; así que incluso los profesores más eminentes nos hemos hecho investigadores. Fui de las primeras 100 gentes que entraron al Sistema Nacional de Investigadores; ahora soy emérita, pero me ha significado muy poca escucha para los otros. Ha menguado mi otredad, a pesar de que lo he tratado de evitar. Desde los primeros tiempos del SNI he estado peleando con eso. Al principio no nos reconocían la docencia. ¿Con qué mides la calidad docente de un profesor? Antes iban las comisiones dictaminadoras a la Facultad cuando presentabas un examen de grado para obtener la plaza. Yo tuve sentaditos en mi salón nada menos que a Alejandro Rossi, Luis Villoro y Adolfo Sánchez Vázquez: fueron mis jurados. Se sentaban y oían cómo dabas la clase. En función de eso te evaluaban. Pero desapareció. Cuándo y por qué, no lo sé.

¿Cambiaría algo de su vida?

No, a pesar de que hay hechos que no me gustaría volver a vivir. Acepto mi vida en su variedad, en su totalidad, lo cual es una bendición. Aquello en lo que verdaderamente creo es que, sin Eros, no hay esperanza. Y esto lo dice Freud, no lo digo yo. La posibilidad del principio de vida. Al final de su libro, Ricoeur y Changeux se preguntan: ¿qué es más dominante, el sí o el no?, ¿qué es lo más dominante en la condición humana, la vida o la muerte? Esto es lo que hace a Eros estar por encima de Tánatos. Andamos cargando a Tánatos todos los días, pero es preferible Eros.



[1] Al igual que muchos españoles, Cay (Carmen) Rovira fue recibida por el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas al escapar de la Guerra Civil española.

[2] El malestar en la moral. Freud y la crisis de la ética, Miguel Ángel Porrúa, México, 1997.


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