Cultura

Reflexiones en torno a los fondos documentales filosóficos: la importancia de recuperar a Rosario Castellanos

Opinión

Es hora de recuperar el pensamiento filosófico de Rosario Castellanos, para que pueda ser aprovechado por las nuevas generaciones y enriquecer la historia de las ideas en México.

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Una de mis mayores preocupaciones es la escasez de referentes femeninos para las mujeres jóvenes que ingresan a la carrera de filosofía en México. Por eso, a principios de año comencé una estancia postdoctoral en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM con un proyecto de investigación en torno a “La filosofía de Rosario Castellanos”, con el que espero contribuir a hacer visible este aspecto, para mí medular, de la obra de la gran autora de textos como Mujer que sabe latín (1973), Rito de iniciación (publicado en 1993), Sobre cultura femenina (1950) y, desde luego, sus novelas más conocidas, como Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962), además de su vasta producción ensayística y poética. Castellanos fue una escritora prolífica, reconocida, premiada y celebrada, excepto en el orden de la filosofía. Es hora de recuperar su pensamiento filosófico, no nada más para que pueda ser aprovechado por las nuevas generaciones de estudiantes, sino para enriquecer la de por sí interesante historia de las ideas en México, donde la aportación de las mujeres brilla por su ausencia. Castellanos tuvo importantes contribuciones al menos en cuatro ramas de la filosofía: la corriente decolonial, con su visión realista del mundo indígena; la existencial, en la que aportó, entre otras cosas, la que acaso sea una de las pocas “novelas filosóficas” en México (Rito de iniciación); la de la ontología de “lo mexicano”, que inauguró el Grupo Hiperión; y la del feminismo filosófico.

El Instituto de Investigaciones Filosóficas alberga, precisamente, los “fondos documentales” de doce filósofos y una filósofa del México del siglo XX, pero, para mi sorpresa, casi nada hay ahí de Castellanos. Solo se registra un par de cartas que ella escribió a Fernando Salmerón desde Israel, pero no hay mención suya en el archivo de Luis Villoro, Emilio Uranga, Samuel Ramos, José Gaos, Paula Gómez Alonzo y Bernabé Navarro; aún no sé en el de Ramón Xirau, pues no ha sido digitalizado.


Cuando, en 2025, con ocasión del centenario del nacimiento de Rosario Castellanos, se inauguró en el Antiguo Colegio de San Ildefonso una exposición que llamaron “Un cielo sin fronteras. Rosario Castellanos: archivo inédito”, fui presurosa y, sobre todo, ilusionada, pensando que quizá ahí encontraría el material suficiente para complementar mi investigación. Pensé que se había logrado reunir correspondencia, manuscritos, primeras ediciones y otros materiales para armar un conjunto de documentos como los que resguarda con celo académico el IIF y que da a investigadoras e investigadores de todo el mundo la oportunidad de profundizar en su conocimiento de los filósofos (y la única filósofa) cuyos legados quedaron ahí.

Por cierto, si de verdad existiera un archivo Rosario Castellanos, ese es el sitio que podría —o me atrevo a decir debería— resguardarlo y ponerlo a disposición de quienes desean estudiarla: para eso sirven los archivos. ¿Por qué ahí? Porque, a final de cuentas, Castellanos fue alumna de la carrera de filosofía, en la que conoció al que sería su marido, Ricardo Guerra, al resto de los “hiperiones”, y a otros colegas y maestros, que ya he mencionado. Y, sobre todo, porque, como sostiene una nueva corriente de análisis académico, el conjunto de su obra está permeado por la reflexión filosófica, que la acompañaría hasta el último momento.

La exposición de San Ildefonso fue una experiencia anticlimática: lo exhibido ahí lejos estaba de constituir un archivo, puesto que se mostraron apenas algunas fotografías, algún documental, escasos objetos personales, unos pocos libros de su autoría (que recuerde, no primeras ediciones) y nada de lo que debió ser su muy extensa biblioteca, pues Castellanos era una lectora asidua, casi se diría que compulsiva. Más que un legado histórico, resultó un ejercicio de buenas intenciones de las que —Castellanos seguramente nos recordaría— está empedrado el camino hacia el infierno.

Sin embargo, celebro que se realizara la exposición, porque fue bueno comprobar que tuvo abundante afluencia de visitantes, una prueba más del interés que Castellanos continúa despertando. Su hijo, Gabriel Guerra, era casi un niño cuando murió su madre: no había forma de que pudiera anticipar el valor de los documentos diversos que dejó Rosario Castellanos. Ricardo Guerra, en cambio, sin duda era consciente de que un archivo es un tesoro, pero acaso no imaginó que su exmujer, de la que se había divorciado años antes, continuaría concitando tanta adoración intelectual con el paso de los años, por más que Castellanos ya era una especie de estrella literaria en su propio tiempo histórico. Es posible también que no lo pensara porque, después de todo, ella era mujer, y, bueno, digamos que estaba muy normalizado que se subestimara su potencial valor para la posteridad.

Veo que hay algunos cambios en ese sentido. Unos años atrás, ni siquiera Frida Kahlo era la figura de devoción casi religiosa en la que se ha convertido hoy, lo que hace que todos los días se formen larguísimas filas para ingresar a la “Casa Azul” en Coyoacán. Pero cuando, en 2014, fui al museo con uno de mis hijos, compré las entradas al llegar y, ya dentro, fuimos los únicos visitantes. Ahora, el boleto hay que adquirirlo en línea, con un mes de anticipación, a menos, claro, que la visitante sea Madonna o Dua Lipa.

¿Qué ha ocurrido? Por un lado, quizá el mero desenfreno de los tiempos: las redes sociales, las modas, qué sé yo. Por otro, que es en lo que quiero enfocarme, lo que vi en la exposición fue que muchísimas de las asistentes eran mujeres jóvenes, lo que puede responder a una sed por esas referentes de las que fueron privadas. Hay una transformación que aplaudo; o será que nos fuimos curando de esa suerte de ceguera que por siglos hizo invisibles a las filósofas. Las y los jóvenes del primer cuarto del siglo XXI aprendieron que “no está bueno” normalizar los prejuicios, o puede ser que haber crecido en hogares monoparentales las y los llevó a apreciar a la mujer que saca adelante a su familia, lidiando con todo lo que eso requiere y significa, y a verla como lo que es: una auténtica fuerza de la naturaleza. También puede ser porque hay quienes, tercamente, hemos ido incomodando al canon con la pregunta: ¿dónde están las filósofas? O acaso sea porque el mero ejercicio del pensamiento crítico enseña que los sesgos de género, como todos los sesgos, son irracionales, injustos, injustificados.

Fanny del Río es doctora en filosofía por la UNAM. Actualmente cursa una Estancia Postdoctoral de SECIHTI en el Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM.

AQ / MCB

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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