Era de noche. Estaba bajo el influjo floral de la luna de Nepantla. Sonaba la primera parte del concierto en vivo en Köln de Keith Jarrett y yo improvisaba acontecimientos narrativos ordenados de acuerdo al sonido.
De pronto, lo supe: ¡tengo que recuperar a la Santa Realidad!, el primer equipo performático en la historia del futbol, que fundé con mis amigos.
En vez de nuestros apellidos, en la playera llevábamos escritos nuestros miedos.
Para meterle gol a la Santa Realidad, el rival debía bloquear a la Asfixia, superar a la Nostalgia, engañar a la Amargura, inmovilizar al Derrumbe, ser más hábil que el Insomnio, salir ileso de la Rabia, confundir a la Barbarie, driblar al Olvido, correr más rápido que la Parálisis, deshacerse de la Intolerancia y vencer a la Indecisión.
Nuestra vocación era visual. La mirada estaba puesta en el azar y en la plástica de formas/encadenamientos/accidentes/circunstancias que intervenían en las aspiraciones de nuestros enemigos para vencernos.
O, lo que es lo mismo: vencer sus miedos.
¿El riesgo?
Ser despedazados por ellos.
En el bar, tras el juego, siempre nos ilusionaba la idea de grabar los partidos con drones. Convertirlos en arte performático. Jugamos dos temporadas (2017-2018, 2018-2019). Nunca lo hicimos. Un subcampeonato fue nuestro máximo logro. Era fut 7.
Yo era el Vicio.
Mi número era el 11, pero jugaba de falso 9.
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La Santa Realidad se convirtió en la obsesión de mis noches. Su poética adquirió un cariz siniestro cuando mis decisiones dejaron de priorizar el gol para servir a la articulación performática.
Recuerdo el momento exacto en que fui devorado por mi propio miedo.
La Intolerancia despejó un centro de cabeza a la banda, donde Deuda desbordó hasta línea de fondo y, ante la salida del portero, la retrasó rasa, a mi entrada al área, solo, de frente, para empujarla al segundo poste con parte interna.
Pero algo en la transición me irritó. Intolerancia-Deuda-Vicio me pareció una progresión artística incompleta. La había imaginado de cinco. Por lo tanto, requería la intervención de la Barbarie y la Asfixia.
Así que el balón me terminó pasando entre las piernas mientras en mi cabeza encaprichada resolvía la parte poética.
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En la primera parte de su concierto en vivo en Köln, puedes escuchar a Keith Jarrett gemir: pequeños ruidos de dolor y éxtasis que se le filtran en el silencio entre dos pasajes.
También puedes sentir, en tiempo real, cuando abandona el control de los acontecimientos sonoros. Sentir el momento exacto en que cierra los ojos, se coloca en el filo del abismo e improvisa dispuesto a la trascendencia o al desastre.
Lo que sea.
Hacia el 3’36’’, el desenlace no resulta claro. El mismo artista no lo sabe. No lo sabe su imaginación. No lo saben sus manos.
Y la salvación nace en un sonido suave, pequeño, incompleto. Su dedo roza una tecla al 5’03’’. Un suave sonido encontrado, no elegido.
Keith Jarrett gime ante la certeza de un descubrimiento milagroso. Al entrar al minuto 6, ya es trance. Encadenamiento místico.
Entre el 9’44’’y el 14’00’’, la sensación es de una belleza que siempre ha estado ahí. Siempre ha sido nuestra. Pero solo hasta ahora nos hemos dado cuenta.
Tan pura que dejarla así sería pecado. Tan pura que la necesidad de provocar su oxidación surge como una obligación estética.
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Escribí Seis dardos en una cabaña en Nepantla. Iba a caminar dos horas en el bosque todas las mañanas. Trabajaba al regresar, después del sudor.
La construcción narrativa de la Santa Realidad fue espontánea. Al Vicio lo convertí en el entrenador. Lo hice monomaniaco, con la idea obsesiva de convertir la táctica futbolística en coreografía. Añadí esquemas, diagramas y charlas técnicas que así suenan:
“Intolerancia, debes estar anclada. Corres poco. Juegas menos con los pies que con la mirada. Miras y gritas. Previenes fugas y diriges contraataques vocalmente. Eres la capitana, única autorizada para discutir decisiones arbitrales. Si al terminar el partido no has tocado el balón, pero quedaste afónica, has tenido el partido perfecto”.
Así con cada miedo.
Como jazz, la Santa Realidad era el centro, pero no algo completo. Estaba increada.
Necesitaba concebir su nacimiento y luego provocar su oxidación. Degradar su belleza hasta volverla siniestra.
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El lugar donde nació Sor Juana estaba al otro lado de la barda. Los pájaros cambiaban de árbol con un desprecio absoluto por las fronteras. Alguna vez se pelearon a picotazos en el aire.
¿Quién era Vicio antes de representar un miedo?
Decidí llamarlo Lucas. Busqué entre mis cosas un elemento al azar para crear su identidad. Salió una vagina de silicona. Le pedí a Lucas describirla:
“Es una funda transparente hecha con algún material plastificado suave y elástico, de textura grumosa interior. De un lado hay un agujero por el que penetras y del otro una capucha que aplastas con los dedos para provocar succión. Cables metálicos pintados de amarillo rodean el tubo y se moldean de acuerdo al tamaño y consistencia del pene que debe abrazar”.
Entonces su origen quedó claro: un hombre atrapado en la tristeza clitoriadiana.
Patético, ridículo y repulsivo.
Que piensas cosas como:
“No puedo recordar lo que significa lo que es la vida libre de melancolía. Pienso en Flor viniendo en mi boca y me dan ganas de llorar. Imagino mi lengua en su clítoris y ya el resto de mi día ha quedado arruinado. Mi ruina siempre tiene la misma forma: la huida”.
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Sobre la tercera parte, la oxidación, se articuló sin la intervención de mi consciencia. Durante mis caminatas en el bosque, las ideas se iban conectando solas.
Ya estaban ahí, en algún lugar anterior a mí. Solo debía caminar, recibirlas, recordarlas y transcribirlas.
Así como lanzas seis dardos y luego te acercas al tablero, los despegas y comienzas a sumar. Te quieres convencer de que tuviste algo que ver en la configuración de TU resultado. En el fondo sabes que no, que el número final ya estaba en tu destino. Luego, llega otra vez la noche y ya no hay nada que hacer.
Quizá únicamente seguir resistiendo.
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