Federico Ibarra cumple 80 años con la incertidumbre de que haya una orquesta que quiera estrenar su Sexta sinfonía. In memoriam de Giacomo Puccini y de encontrar un libretista que colabore con él para emprender la aventura de escribir otra ópera, ahora sobre Mao Zedong y su amante, Madame Mao.
“La música es un yugo muy, muy agradable en el que me he metido”, confiesa el maestro a MILENIO.
El compositor nació en Ciudad de México el 25 de julio de 1946; el pasado sábado se le rindió un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, en la Sala Manuel M. Ponce, donde se interpretaron sus 7 sonatas para piano.
“Este homenaje es un poquito inesperado para mí, porque los ejecutantes son pertenecientes a una nueva generación, lo cual me llena de gusto; no nada más son las personas que conozco y que han transitado a través de los años conmigo la vida concertística de México, sino las nuevas generaciones; es muy agradable, es parte de las grandes satisfacciones de estos 80 años”, se congratula el compositor.
Ibarra asegura sentirse satisfecho, no obstante sus críticas al desdén de todo gobierno hacia la cultura.
Guadalupe Parrondo (1946), quien el 29 de junio pasado también cumplió 80 años y a quien Ibarra dedicó su Sexta y última sonata de la serie que empieza con la número 0, encabeza una tropa de cinco pianistas que, a falta de homenaje nacional, a partir de las 18:00 horas del día 25 tocaron las obras: Ellos son: Parrondo, Diego Sánchez-Villa, Héctor Melicoff, Mateo Torres Mendoza y Sergio Solís Pinzón.
Ibarra, el mayor compositor mexicano de óperas vivo, con títulos como Leoncio y Lena (1981), Orestes parte (1984), Madre Juana (1993), Alicia (1995), con libretos de José Ramón Enríquez; El pequeño príncipe (1988), con libreto de Luis de Tavira; Despertar al sueño (1994), de David Olguín; El juego de los insectos, basado en una obra teatral de Joseph y Karel Čapek, y Antonieta, un ángel caído, con textos de Verónica Musalem; y El vencedor vencido (2023), con libreto de Enrique Serna, colaborador de MILENIO, reconoce en el género lírico uno de las principales motores que ha tenido en su carrera.
“Una de las principales cosas que han llevado a que mi música se conozca a través de un gran auditorio han sido las óperas; en ellas he podido plasmar toda una serie de preocupaciones que he tenido al respecto de mi música y de algo que es muy importante también para mí: la relación con las otras artes. Esto me ha permitido conocer a directores de escena, a coreógrafos, a artistas clásicos, con los que hemos podido realizar en conjunto esto que se denomino 'la fiesta de las artes', que es la ópera”, afirma.
—Ha trabajado con De Tavira, Holguín, Enríquez, Musalem y Serna. ¿Qué le dejan a su música?
Está mencionado a una serie de gentes importantísimas, tanto para el teatro como para la literatura. Esto me llena de orgullo, haber podido colaborar con ellos, servir en la medida de mis posibilidades para la creación de un nuevo espectáculo y que este haya llegado a toda una serie de gentes. Me conecta muy cercanamente con la actividad que en México se desarrolla con la literatura y el teatro.
—Serna decía que en El vencedor vencido buscó entrar al lado oscuro de Hernán Cortés. ¿Federico Ibarra busca entrar en el lado oscuro de sus personajes con la música de sus óperas?
Por supuesto. El libreto, al fin y al cabo, me sirve, como a cualquier compositor, de base para realizar la música. Y mientras más puedo adentrarme en la idea y en lo que el teatrista pudo haberse inspirado para hacer este trabajo, pues entonces la música también está como en un juego de espejos, realmente reflejando lo que la palabra nos está diciendo. El tratar a un personaje, como en el caso de El vencedor vencido, con sus zonas oscuras, siempre puede ser muy fascinante para poderlo llevar a cabo dentro de la música. Porque una cosa es lo que las palabras están diciendo, pero la música intenta llevar un poco más lejos esto que la palabra dice, enmarcarla en un campo de sonidos en donde pueda ser claro lo que está diciendo y además explicativo, de alguna manera, al trasladarse a la música.
—¿Y qué tanto se refleja la oscuridad o luminosidad de Federico Ibarra en eso?
Pues es explorar precisamente estos aspectos que uno conlleva o tiene dentro de su interior y poderlos sacar a la luz. Si todo fuera brillante y luminoso, como el caso de Alicia, puede tener también un tanto de lados oscuros. Y ese personaje de Alicia no es muy claro en todo lo que nos está llevando a través de una serie de aventuras, que a veces se vuelven un tanto pesadillas. Y así el lado oscuro de cualquiera de mis personajes, como lo pueden ser Alicia, Antonieta o Madre Juana. Siempre es muy fácil explorar estos lados, y tiende a ser muy efectivo en el paso hacia la música. El caso de Cortés, por supuesto, teniendo como contricante real a Cuauhtémoc, que nos da el lado trágico.
