Lo de Mario García Torres es de esas prácticas que mientras más se van develando más revelan que tanto el artista como el espectador advierten que el argumento es mayor. No es emoción ni estética; tampoco es solo corazón o impulso y, al mismo tiempo, es todo eso y algo más.
García Torres deja claro que su intención no se sostiene en la autoridad moral que le otorga el título de artista. El río caudaloso por el que se mueve el creador originario de Monclova es el mismo que nunca ha estado, ni estará, seco: el de la cultura, siempre en movimiento, estridente, múltiple.
Desde la mirada al pasado, la danza con el presente y —como él mismo dice— “un dardo hacia el futuro”, la obra no se completa hasta alcanzar el plano final de una idea digerida, admitida y compartida. Y aunque en la teoría la paja parezca desaparecer al alfiler, toda obra —de Mario García Torres, de Pollock, a ocho décadas de distancia, o de cualquier otro— se construye todos los días, de manera deliberada e involuntaria.
Ya lo dijeron Borges y Whitman: el ser es multitud. La búsqueda es eterna y siempre residual, y los escombros más importantes son los que permanecen dentro de cada cual. La memoria, como la premonición, nace del otro que ya hizo su trabajo y dejó una marca. El artista es todas las páginas que ha leído y cada imagen que ha quedado impregnada en su manera de enfrentarse al mundo. Quien crea es, a la vez, individuo e historia. Y como Whitman —muchas veces Whitman— cada persona es inmensa, contenedora de multitudes.
Para M Revista de Milenio, Mario García Torres se suma a la conversación para contextualizar la búsqueda de todo proceso creativo: el yo frente a lo ajeno y la importancia de dejarse fluir en ese encuentro donde creación y comunidad se reconocen. El combustible indispensable de la maquinaria cultural, hoy y siempre.
Cuando inicias una nueva exposición, ¿qué preguntas surgen? ¿Has encontrado respuestas?
No me interesa, como artista, generar respuestas; tampoco intento formular preguntas concretas. No me parece que esa sea la función de un artista hoy en día. Creo que la obra debe crecer en quien la experimenta y, con ello, generar quizá cuestionamientos que solo son posibles en un espacio personal.
En piezas tuyas, la historia se ve fragmentada y muchas cosas quedan fuera del relato. ¿Qué te interesa más preservar en esa documentación? ¿Cómo lo decides?
Considero que mi trabajo como artista es todo lo que sucede alrededor de mi práctica. El significado de una expresión va madurando a través de decisiones, a veces evidentes y otras minúsculas; en ocasiones también mundanas, pero que hacen posible una creación. Me refiero a lo que leo, lo que busco, lo que investigo: estas acciones surgen de una curiosidad real y honesta, y van conformando aquello que desvela mi trabajo. Algunos resultados de esas investigaciones aparecen de manera concreta en un proyecto; en otras ocasiones, lo hacen de forma sutil.
Cuando tu trabajo se expone, ¿das a las obras por terminadas o siguen transformándose con el tiempo?
Me parece que la obra debe funcionar como un señuelo, capaz de detonar una conversación que, potencialmente, se va transformando hasta encontrar su propio significado.
En ese sentido, una obra, un proyecto o una práctica son una apuesta; un dardo hacia el futuro, porque buscan generar un impacto a través de su transmisión, quizá en otro tiempo. El tiempo en el arte no responde a una magnitud física, sino a un campo donde una acción tiene la posibilidad de producir distintos significados.
¿Ha cambiado la manera en la que entiendes el presente?
Creo que vivimos un momento particularmente interesante, que ha generado una infinidad de operaciones nuevas en la producción artística. Cada fragmento individual se expresa y convive en un mismo espacio; me parece que el arte y la cultura popular están cada vez más cerca, y eso produce una plataforma donde las redes sociales funcionan como un espacio de expresión tan legítimo como un museo.
¿La acción performativa se convierte en una práctica artística o el trabajo necesario para comprender cualquier obra?
En ocasiones el arte es caprichoso porque responde a intereses personales que, potencialmente, encuentran una comunidad: un grupo de personas con inquietudes comunes. Es ahí donde una expresión se vuelve popular, cuando coincide con su comunidad.
Solíamos hablar de sentido, de coherencia, en el arte. Eran términos que buscaban legitimar una práctica. Hoy creo que estamos muy lejos de eso. Se asume al artista como un integrante más de una comunidad, igual de influenciado por lo que sucede a su alrededor que su público, con más preguntas que respuestas, como alguien en constante búsqueda de sí mismo. Por ello, un artista es siempre una multiplicidad.