Cultura

‘Poemas de Provenza’, de David Noria: un exigente cernidor de sus propias letras

Reseña

Entre paisajes europeos, referencias filosóficas y ecos de la tradición literaria, David Noria construye un itinerario íntimo donde viajar también significa explorar la soledad, el amor, la memoria y las transformaciones del espíritu.

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La formación de un intelectual para observar el presente o el pasado en forma crítica, requiere de esmero y dedicación de orfebrería. Hundirse en el océano de las páginas civilizatorias y su interpretación. Eso hacen algunos polígrafos. “Has de aprender mientras no sepas”, escribió Séneca en una de sus persuasivas cartas a Lucilio. Y sí, la pulsión por el conocimiento moldea a los eruditos, pero el impulso del poeta parece venir de la más prístina lealtad al instinto. Se mueve por las emociones que su naturaleza derrama. T. S. Eliot, sin embargo, en su ensayo Tradition and the Individual Talent, tras redefinir la tradición, abordó su idea de que la emoción del poeta es impersonal, matizada por el reducto de la formación previa, nunca un desfogue íntimo. Paul Valéry ya había abordado el tema en sus ensayos Poésie et pensée abstraite, Questions de poésie y sus célebres Cahiers. Exigía, en pos de la pureza poética, no considerar como fuente lo anecdótico personal y centrarse en el rigor de la expresión de esos estados para provocar, quizá, lo que comunican más allá de la literalidad. Así, el poema no sería una confesión. Sin embargo, de vuelta al pensamiento de Eliot, huir de la emoción o de la personalidad, así sea como reacción a los excesos del romanticismo, sería despojarse del misticismo implícito. Ahora bien, Octavio Paz contrario al arte ideologizado también lo fue del arte puro. La profunda reflexión sobre su tiempo, a la postre, no habría de ser escollo para poetizar la ausencia, el amor, el recuerdo, la alteridad, el mundo y lo inefable. Su aspiración de conciliar la revelación con la reflexión crítica, animada por la formación intelectual, aún nos orienta.