—¿Prefiere los personajes históricos o los míticos o los inventados para sus óperas?
Siempre el tratar con personajes históricos es muy problemático, quizá más que el tomar temas que no tienen que ver con la historia. Y, en este aspecto, sí me fue muy complicado, por ejemplo, el poder decidir si Vasconcelos, uno de los personajes principales de Antonieta, podría cantar o no, ya que el mismo canto de un personaje histórico, como Vasconcelos, pudiera parecer un tanto ridículo al hacerlo. Recordando cómo se hizo con el libretista, lo pudimos resolver de otra manera, con una alegoría en lugar del personaje. En el caso de Cortés, por supuesto que no, tenía que hablar, igual que Cuauhtémoc.
—Si quisiese escribir una ópera sobre alguna persona real contemporánea, explorando esos lados oscuros, ¿a quién escogería?
Uno de los personajes y de las historias que se me hacen muy atractivas es precisamente Mao Zedong, pero pues esta duro encontrarme un libretista para poder realizar ese proyecto.
—Bueno, John Adams encontró a Alice Goodman para Nixon in China. ¿Por qué cree que haya tanta dificultad para encontrar libretistas en México?
En el siglo XIX lo más común para cualquier literato o gente metida en teatro era hacer una labor en conjunto con un músico; desafortunadamente en el siglo XX fue mucho más drástico para todo: “Yo quiero hacer mi teatro, como dramaturgo, independientemente de trabajar en coautoría con un músico”. Y esto dificulta mucho las cosas para mí en este momento, ya que no son muy dúctiles para hacer un trabajo en conjunto, no les interesa o simplemente lo desconocen.
—¿Qué le atrae de Mao para pensar en una ópera sobre él?
La vida de Mao Zedong fue muy curiosa y el matrimonio que tuvo es muy atractivo, ya que ella quiere continuar en el poder, de la manera en que ella entiende el poder. Y, por supuesto, viene toda una serie de problemas con el Grupo de los Cuatro. Y el final de este personaje femenino es muy dramático, ya que bien a bien no se sabe si se tiene que suicidar o si la matan.
—La famosa Madame Mao, Jiang Qing.
Así es. Para mí es muy claramente operístico. Adentrándonos en la vida real, no en la fantasía, yo visualizo a este personaje como la última emperatriz. También la vida de Mao, con la muerte de su hijo, una serie de cosas, no fue fácil. Y hay un hilo argumentalmente que puede funcionar muy bien. Es una idea que he tenido durante mucho tiempo, pero, desafortunadamente, no he podido encontrar un colaborador para poder llevarla a cabo.
—¿Y en que anda ahorita, maestro?
Pues estoy en espera de que se pueda estrenar mi última sinfonía, la Sexta sinfonía.
—¿Y qué espera?
¿Qué le puedo decir? Las orquestas tienen su programación, sus intereses, su manera de conducirse, y no están precisamente buscando el poder estrenar una obra que todavía no se sabe cómo es hasta ese momento. Y simple y sencillamente nadie está esperando la nueva obra de tal o cual compositor.
—Hace tres años que hablábamos sobre su Quinta Sinfonía y El vencedor vencido me comentaba que las autoridades culturales del país no se acercaban a usted, siendo el compositor tan importante que es, para preguntarle en qué estaba trabajando. ¿Sigue esa situación?
Sí, esta situación, casi siempre ha sido así, no nada más en los últimos dos gobiernos, sino en general. ¿Qué le puedo decir? El arte no está precisamente en las agendas de los gobiernos ni de los políticos ni de toda una serie de cosas. Yo ya no puedo decir nada más, sino esperar.
—¿Qué características tiene su Sexta Sinfonía?
Es una Sinfonía In memoriam de Giacomo Puccini. Y con ella quiero rendir un pequeño homenaje a este compositor extraordinario. Su primera característica es que ya no quise hacerla en varios movimientos, sino en uno único, como el caso de otras que tengo. Conlleva un instrumento que me preocupa y que me atrae mucho, que es el órgano, unido con la orquesta. A través de estas dos producciones de sonido, que por un lado es el órgano y por el otro lado es la orquesta, contrapongo también cinco percusiones dentro de la misma orquesta, que me están dando la posibilidad de tener tres puentes de sonido diferentes. Y se me hizo muy atractivo el presentarla así.
