En Pioneras no sólo damos voz, un día, a las mujeres que cambiaron la historia de México. Este es un espacio permanente para que quienes abrieron camino cuenten su historia, compartan su experiencia y —sobre todo— nos digan cómo le hacemos para que lleguemos todas. Porque si la ciencia, la política, la cultura o los medios en México tuvieran un ADN, en su código genético estarían los nombres de mujeres que desafiaron lo establecido. Entre ellas, dos científicas que cambiaron la forma de mirar el universo y la vida: Annie Pardo y Julieta Fierro.
Annie Pardo: científica, madre y abuela
Annie Pardo Cemo es bióloga. Es doctora. Es abuela. Es bisabuela. Y también es historia viva de la ciencia mexicana. Forma parte del dos por ciento de las científicas más citadas del mundo, con más de 180 publicaciones y más de 25 mil citas académicas. Fundó el primer posgrado en Biología Celular en la UNAM. Es profesora emérita tras más de medio siglo de docencia. La Universidad de Stanford la considera una de las científicas más influyentes del planeta.
Pero detrás de los títulos y los congresos hay otra Annie: una mujer que, a punto de cumplir 86 años, sigue subiendo y bajando escaleras pese al dolor de espalda; una madre que cada mañana enciende la televisión para ver La mañanera y preguntarse si su hija —Claudia Sheinbaum Pardo, la primera mujer presidenta de México— comió bien o logró dormir lo suficiente.
En una conversación profunda, sincera e inspiradora, Annie participó en el primer capítulo del podcast Fieras y Pioneras de Grupo Milenio –en abril del 2025–, conducido por las periodistas Claudia Solera, Janet Mérida y Cinthya Sánchez. Annie no sólo formó científicos. También formó conciencia.
En 1968, cuando México ardía en represión, fue representante de la Coalición de Profesores que reunió a 72 escuelas. Por apoyar a sus estudiantes fue despedida del Politécnico. Perdió su beca de doctorado, cinco años de posgrado y su cátedra. Pero no se rindió. Volvió a empezar en la UNAM.
“Si no sienten emoción por la biología”, les decía a sus alumnos, “váyanse a estudiar leyes”. Así de clara. Así de apasionada.
Pero siempre, en el centro de todo, estuvo la misma pulsión: entender el mundo. Hoy, cuando se le pregunta qué ha sido lo más difícil de ser madre de Claudia Sheinbaum, responde con ternura:
—Leer algunos tuits. Me da rabia que digan mentiras.
Porque el orgullo no está peleado con la preocupación.
“Me preocupa que no duerme mucho, porque es muy trabajadora. Como toda mamá, quieres que tus hijos descansen, que puedan tomarse vacaciones. Pero la verdad… estoy súper orgullosa”.
A las jóvenes les deja una brújula sencilla: no rendirse. Y a las niñas les propone un sueño distinto: no sólo ser princesas, sino también presidentas de México, porque su hija ya abrió ese camino.
Julieta Fierro, el hada que fue astrónoma
En Pioneras, la astrónoma Julieta Fierro concedió la que sería su última entrevista en un medio de comunicación. Fue el 19 de septiembre de 2025. Poco después, a los 77 años, dejó de observar las estrellas para fundirse con ellas. Pero antes nos dejó un regalo: una conversación íntima en la que habló no sólo como científica, sino como mujer, madre, hermana, amiga y soñadora incansable.
De niña quería ser un hada con una varita mágica para borrar el sufrimiento del mundo. No la tuvo. Pero encontró otra herramienta más poderosa: la ciencia. Con ella viajó hasta los rincones más pobres de la India, donde niños que jamás habían tenido un juguete guardaban los objetos de sus experimentos como tesoros. “Ahí sí fui un hada”, decía entre risas.
El 68 también fue su despertar. No la movía la política, sino la libertad de estudiar. “Iba a cambiar el mundo”, recordaba. “Era una época idealista: amor y paz, comunismo, pastillas anticonceptivas”.
Julieta fue muchas primeras veces: la primera divulgadora científica que firmaba autógrafos, la primera mujer en ocupar la silla XXV de la Academia Mexicana de la Lengua, la primera en explicar astronomía con una nariz de payaso. Pero su lucha más constante fue por las mujeres en la ciencia. Defendía guarderías en universidades, becas para científicas, condiciones que permitieran no elegir entre la maternidad y la investigación.
“Las mujeres no tenemos que demostrar nada”, decía. “El chiste es ser felices”.
Rosario Robles enfrentó la doble moral política por ser mujer
Las pioneras no sólo están en la ciencia. También en la política. En México hay nombres que incomodan, que se pronuncian con respeto, prejuicio y sospecha al mismo tiempo. Uno de ellos es Rosario Robles Berlanga. Fue la primera jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Una mujer que pasó de ser celebrada como pionera a convertirse en símbolo de castigo político. Tras ocupar los cargos más altos del poder, pasó más de tres años en prisión preventiva.
“Ningún hombre con cargos semejantes recibió el mismo trato”, afirma.
Su vida —dice— ha sido una cadena de pruebas. Primero, cuando murió su padre y, siendo una de las mayores de seis hermanos, tuvo que convertirse en sostén familiar. Después, cuando entendió que en la política las mujeres se juzgan con una doble vara.
“Si eres aguerrida, estás loca o eres conflictiva. Pero si un hombre es igual, lo llaman líder”.
Ana María Olabuenga, lirista de la publicidad
Otras pioneras conquistaron territorios distintos. La publicista Ana María Olabuenaga transformó la publicidad mexicana y fundó su propia agencia creativa. Ganó más de 400 premios, incluido el León de Cannes, y creó una de las frases más memorables de la publicidad nacional: “Soy totalmente Palacio”.
Carlos Monsiváis decía que había una mujer colgando aforismos en las azoteas de la ciudad. Era ella.
Carla Estrada y Érika Buenfil, pioneras de las telenovelas mexicanas
En la televisión mexicana, Carla Estrada abrió una puerta que parecía imposible: convertirse en la primera mujer directora de cámaras y escena en el mundo de las telenovelas.
Produjo clásicos como Quinceañera, Lazos de Amor, Alborada o Sortilegio. Pero su historia más íntima no ocurrió en un foro, sino frente a la cámara de su hijo, el cineasta Carlos López Estrada, cuando por primera vez se permitió nombrar algo que muchas mujeres sienten y pocas dicen: la culpa de ser madre trabajadora. Ese día lloró. Y en ese llanto entendió algo liberador: que la maternidad no es culpa.
Y luego está Érika Buenfil. Durante décadas fue una estrella de las telenovelas mexicanas. Pero su renacimiento ocurrió en el lugar más inesperado: la cocina de su casa, con un celular sostenido por su hijo. Ahí, sin maquillaje ni guion, conquistó en TikTok. Hoy tiene 18 millones de seguidores.
A punto de cumplir 60 años, escribió un nuevo capítulo para su carrera. Uno sin tomas repetidas, pero con algo más valioso que la perfección: autenticidad.
“Hazlo con miedo, pero hazlo”, dice.
Todas estas historias tienen algo en común. No son biografías perfectas. Son caminos abiertos a golpe de convicción, talento, rebeldía y también errores. Porque las pioneras no nacen con el camino hecho. Lo hacen. Y cada vez que una de ellas avanza, deja una puerta entreabierta para que muchas más puedan cruzarla. Estas mujeres no sólo nos recuerdan que llegaron primero, también nos enseñan cómo lo hicieron. Para que aprendamos cómo llegamos todas.
AH