Es conveniente reflexionar sobre estas ideas simplificadas aquí en exceso, para discurrir sobre el autor de los Poemas de Provenza (UANL, 2025), publicado con el saludo del poeta, ensayista y traductor Jean-Clarence Lambert —quien alguna vez, a su vez, fue saludado en su primera obra por Paul Éluard— y un prefacio del poeta Éric Sarner. David Noria (1993) se nos presenta como un intelectual joven dotado ya con el arsenal grecolatino, firmes convicciones literarias sobre su lengua madre y explorador de las rutas de Alfonso Reyes. Estamos ante un escritor movido por el apetito del conocimiento gestado en todos los puntos de la rosa de los vientos, y animado por la convicción de que encontrar el centro de la esencia propia es punto de partida para avanzar por senderos diversos y lejanos. Casi una aspiración sufi del andalusí Ibn Tufail (1110-1185). En tal proceso este poeta ha explorado los frutos de la meditación ajena y ha formulado los propios, arraigado en la cultura occidental con guiños al antecedente de la mexicanidad. En todo caso, esta es la usual construcción histórica del gran pensamiento universal. Así, la madurez de Noria se despliega en la tarea constante de la entrevista, la traducción y el ensayo, diría que con avidez y sin cesura. Pero ahora, en su libro nos ofrece cinco años de poemas arramblados como arena del litoral memorioso mientras construía otros espacios mentales en el lapso de 2020 a 2025. Conjeturé y confirmé que antes, su exigencia le hizo desechar alrededor de un centenar de fojas con poemas sin la estatura de sus paradigmas. Apenas sobrevivieron a la hoguera los incluidos en sus ensayos Bajé ayer al Pireo. Estudios helénicos (Bonilla Artigas, 2025), donde es el estudioso quien escribe con puntual aplomo y el sabor de la prole de Zeus. Dominó en ellos el impulso por la verdad mítica, sobre el espontáneo furor del lirismo. No estamos, pues, ante un poeta moroso, sino frente a un exigente cernidor de sus propias letras, indispuesto a la premura que suele acuciar a la legión de improbables émulos de Rimbaud. Pareciera que este bardo ha domeñado el arrebato con el superyó poético freudiano —dirían algunos— a la manera recomendada por Eliot. Pero tengo para mí que, así como Kafka revelaba íntimas convulsiones en sus cartas personales y numerosas —el venero de sus arroyos—, la buena nueva es que, con cierta templanza, este poeta sí liberó emociones despojado de la astringencia de la autocensura mental. En estos códigos encuentro una disposición más allá del peregrino devoto, religioso o social. Si el Childe Harold's Pilgrimage (1812) de George Byron suele ser un lugar común de referencia cultural, es necesario comprender que el peregrino prístino tiene un destino obligado, casi sacro y con gratificación espiritual o ideológica; la aspiración metafísica desde donde ha de efectuar el tornaviaje. Pero el viajero vagamundo, como el célebre británico, da su atestación del tiempo, transita, enjuicia, entristece, se azora. Ese tipo de migrante, desnudo y solo, se interesa más por vivir la jornada que por la culminación del tránsito. Incluso el recorrido es interior y simultáneo al ejercido sobre la epidermis externa de la ruta. Melville pretendió marcar distancia en Clarel (1876), y respondió a la pregunta de “¿Eres un peregrino?”, con una evasión: “Soy un viajero —dijo—, nada más”. No lo era, y veinte años más tarde llegó a la verdadera meta con un extenso y complejo poemario. En todo caso, Noria insiste en serlo, pero alineado en el grupo de Byron. Así lo advierte en un poema incluido en sus ensayos helénicos y lo reiteró casi al inicio de sus poemas en 2020: “Soy un peregrino / entre las refracciones, / inasibles formas del corazón”. Escribió esto bajo el rubor bermejo de un antiguo convento visitado donde reposan los restos de santo Tomás de Aquino, pero, a mi entender, se inscribe en la imagen del camino desde una perspectiva epistemológica diversa a la aristotélico-tomista —el camino según el fin— o epicúrea —el camino según su origen—, para hacerlo propiamente en términos del prebudismo chino en que el camino no está preestablecido y lo define el camino mismo. Me refugio ahora en los conceptos de Hélène Guillaume (Déclinaisons de la voie: avoiement, dévoiement, fourvoiement, Presses universitaires de Perpignan, 2006), porque aquí también “los detalles del viaje tienen tanto significado como la llegada a la meta”. Estamos hoy ante un diario de viaje, queriéndolo o no, donde lo espacial cohabita con lo emocional intangible, ralentizado por la paciencia de quien observa incluso a la mujer sin nombre añorada aun antes de conocerla, o conocida en el ayer fulminado, pero soñada con un nombre que el poeta no recuerda. Las desviaciones, el desvío en la espacialidad, son el otro sendero reencontrado tras las hipotiposis requeridas para continuar en la ruta que siempre da en el blanco solitario, porque no existe camino lineal ni único para llegar a él.

Si hay algo expresamente nombrado o sugerido en estos poemas, es la soledad. Por ello, quien inició su conocimiento del mundo como un infante del aprendizaje autónomo, se hace las preguntas fundamentales de la vida como lo hace un viajero errante: “vigilantes mis ojos ante el desfile de rostros y vestidos sugerentes, / y sensible mi piel al manto fresco y translúcido del mar / para un cuerpo como el mío caliente y turbio […]”. Entonces la “verdadera nube” se transforma, como todo, en desgarramiento y disolvencias y el aventurero toma nota de la desintegración de lo único que ha existido: el celaje. A veces el héroe se fatiga y no lo oculta, lo dice en un giro italiano que también da fin a los pasos perdidos por la Bretaña, para luego recordar lo pernicioso que fue “leer filosofía”, ahora que registra lo visto, absorto por el mundo que descubre igual y diferente en todas partes.

En esos primeros espasmos sobresale la imagen, mas la metáfora no perturba sus epifanías y vuelve a ellas “semánticamente saturado”. La suya es ahora la mirada que confirma la veracidad de su existencia en la nube tornasol del colibrí, antes disuelta por el viento. La mujer abstracta cuyo rostro él sí recuerda bien, sin embargo, cobra formas en su mundo fantasmal con el viento que la abraza. Aquí no hay la mirada atónita ni el estupor del mal viajero (como lo fue Canetti en Marrakech, o Melville en la Tierra Santa), y entonces le asalta la sensación del tiempo limitado para amar: “Dátiles y queso / y mi guitarra al lado / pero amor no hubo / andaba ocupado / haciendo gala de espléndido en la plaza”. El amor correspondido se evanece como las cortesanas distantes de un carnaval veneciano. Luego una “Canción de primavera en otoño” en Aix y su leyenda de pintores trágicos, le hace afirmar que: “El objetivo de una vida es aprender a morir”, y resucita en él sus lecturas de Petrarca y el verso aquel de la “Canzone XXXV”: Ch’un bel morir tutta la vita honora. La copla estaba allí, posada en alguna rama del jardín de su memoria —para usar la imagen de Orhan Pamuk— que él visitará como a las siete colinas de Bizancio.

