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Miércoles , 24.04.2019 / 10:26 Hoy

El silencioso oficio de editar

Libros

Víctor Núñez Jaime traza un perfil de Robert Gottlieb, uno de los editores más influyentes del siglo XX.
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Un editor es, siempre y ante todo, un gran lector. Robert Gottlieb (Nueva York, 1931) empezó a serlo a los cuatro años de edad con El libro de la selva y desde entonces supo que debía darse prisa para no ser devorado por la abundancia literaria. A los 15 años leyó Guerra y paz en catorce horas y al comenzar la universidad leyó los siete tomos de En busca del tiempo perdido en siete días. El desenfreno lo hizo a un lado varios años después, cuando empezó su carrera de editor en Simon & Schuster, la editorial estadunidense que encontró en los libros “de modas y tendencias” su principal mercado, y consolidó su método “lento y laborioso” al hacerse cargo de un destacadísimo grupo de autores en la prestigiosa Alfred A. Knopf, de la que saldría casi 20 años después para dirigir la exquisita revista The New Yorker.

“Bob”, como le dicen los autores que ha ayudado a encumbrar, es hoy un abuelo que va camino de los 90 años, guarda un enorme parecido físico con el director de cine Woody Allen, colecciona bolsos femeninos, es miembro de la junta rectora del Miami City Ballet y vive con su esposa, la actriz Maria Tucci, en una apacible casa de Manhattan, donde continúa leyendo y, cada tanto, escribiendo artículos, ensayos y biografías. Hace tres años publicó las memorias de su trayectoria profesional (Lector voraz), que la editorial Navona acaba de traducir al español, y con ello dejó claro que es uno de los editores más influyentes del siglo XX, junto a Maxwell Perkins, Jason Epstein o Michael Korda.

Javier Aparicio, catedrático de Literatura Contemporánea y Comparada y director del Máster en Edición de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona), destaca en el prólogo del libro que uno de los principales méritos de Gottlieb consiste en que “supo, como buen editor, adaptar sus lecturas al cariz de los textos que reposaban sobre su mesa de trabajo sin confundir jamás la realidad de la obra con el deseo del editor, esto es, no jugando a especular con los réditos de la calidad o a esperar que el carácter comercial traiga necesariamente consigo el prestigio”.

Bob era un niño de Brooklyn cuyos padres lo obligaban a salir a la calle para tomar el aire durante una hora al día y pasaba ese tiempo junto a la puerta de casa, jugando con el yoyo y contando los minutos para volver a su habitación, donde se sumergía en los libros de Henry James o escuchaba programas de radio. 

Después de sus estudios universitarios, en Columbia y Cambridge, consiguió su primer empleo como asistente editorial en Simon & Schuster. Era 1955 y el reto consistía todavía en “masificar” el libro. Permaneció ahí una década, aprendiendo el oficio y confiando en su juicio como lector, y luego se fue a dirigir Alfred A. Knopf, donde pasaron por sus manos todo tipo de géneros literarios y los más diversos autores: John Cheever, Doris Lessing, Salman Rushdie, Nora Ephron, John Le Carré, Lauren Bacall, Anne Tyler, Ray Bradbury, Katharine Graham, Michael Crichton, Toni Morrison, Bill Clinton, Janet Malcolm, Bob Dylan, Katharine Hepburn, John Updike...

“Uno de los golpes maestros de Alfred A. Knopf fue el modo en el que durante décadas, desde la fundación de la firma en 1915, convenció al mundo editorial, y al público, de que sus libros eran superiores, de que eran garantía de calidad. Y era una afirmación que tenía su mérito: ninguna otra editorial igualaba su récord de premios Nobel y Pulitzer”, subraya en Lector voraz, que contiene varias anécdotas al lado de estrellas internacionales de la pluma y un puñado de lecciones de edición.

Robert Gottlieb. (Cortesía: Farrar, Straus and Giroux)

En 1972, Toni Morrison era una ex editora que había escrito una novela, Ojos azules, y Gottlieb la convenció para que siguiera escribiendo. Un año después, la mujer que obtuvo el Nobel en 1993 le entregó Sula y, hasta la fecha, él sigue siendo su editor.

“Estábamos hechos el uno para el otro: leemos del mismo modo, por lo que cuando le hago una sugerencia sabe al instante por qué, tanto si es sobre una frase como si se trata de un problema estructural mayor. […] Nuestros únicos verdaderos desacuerdos han tenido que ver con las comas, puesto que ella las odia y yo las amo. Yo las pongo, ella las quita, y negociamos”.

En la lista de sus grandes amigas también está Doris Lessing. “Trabajé con ella más de 20 años y la quise hasta su muerte. Conocí a Doris en uno de mis primeros viajes a Londres; me impactó su llamativa belleza y me encandiló su severa inteligencia. […] Nunca aceptó ninguno de mis consejos editoriales, pero afirmaba que los seguía todos. La realidad era que no le gustaba pensar las cosas o reescribirlas de nuevo. […] La característica más sorprendente de Doris quizá fue su cabezonería: cuanto más locas eran sus ideas, más locamente las defendía. Un día me sacó de quicio insistiendo que el mundo iba a ser destruido por una catástrofe nuclear y que debíamos mudarnos a cuevas bien profundas en los Alpes suizos. Pero su mayor locura fue, posiblemente, su insistencia en publicar dos novelas bajo un seudónimo (Jane Somers). Estaba decidida a demostrar que la novela de un absoluto desconocido recibiría menos atención pública que la novela de un escritor famoso. Y tenía razón, claro. […] La última vez que estuve con ella —tenía ya sus 90 años— su mente divagaba. Fue doloroso verlo”.

