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Notre-Dame, una herencia de memoria y destrucción

Notre-Dame

El incendio de Notre-Dame significa algo más que un golpe a la cultura y a la cristiandad: refuerza el sentimiento de declive de la civilización francesa.
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“¿Por qué, Señor? ¿Qué hemos hecho?”, fueron las primeras palabras del rector de Notre-Dame de París ante las cámaras, al descubrir el incendio de la catedral que coincidió con el primer día de la Semana Santa. Como si este acontecimiento viniera a sumarse a la serie de catástrofes que con fuego han marcado a la capital francesa en los últimos años.

“Fatalidad” es la palabra que dio origen a la célebre novela de Victor Hugo, un grafiti en griego antiguo que descubrió por azar y cuya desaparición anunciaba la de la catedral misma: “fuera del frágil recuerdo que le dedica el autor de este libro, ya nada queda hoy de la palabra misteriosa grabada en la sombría torre de la catedral de Notre-Dame; nada queda tampoco del destino desconocido que resumía tan melancólicamente. El hombre que escribió aquella palabra en aquella pared desapareció, hace varios siglos; a su vez se borró la palabra del muro de la iglesia, como quizá la iglesia misma pronto desaparecerá de la faz de la Tierra. Basándose en esa palabra, se ha escrito este libro”. Así, el relato surge de la aniquilación de lo que nos han dejado las épocas anteriores, ejemplo de la “estupidez” de los hombres frente al pasado. Pues la Notre-Dame que inspiró al escritor no había sido aún restaurada y llevaba en sí las marcas del desgaste del tiempo, del abandono que amenazaba con destruirla y del que intentaba rescatarla. La catedral de piedra sobrevive hoy intacta en esa “catedral de papel”, como suele llamársele al libro de Hugo, quien encontraba en la transmutación el poder de la escritura.

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Envuelta en llamas aparece ya en aquellas páginas, escritas en 1831: “Todas las miradas se habían alzado hacia lo alto de la iglesia. Lo que veían era extraordinario. Sobre la cima de la galería más elevada, más arriba del rosetón central, había una gran llama que subía por entre los dos campanarios llevando remolinos de chispas, una gran llama desordenada y furiosa de la que, por momentos, el viento arrastraba trozos en el humo”. En fuego, la describe también Apollinaire en Zona, “Rodeada de fervientes llamas, Notre-Dame me miró”, poema elegíaco que al decir el “declive de la belleza” se abría a un tiempo nuevo. Como recordatorio quizá de que “el pánico de los incendios incuba en el seno de las ciudades”, según lo entrevió Rilke en su visita a París en 1902. Pareciera que la catedral contiene en sí algo crepuscular, o más bien nuestra mirada: la nostalgia de un tiempo inamovible.

El incendio que la ha puesto en peligro parece revelar la fragilidad de la idea de eternidad que encarna, no sólo la del sueño de un tiempo divino sin fin que la cúpula consumida hoy por el fuego buscaba alcanzar, sino también la de una continuidad histórica, inextinguible, cimiento de la nación francesa o, como se afirma hoy, de la civilización occidental.

De ahí tal vez las reacciones de tristeza tan vivas que el riesgo de su desaparición han suscitado en Francia y en el resto del mundo. De ahí también quizá la tregua en las hostilidades políticas, que se han intensificado con las elecciones europeas, o el llamado a suspender la campaña electoral de uno de los líderes de la oposición, Jean-Luc Mélenchon, ante la magnitud de lo acontecido. “Estamos de duelo”, dijo.

A más de uno sorprendió que el defensor de la laicidad a ultranza manifestara públicamente una emoción tan intensa por la posible desaparición de un monumento religioso. Más bien se hubiera esperado de él que guardara silencio, como lo ha hecho gran parte de los escritores e intelectuales. Ya que, creo, algo más que estupefacción hay en este silencio: nos muestra la dificultad de evocar en el espacio público la existencia de una nación francesa, cuyas raíces se encontrarían en la cristiandad, el temor incluso de ser catalogado como reaccionario por expresar cualquier apego a la catedral. En un país tan dividido como lo es la Francia actual, resulta difícil verla como un lugar de conmemoración nacional, símbolo de la reconciliación entre política y religión, como lo hace Régis Debray —uno de los pocos en haberse expresado al respecto—, que identifica en ella un “factor de concordia y no de discordia”, y nos recuerda momentos intensos de comunión cívica: el tedeum del armisticio en 1918, el tañido de las campanas por la Liberación de la ciudad o la ceremonia para las víctimas de los atentados de 2015.

