Cultura

Propaganda del siglo corto

Bichos y parientes

La expansión imperial de Estados Unidos en 1898 mostró cómo el orgullo nacional y los periódicos de masas podían desplazar la reflexión moral.

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Ya he argüido en contra de la designación del siglo XX como siglo corto. Me gusta mucho Hobsbawm, que lo dijo en Age of Extremes: The Short Twentieth Century 1914–1991, porque vio a Europa, centro del mundo, transformarse en la Guerra de 1914. Digo que se equivoca porque no vio el surgimiento del gran hegemón del siglo XX: los Estados Unidos.

En 1898, la potencia americana decidió que era hora de sentarse en la mesa de los grandes. La guerra con España fue un bullying total, pero era lo de menos. En un solo movimiento, los norteamericanos terminaron con la ocupación española en América, pero tampoco era eso lo sustancial. La discusión en los Estados Unidos se centra casi toda en Filipinas, Guam y Hawái. Cuba y Puerto Rico eran secundarios. Pensaban en escala global, no regional. La nueva potencia ponía ante el mundo un nuevo orden: una fuerza naval entre las cinco más poderosas del mundo (si bien menor que la inglesa y la alemana), con nuevas tecnologías bélicas y de transportación a gran escala (máquinas de vapor de triple expansión). Y la conmovedora reflexión de Ángel Ganivet: “La invención del vapor fue un golpe mortal para nuestro poder. Hasta hace poco ni sabíamos construir un buque de guerra, y hasta hace poquísimo nuestros maquinistas eran extranjeros” (El porvenir de España, parte I). Pero lo decisivo era un demonio que configura el mundo desde entonces: los Estados Unidos produjeron diarios que superaban el millón de ejemplares. El primer periódico en superar la línea del millón fue el parisino Le Petit Journal, en 1886. Pero varias veces, en 1898, los periódicos de masas de Hearst y Pulitzer (el New York Journal y el New York World) superaron esa cifra en los días de mayor notoriedad guerrera. Los grandes tirajes, ya existentes en Europa, fueron superados por el momento crucial americano: la nación que nació para la república y la democracia se sumaba a la mesa de los imperios. El orgullo de la victoria ataranta a la ética.

Ese mismo año vimos en los Estados Unidos un fenómeno que Europa todavía no reconocía, aunque lo temiera: la información de masas ya no requirió de las voces de sus intelectuales más notables. Mientras los grandes tirajes informan a las masas, los Estados Unidos mantuvieron una discusión nodal, profunda: Mark Twain, William James, Andrew Carnegie, Carl Schurz y otros formaron la Liga Antiimperialista. Desde luego, no combatían; argumentaban desde sus conciencias. Argüían que anexar Filipinas y librar una guerra de conquista traicionaba la Declaración de Independencia, el consentimiento de los gobernados y la tradición antimilitarista republicana. Era un pacifismo de fundamentos: humanos (no se puede subyugar a otro pueblo), democráticos (el gobierno sin consentimiento es ilegítimo) y nacionales (hacerlo corrompe a la República misma). Su fuerza estaba en la coherencia moral y en el registro escrito (ensayos, panfletos, discursos). Pero su debilidad ya era estructural: la Liga carecía de base de masas y llegaba tarde o con menor volumen frente a la prensa y al orgullo de la victoria. Contribuyó a una reflexión ética duradera —la tensión entre ideales fundacionales y práctica imperial—, pero no detuvo la política. Así como la flota estadunidense aplastó a la armada española, la opinión de los millones aplastó a la reflexión de la ética en la política. Desde 1898, el número puede ignorar a la reflexión. La propaganda gana y puede despreciar toda objeción y toda crítica que carezca de números. El archivo de la Liga y la obra de Twain, Dewey o James seguirá leyéndose y no pierde valor, a diferencia de los diarios de gran tiraje. Pero la racionalidad no es genérica, ni contagiosa: solo se da en quien hace el esfuerzo de ponerse a pensar, como señaló después José Ortega y Gasset. El hecho es que en 1898 vimos surgir el nuevo monstruo que puede hozar el pensamiento y vomitarlo. A lo largo del siglo XX pudo ignorar a la conciencia; en el XXI, a la verdad.

Hay antecedentes: Edmund Burke objetaba a los entusiastas de la Revolución francesa: la libertad no se suma y no crece; mil individuos libres no tienen más libertad que un individuo libre: tienen más poder, les dijo. No importó. El entusiasmo revolucionario no tenía tiempo para detenerse a reflexionar. La modernidad mantuvo siempre un espacio de reflexión para lectores con autonomía moral e intelectual. Pero los lectores de revistas y libros nunca fueron, ni son, suficientes para revertir una propaganda exitosa.


AQ / MCB

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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