Cultura

Brevísima historia de los estudios de la tragedia

Ensayo

En el siglo XXI el alma y la capacidad de pensar se rinden sin que el individuo y el colectivo perciban su derrota y el lucro que tal agotamiento genera para las economías globalizadas.

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Desde el primer gran acercamiento al género trágico en la era moderna, ofrecido por Friedrich Nietzsche (1844-1900) en El nacimiento de la tragedia (1872), hasta estudios fundamentales como La muerte de la tragedia (1961), de George Steiner (1929-2020) y Tragedia y filosofía (1968), de Walter Kaufmann (1921-1980), se ha asumido que la tragedia es un género del pasado, es decir, fenecido.

No hay consenso entre sus más lúcidos estudiosos. Tampoco en las razones de sus comienzos y evolución. La grieta más notoria en la mayoría de las “modernas” disquisiciones sobre género, escritas o verbales (comentarios en las redes sociales), estriba en desligarlo de su religiosa naturaleza y en la idea avivada por Steiner de que el mundo cristiano —para entendernos mejor, el católico— ha sido incapaz de producir una obra trágica.

En El origen del drama barroco alemán (1925), Walter Benjamin (1892-1940) se percató de que las alteraciones en los engranajes sociales y económicos de los siglos XVI y XVII posibilitaban el resurgimiento del género trágico. “El poderoso caballero / es don dinero”, como leemos en los versos de Francisco de Quevedo (1580-1645), se erguía como nuevo dios. Ya no eran las deidades del Olimpo las que desencadenaban el horror sino la política y las ciudades-Estado dirigidas por la nueva burguesía.

A fin de retomar el hallazgo de Walter Bejamin y sus repercusiones en la tragedia moderna resulta válido utilizar la idea de alienación para comprender su actual estado. El concepto de alienación se remonta a la Patrística y a la Escolástica (estudios doctrinales de la Iglesia aparecidos en la Edad Media), y luego fue diseminado a otras ramas del pensamiento.

“Dos amores fundaron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena; y el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial”, dice San Agustín de Hipona (354-430) en La ciudad de Dios (entre 412 y 426). Desde entonces hemos comprendido la alienación como la imposibilidad del individuo de percibir fenómenos sociales en su totalidad ya sea por egotismo o por su completa separación de la necesidad de saber.

En el siglo XIX Karl Marx (1818-1883) advirtió la alienación en el proletariado. Un resumen bastante preciso de la definición marxista de alienación, generado por Google, dice lo siguiente: “La alienación (o enajenación) es el proceso socioeconómico por el cual el trabajador es despojado de su propia esencia humana, perdiendo el control sobre lo que produce, sobre su propio cuerpo y sobre su vida, convirtiéndose en una mercancía más dentro del sistema capitalista”.

En el siglo XXI el concepto de alienación se ha expandido a nivel global mediante sofisticados mecanismos de hispercomunicación y de una despótica carga de trabajo agazapada como recompensa al esfuerzo. Así, el alma y la capacidad de pensar se rinden sin que el individuo y el colectivo perciban su derrota y el lucro que tal agotamiento genera para las economías globalizadas.

A través de su vasta obra el filósofo Byung Chul-Han (1959) muestra una punzante radiografía gestada por la urdimbre económica y social que nos impide escapar de la alienación. Basta consultar algunos de sus libros tales como El aroma del tiempo (2009), La sociedad del cansancio (2010), La agonía de Eros (2012), En el enjambre (2013), Psicopolítica (2014), La expulsión de lo distinto (2016), Infocracia (2022) y Vida contemplativa (2023) para atisbar la alienación económica, artística y religiosa que nos agobia.

Tal vez nunca la tragedia se ha hecho sentir sin ser vista. Nuestra época no la acepta. La era electrónica, el scroll infinito, la “comodidad” y el placer narcotizado son la pócima perfecta para los regímenes actuales, en apariencia “conservadores” y “liberales”, cuya ideología es hora de cuestionar pues ambos comulgan en el mismo banquete.

En esta nebulosa era la tragedia parece haber sido cribada en el duro tamiz de la abulia, la neurosis y la soledad. En el mundo griego Narciso fue víctima de su belleza. Hoy en día, el narcisismo, exacerbado por la Inteligencia Artificial (IA) Abierta, atenta contra la belleza.

La ceguera colectiva impuesta por un engañoso “Yo” raras veces voltea la mirada a la lírica, poesía de intensa reflexión sentimental, de la que surgió el género trágico. De hacerlo podríamos dar testimonio de nuestros posmodernos horrores.

La alienación planetaria impide ver el sentimiento trágico que agobia a las sociedades globalizadas propias del incierto siglo XXI y hace muy complejo, para no decir imposible, percibir la tragedia o verla trasvasada en diferentes géneros —la ópera, la novela, el cine—, ya que otro aspecto inherente de la tragedia, desde su nacimiento, ha sido su capacidad de regeneración. Hay materia trágica pero no la vemos.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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