El incendio de la catedral refuerza el sentimiento de declive de la civilización francesa que predomina en una parte de la clase intelectual. El historiador del arte Jean Clair, miembro de la Academia francesa y antiguo director del Museo Picasso, lo interpreta, por ejemplo, como el punto culminante de la destrucción de la cultura que Notre-Dame representa y que el movimiento de los chalecos amarillos ha “vandalizado”, casi “profanado”, al deteriorar el Arco del Triunfo:

“la imagen de la ciudad expuesta a los incendios se ha vuelto tan familiar. […] Desde hace algunos meses, París se ha convertido, de manera extraña, en el lugar elegido para los incendios. La mirada se ha acostumbrado a ellos, a tal punto que se les considera banales. Cada sábado seguirán ardiendo tiendas, puestos de periódicos, bancos”.

Sin embargo, esta visión que mitifica al pasado parece olvidar que la historia misma de Notre-Dame está marcada por la destrucción y que en ella se inscribe justamente el paradójico gesto que al buscar restaurarla la ha destruido. Así, el techo en el que se apoyaba la flecha que con su caída derrumbó la cúpula central, más que una recreación de la original del siglo XIII, desmontada durante la Revolución, fue una creación del arquitecto Eugène Viollet-le-Duc que la añadió en 1860 y que, para rencontrar lo que imaginaba era su espíritu medieval, destruyó las modificaciones efectuadas durante la época de Luis XIV, cuyo estilo detestaba.

Las obras que emprendió —como parte del proyecto político de la Monarquía de Julio— no fueron para restaurarla, sino para embellecerla y acercarla al pasado ideal que su trabajo fue modelando: “Restaurar un edificio”, escribía, “no significa mantenerlo en buen estado, repararlo o remodelarlo, es restablecerlo en un estado completo que puede no haber existido nunca en un momento dado”.

Ironía del destino, el altar mayor y la Piedad que de manera sorprendente sobrevivieron al incendio datan de esa época, que a su vez buscó borrar del edificio las huellas de su pasado gótico, que consideraba de mal gusto. Sin olvidar que la catedral se erigió sobre una más antigua, de estilo románico, de la que nada se conservó. La destrucción le ha dado forma a través de los siglos. Su historia nos muestra así que, para bien o para mal, la destrucción nos es inmanente y que lo que se acostumbra presentársenos como un sitio de memoria es ante todo uno de olvido. Habría así pues que recordar que el amplio atrio que nos permite contemplarla a la distancia, los jardines que armoniosamente la rodean, concretizan la voluntad del siglo XIX de despejar la ciudad, no solo para crear una vista bella, sino para evitar sobre todo que de nuevo se formaran barricadas en las calles.

La conmoción que ha producido su incendio revela también la dificultad de pensar hoy una comunidad a partir de la idea de una unidad cultural e histórica que permitiría superar —borrar incluso, como lo quisieran algunos— las diferencias. Y nos ha mostrado cómo la trascendencia de la comunidad política ha sido remplazada por la trascendencia de la piedra, del monumento como resto imperecedero, testimonio de un pasado grandioso, que parece reconfortarnos.

Detrás de tan inusual ímpetu de solidaridad internacional se encuentra tal vez el deseo de encontrar y hacer perdurar en el tiempo algo en común. Espero, sin embargo, que este deseo no se reduzca a la comunidad mediática, ni al ideal humanista que tiende a magnificar el compartir, el intercambio, al prójimo, ni a una pulsión únicamente identitaria. Pues en los intersticios de lo que nos separa, nos diferencia, puede surgir el sentido de lo que nos une: la posibilidad misma de una comunidad.

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