Hace unas semanas volví de un viaje más o menos largo a Japón, adonde fui a dar unos seminarios sobre literatura y cultura latinoamericana. La invitación me la hizo la profesora Mizuho Narita, jefa del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe. Los viajes han sido siempre una oportunidad para conocer desde adentro lo que es (casi) imposible conocer desde afuera, sobre todo aquello que está en ciernes: libros, movimientos artísticos, pulsos y matices de una sociedad en constante cambio. Por eso, luego de cumplir con los compromisos académicos, en una conversación informal pregunté a la profesora Narita sobre el estado de la poesía japonesa actual, a qué nombres había que ponerles atención, qué corrientes estaban emergiendo, qué proponían, fuera de lo ya muy manido o exportado más allá de sus fronteras. Se tomó su tiempo y después fue puntual en los nombres: Sumiko Yagawa, Hiromi Ito, Iko Idogawa y Tahi Saihate. Todas mujeres, dijo, y las últimas dos muy jóvenes, pero voces igualmente potentes. Me di a la tarea de leerlas y, en efecto, ninguna me quedó a deber, pero tuve una especial atracción por una de ellas: Tahi Saihate, nacida en 1986. Ha ganado los premios más importantes de su país (el Chūya Nakahara, el Hanatsubaki y posteriormente el Hagiwara Sakutarō) y se ha consolidado como una de las voces imprescindibles de la poesía japonesa, porque la ha llevado a otros territorios antes inaccesibles: exposiciones, cine, publicidad, traducción y otros formatos, lo que le valió por eso mismo en 2024 el Premio de Fomento Cultural de la Prefectura de Kioto. Es una poeta particularmente celosa de su privacidad y cuando uno quiere conocer su rostro este suele devenir más bien en imágenes, palabras, objetos, tan es así que algunos se preguntan si de verdad existe o si es solo un fantasma detrás de una computadora, pues ella se dio a conocer a través de una abundante producción digital. Lo que es innegable es que ha conectado con el alma de la juventud japonesa y revelado su soledad, su desilusión, su melancolía, su dolor y su deseo de amar y de morir, al mismo tiempo, con la misma intensidad. Para quienes hemos caminado Japón, y estado en ciertas calles y ciertos atardeceres, en algunas de sus más oscuras madrugadas, y visto el impoluto color de sus hojas otoñales, es fácil comprender por qué Saihate ha penetrado en las fibras íntimas de la condición humana con una poesía cruda, directa, desenfadada, pero siempre premonitoria e incisiva:
“Los edificios, el mar, las montañas, la luz del sol que entra por la ventana, las cortinas, el viento que puedes ver cuando las hace ondear, y nuestros cuerpos. Está bien: todas estas cosas se reconstruyen cada varios cientos de millones de años. Todo termina cuando mueres, así que te diré que no mueras, y te diré que odies el mundo, una y otra vez”.
Autora de los libros Buenos días, El cielo se divide, A nosotros, que vamos a morir, y el célebre El cielo nocturno siempre tiene la mayor densidad de azul, que fue llevado al cine, da la sensación de que Tahi Saihate no te habla a ti de lo que le pasa a ella, sino que te habla solo y únicamente de lo que te pasa a ti mientras su rostro, detrás del poema, vuelve a hacerse presencia, y en ese cambio de paradigma es que ha logrado esa legión de lectores.
Te quiero. Me gusta mucho el hecho de que también puedas morir.
Saihate ha convertido otra vez el tú y el yo en un indivisible nosotros, y por eso mismo, hoy por hoy, su luminosa poesía se ha colocado en el centro y en la orilla de toda la melancolía de Japón.
AQ / MCB