—Hace tres años estrenó su Quinta Sinfonía, Inasible. ¿Qué hay de insasible en Federico Ibarra?
¿Qué hay de inasible en Federico Ibarra? Hay de inasible en la música, la música misma es un sonido que parece ser algo muy concreto pero que a la vez se nos escapa de las manos y únicamente puede seguir existiendo en determinados casos por medio de la mente. ¿Qué hay de inasible en Federico Ibarra? Pues no lo sé.
—¿La música es sinónimo de Federico Ibarra o hay un Federico Ibarra ajeno a la música?
Hay un Federico Ibarra que se ha nutrido toda su vida con la música, con el arte de los sonidos, con las mezclas de toda una serie de colores en la orquesta, en la voz, en todas partes. Y esto obviamente me está nutriendo y también subyugando, en el aspecto de que la música es un yugo en el que me he metido, un yugo muy, muy agradable, vamos, no me arrepiento para nada de esto.
—¿Alguna vez la música lo ha decepcionado?
No. Con mi música, lo que ha pasado es que a veces —no le voy a decir que muy seguido—, la respuesta que han tenido algunas de mis obras no ha sido la más benéfica. Muchas veces ha tenido que esperar alguna obra más tiempo para que esta se pueda digerir o para salir a luz tal y como yo la había construido. Pero que me pueda desilusionar la música en ese aspecto, pues para nada, todo lo contrario, siempre ha sido motivo de satisfacción.
—¿Por qué su homenaje por su 80 aniversario es en la Sala Manuel M. Ponce y no en la sala principal del Palacio de Bellas Artes?
Ahí vuelvo a insistir sobre las autoridades. Este concierto se me hace muy atractivo para mí, el que se me conmemore dentro de un recinto de Bellas Artes. Pero yo tampoco puedo elegir que tenga que ser en la sala grande, en el lobby o en la Sala Manuel M. Ponce.
—¿Cómo Federico Ibarra define su propia música después de 80 años de vida?
Qué pregunta tan complicada y tan difícil. Es muy complicado el verse a sí mismo, a pesar de los años. Los años nos van dejando toda una serie de experiencias, de lecciones. He tratado de hacer todo lo mejor posible en todas las actividades en las cuales me he metido o en que he estado sumergido.
—Pues le voy a cambiar la pregunta para que no la rehuya, maestro. Tiene gatos, ama a los gatos y es fanático del Gato de Cheshire. ¿Qué le diría el Gato de Cheshire a Federico Ibarra de quién es a sus 80 años?
Es bonita pregunta. Pero, como el Gato de Cheshire, si todo el tiempo se escondía y a veces aparecía sin cara, únicamente con una sonrisa, me gustaría que el gato se riese conmigo.
—Y si escogiera a algún personaje de todas sus óperas que ha compuesto, ¿cuál sería?
Esto sí no me lo hubiera podido pensar, pero quizá el personaje que me llama la atención es el piloto de El Pequeño Príncipe.
—¿Qué le debe México a Federico Ibarra después de 80 años?
Mire, yo tuve la oportunidad en toda esta serie de años de trabajar en México, que me dio la oportunidad de explayarme en los conocimientos, en la vida que tuve, en mi desarrollo. No creo que el país me deba nada, sino, por lo contrario; es decir, yo le debo al país el poder haber hecho una carrera, y una carrera tal como yo quise hacerla. Esto es lo más importante para mí.
—¿Cuál fue esa idea original de carrera? ¿Se mantiene en ella?
Yo tuve toda una serie de dificultades para la familia, para poderme dedicar a la música. El inicio de esa carrera parece ser que es muy fácil, y que todo el mundo me pudo haber apoyado. En realidad, no fue así. Mi carrera surgió en base a una tenacidad, y esta tenacidad pocas veces fue recompensada. En los momentos en los que yo estaba estudiando, no había becas, no había apoyos económicos, nada. Al contrario, fue algo complicado el abrirme paso en un contexto histórico como el que tenía México.
—¿Y que le preocupa más: el presente o el futuro?
Había una frase muy extraña que he venido a tenerla que comprender en toda cabida. Que lo más difícil de ver es el presente. Con el pasado, lo podemos ver desde lejos; con el futuro, podemos imaginar lo que querramos. Pero el presente —y creo que tiene toda la razón— es lo más complicado. El futuro próximo va a ser como siempre ha sido para todas las generaciones: un campo en donde hay que luchar para poderse oír, la voz que uno tiene. Y no cambia mucho de lo que a mí me ha tocado vivir estos 80 años. Cada quien tiene que luchar por abrirse campo, trabajar por lo que uno quiere construir.
—Muchas felicidades por sus 80 años, maestro Federico Ibarra.
PCL