Ciudad de México /
Rojo,
de las huellas de su mano;
cuando la hoja seca, resbalada,
pudo caer frente al odre
donde el vino tinto nos esperaba.
Rojo,
de la carena.
La pequeña embarcación de madera,
en el desempeño de la espera;
los dos cuerpos, y sus almas,
llegando al apoteosis del platónico amor.
Rojo,
de la gaviota:
trasluciendo entre el goterío de la ola;
elevándose;
del sol y sus renuevos;
más el enredijo de una telaraña
interpuesta…
muy cerca de los ojos.
ÁSS