Cultura

Odi et amo

Bichos y parientes

Un poema brevísimo de Catulo convirtió la unión de amor y odio en un misterio perdurable. La poesía occidental volvió una y otra vez sobre ese nudo.

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Uno de los poemas más intrigantes de la historia es un dístico simplísimo de Catulo (el 85 en el catálogo): Odi et amo. quare id faciam, fortasse requiris./ nescio, sed fieri sentio et excrucior. (“Odio y amo. ¿Por qué así? preguntas. / No sé, pero eso siento y me tortura.”). El primer verso es hexámetro; el segundo, pentámetro. Está lleno de trucos gramaticales, pero es coloquial, sencillo, casi prosa. Y ni siquiera es un tropo original. Parece tomado de los griegos. Safo (“Otra vez Eros, que afloja los miembros, me sacude / criatura agridulce, irresistible”) y Anacreonte (“Amo y no amo; enloquezco y no enloquezco”).

La idea es abundantísima en toda la poesía occidental. El enamorado sufre por fuerzas que lo superan, vengan de los dioses o del fuero interno, y se halla presa de pasiones contradictorias que no puede explicar. Sin embargo, queda cifrado como asunto de Catulo porque nadie ha podido repetir el nudo.

Lo intentaron otros latinos. Marcial: “Yo no te amo, Sabidio, / y no sé decir por qué. / Solo sé que no te amo” (que traduje en tres octosílabos, pero el epigrama original es otro dístico).

En el siglo XIII, el trovador Pero de Ponte escribió una cantiga notable: Se eu podesse desamar (“si yo pudiera desamar”).

Petrarca transformó el nudo catuliano en un motor de contradicciones productivas. Por ejemplo: Pace non trovo… (134 en el Cancionero: “No encuentro paz y combatir no puedo; / y espero y temo, y ardo y soy un hielo”).

Petrarca y su larga estela de poetas eligieron el oxímoron. La perplejidad por la paradoja, que todo poeta ha visitado.

Es uno de los lugares más habitados por la poesía española. Lope (“Ir y quedarse”) y Quevedo (“es hielo abrasador, es fuego helado”) y hasta Sor Juana (“Al que ingrato me deja busco amante; / al que amante me sigue, dejo ingrata”).

En inglés, igual, abunda, y con sus propios genios. Shakespeare, por ejemplo, en los sonetos de aquella Dark Lady que lo vuelve sucio y lúcido.

Es cuando la contradicción anímica se vuelve goce y sufrimiento. Y halla imágenes admirables y metáforas insuperables. Pero es la contradicción, la paradoja, el oxímoron. No es lo que hizo Catulo, que no se contradice, o no de modo simple. Son sentimientos contradictorios, el amor y el odio, para la cabeza que piensa y abstrae. Para el enamorado son convergentes, simultáneos, y se refuerzan uno al otro. Caso interesante: un solo sentimiento, indivisible, del que resulta imposible hablar, a menos de que la cabeza inserte el escalpelo y diseccione los lóbulos por en medio.

Todos los poetas, después de Catulo, se van con la finta (y ganancia para el ingenio poético) de la contradicción de palabras (amor se opone a odio), o de conceptos (el amor niega al odio y viceversa: el enamorado no puede dejar de contradecirse). Pero el poema no es una contradicción sino un nudo del que no se puede hablar sin desatarlo. Amor y odio no son contrarios, son contradictorios. Aparecen juntos en el cuerpo; la cabeza no los entiende si no los divide y, al dividirlos, los tergiversa.

Su mejor expresión es la sencillez. Rebuscarla es perderla. Hay sentimientos que aguantan largas disquisiciones; éste no, o difícilmente.

Una excepción notable es The Prohibition, de John Donne. Primero, sí, como todos los demás, divide el ánimo en dos ideas: el odio y el amor. Pero lo vuelve a atar con un nudo —Donne fue marinero y pirata en la flotilla del Conde de Essex— que a nadie se le había ocurrido usar antes: se lo endilga a ella: Take heed of loving me / at least remember, I forbade it thee // Take heed of hating me… /If thou hate me, take heed of hating me. (“Ten cuidado de amarme / Recuerda al menos que te lo prohibí. / Ten cuidado de odiarme. / Y si me odias, ten cuidado con odiarme”).

No sé cómo vine a dar con los poemas de Frank Bidart. Ya habrá tiempo para traducirlo y comentarlo. Me acerco solamente a su obstinación catuliana, que ha repetido tres veces: el poema Odi et Amo (1983): “Odio y amo. Ignorante pescado: todavía / quiere la mosca mientras se retuerce.” Cerca, pero no. Lo intenta en 1997: Excrucior (“me tortura”, “me crucifica”): “Amo y odio. El cuerpo insomne que martilla el clavo se clava / él mismo y cuelga crucificado.” En 2008 regresa. “Id faciam” (“lo hago”): “Lo que amo odio. Pregúntale a la mano que se aferra/ al clavo que la clava —por qué.” Los tres poemas, dísticos, como Catulo.

¿En dónde estaba el secreto de ese dístico sencillo, casi en prosa? Ni modo: a seguir buscando algo que nadie ignora.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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