Noria suele buscar los bosques, ya en Aix o en el distrito XIV de París, tan cerca de las aulas de su corazón. ¿Busca en su andar y sus poemas la luz que traspasa las hojas, el komorebi, la meditación?, ¿o la frescura de las piedras hundidas en el agua? Para decirlo con su verso: “¿Y qué son las piedras, sino nubes más lentas?”. Si alguna duda hubiese yo abrigado por la recurrencia de una palabra en el poemario. Si no hubiese advertido que más de la mitad de este texto fue escrito durante las singladuras del confinamiento en Francia, asiento de su estancia, cuando nuestra imagen en la calle se correspondía con el grabado de Paul Fürst (“Der Doktor Schnabel von Rom”, 1656). Si el fluir de las estaciones no lo midiesen los ciclos del calor y el frío, las flores y la nieve, en poemas donde también podría decirse: “Toda juventud es sufrimiento”. Si el Eclesiastés reformulado por sus versos no afirmara “[…] que no hay noticias. / Lo que es hoy ha sido ayer / y será mañana”, no hubiese reparado en esos ecos del poema de David al citar al rey David transliterado por san Jerónimo: Ecce elongavi fugiens donde, con pudor o melancolía, nuestro poeta omite et mansi in solitudine. El Salmo 54:8 en la Biblia Sacra Vulgata, tan revisada —donde el pastor de ovejas, el fugitivo de su hermano en el desierto, nos confiesa: “He huido lejos, y he habitado en la soledad”—, es el nicho de palabras donde el poeta admite “[…] que la hora exquisita / es cuando se acepta la derrota” y le espeta a Europa –quizá no sólo al accidente geopolítico, sino a la bella fenicia llevada a Creta en los lomos de un toro que también es Zeus–: “[…] mi corazón fue puesto a prueba en tus calles / y en tus calles erré y me vi solo”. Y de nuevo David parafrasea al rey David, Salmo 55:6 y con el tribal monarca en fuga pregunta: ¿Quién me diese alas como de paloma? Volaría.

Salto a continuación durante un año entre sus versos, “Desde un rincón de la noche”, donde “[…] el mundo verdadero […] es una noche helada, violenta y sucia”. Y le pide a un lucero: “No permitas que me envilezca. / Déjame siempre regresar a ti”. Oye a Bach en la catedral de Aix, el tornaviaje está próximo, se abre entonces la pregunta: qué permanece en las paredes donde habitamos. ¿Acaso dejamos una huella espiritual en ellas? El duelo por otra pérdida se avecina. Partir es morir un poco. Ahora llega “La última noticia del solsticio de verano” y de nuevo el viajero hace un desvío. Estambul lo espera, pero creo que en su corazón siempre buscó a Constantinopla y más que a Gátala Kulesi él vio la apócrifa Torre de los Genoveses, aunque celebró con la “leche de león”, el aslan sütü, como quien no abandona la presencia de Grecia —carne de su carne—, antes de volver al suelo franco por el camino de Roma y leer la epístola Oratio de hominis dignitate cinco siglos más tarde que Giovanni Pico della Mirandola y refrenda así la fe en la inteligencia como una capacidad de la libertad. No puedo dejar de ver aquí una ranura que lleva al Milton de Paradise Lost y la paradoja del libre albedrío ante el destino inmutable de la predestinación cristiana. Pero importa decir que estamos ante el final del diario, otra vez con una segunda entrada en Miércoles de Ceniza (22 de febrero de 2023 y 5 de marzo de 2025), y algo dentro de mí me lleva a Eliot, al de Missouri y al de Londres, al de Ash Wednesday — “Porque no abrigo esperanzas de volver otra vez […]”—. Pero para David Noria, aquí y ahora, inició un renacimiento, un florecimiento del espíritu fundado en la esperanza, y selló con palabras su aspiración y compromiso con esta estrofa:

Entre las páginas de mi cuaderno
desfloro todas las bondades
guardando sus pétalos inasibles, yo,
dedicado como estoy
al ministerio inmerecido de estos versos.

AQ / MCB

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