A Bob Dylan le publicó una colección de sus canciones (Lyrics). Durante una cena con él para ultimar la edición del libro, recuerda, tuvo una revelación: “este genio rebelde y formidable estrella era prácticamente un niño: intuías que apenas sabía cómo atarse un zapato y mucho menos rellenar un cheque. ¿Cómo pudo este comportamiento inocente encajar con la furia quejumbrosa y desapacible de 'Like a Rolling Stone'?”. También afirma que una de las relaciones autor-editor más estimulantes que ha tenido es con John Le Carré:

“A nivel personal es tremendamente agradable porque es muy encantador, muy divertido y muy inteligente. Adora la comida y el vino y caminar y, en algún momento, le pidió a su agente que se incluyera en el contrato editorial una cláusula por la que debía llevarle al menos a un restaurante de primera categoría cuando estuviera en Nueva York”.

Bob Dylan. (Archivo)

Un halo de narcisismo

Pero en la vida de un editor no todo es armonía y quizá lo más difícil sea saber manejar los egos de sus autores. Gottlieb se sincera al respecto en sus memorias.

V. S. Naipaul no aceptaba sugerencias editoriales y afortunadamente no las necesitaba. La verdad es que percibí en él un halo de narcisismo y demasiada ira contenida. También era un esnob. ¡Pero qué pedazo de escritor!. […] Otro escritor de primer rango que terminó por disgustarme fue Roald Dahl porque su comportamiento en Knopf era errático y grosero. Trataba a las secretarias como sirvientas y se enrabietaba tanto en persona como por carta. Trabajamos en tres o cuatro libros juntos, pero cuando me envió una carta llena de quejas y amenazándome con marcharse de la editorial a menos que nos doblegásemos ante él, decidí que ya era suficiente y le envié una respuesta de despedida diciéndole que la cuestión no era si él iba a marcharse, sino si íbamos a seguir aguantándolo. Y se acabó. […] Uno de los momentos más incómodos que he tenido con un escritor, al menos desde mi punto de vista, fue con Salman Rushdie. Dos años después de publicar Hijos de la medianoche, que ganó el Premio Booker del Reino Unido, publicamos Vergüenza, otra novela extraordinaria. Pero algo había cambiado: Salman. Desde el mismo instante en que ganó el Booker parecía más exigente, menos cordial”.

El escritor británico Salman Rushdie. (Archivo)

​A Bob Gottlieb no le disgustaba ir a su centro de trabajo pero ahí no podía desempeñarse cabalmente. “Disfrutaba de la vida de oficina —colaborar, negociar, la presión—, disfrutaba incluso las reuniones que tanta gente odiaba. Pero era en casa donde hacía el trabajo de verdad, la responsabilidad de verdad, es decir, leer y editar manuscritos. Nunca he sido capaz de hacerlo en la frenética atmósfera de la oficina”, confiesa en su libro. En la soledad y el silencio de su casa, añade, lee los manuscritos “muy rápido, en cuanto me llegan. No suelo usar lápiz en la primera lectura porque se trata de sacar impresiones. Cuando lo termino, llamo al escritor y le digo lo que está bien y qué problemas veo. Luego vuelvo a leer el manuscrito, con más cuidado, y señalo aquellos aspectos que vi problemáticos para tratar de averiguar qué está mal. La segunda vez busco soluciones”.

Así ha aprendido, entre otras cosas, que “todo editor debe dejarse guiar por sus gustos e instintos dentro de los límites generales de la editorial en la que trabaja y debe esforzarse para que la relación entre escritor y editor sea productiva: el escritor ha de estar dispuesto a escuchar con la mente abierta y sin egotismo alguno lo que el editor tenga que decirle, y éste ha de sentirse libre de decir prácticamente cualquier cosa a sabiendas de que el escritor dispone de la flexibilidad y confianza en sí mismo suficientes como para seguir sus consejos o no. […] Siempre he intentado trasmitir a los aspirantes a escritor que lo más dañino que le puede hacer un editor a un escritor es intentar convertir un libro en algo que no es, en vez de intentar crear una versión mejorada de lo que ya es”.

En 1987, Gottilieb aceptó cambiar la edición de libros por la de una de las revistas más prestigiosas del mundo. Pero el equipo del The New Yorker no recibió con agrado la noticia. Incluso, la mayoría firmó una carta en donde le pedían que abandonara el puesto. Él asegura, sin embargo, que eso no le molestó y que se centró en revitalizar la revista, encontrando nuevos escritores “que casasen con los antiguos” y tratando de cubrir informativamente la mayor parte del mundo. 

“Un golpe de suerte me trajo a Alma Guillermoprieto. La envié a todas partes, porque sabía que volvería de Bolivia o de Brasil o de su México natal con historias originales y reveladoras, dada su impulsora curiosidad y su prosa poderosa. También fue increíblemente satisfactorio hacer uso del joven Mark Danner; convencí a Joan Didion de que escribiera para nosotros desde California y el último reportero que recibí en la revista fue David Remnick, que hoy es el director”.

En el fondo, el hombre que hoy escribe también sobre danza sabía que en la revista era “un profesional forastero”: “lo que me desconcertó fue el cambio en mi relación con los escritores. En el mundo del libro el que tiene la última palabra es el escritor y es como debe ser: es su libro, no el tuyo. Y si el libro es del escritor, la revista es del editor. En otras palabras, los escritores tenían que complacerme, no al revés, que es a lo que estaba acostumbrado. Y me sentía incómodo. Además, no era nada divertido dirigir un barco que perdía dinero: no sabía cómo atraer anunciantes. Así que entendí que no tardarían en sustituirme”. Así ocurrió en 1992 y entonces volvió a Knopf como editor asociado, donde a la distancia y en silencio continúa tratando de sacar lo mejor de algunos autores.

​ASS​​

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