Lo ominoso es aquello que, aunque conocido, inquieta cuando se ve desplazado por una forma casi idéntica, pero irreconciliable. Eso es lo que siente uno cuando ve Michael, de Antoine Fuqua. No se filmó una vida, se volvió de modo inquietante a un espectro que nunca se fue: un meme, un exceso incapaz de conocerse a sí mismo.
El desasosiego que produce la obra en todos sentidos no es porque no sepamos lo que se nos dice del artista, más bien tenemos años siendo machacados por estos gestos, el gritito ridículo, la coreografía y esas flaquezas morales que el filme no aborda en absoluto. Y, además, cuando el estudio y la familia ponen a Jaafar Jackson a encarnarlo, lo ominoso freudiano aparece justo porque hay tanto parecido que casi es el tío. Pero no es él. No puede serlo porque Michael Jackson se concibió a sí mismo como una imagen difusa.
Así que el cine de estudio está explotando una imagen que hace tiempo se volvió archivo. Como diría un lector de Adrian Martin, estudioso del arte en la revista académica Transit, de Berkeley, el biopic simula complejidad, pero lo que reproduce son estructuras que ya sabíamos que estaban ahí. No hay nada que descubrir.
Esta repetición se intensifica en Michael a tal grado que se vuelve siniestro porque estamos ante una suerte de necrofilia industrial, la explotación de un muerto por el que nunca hubo duelo, distancia, elaboración de la pérdida. No hay más que repetición. Ahora bien, lo ominoso está en la película a pesar de ella.
Michael Jackson es en realidad un objeto hiperreal, un simulacro que pasó por cirugías, transformaciones perceptivas, acusaciones, defensas, memes y, siempre detrás, el fanatismo de los amantes del pop, pero poner a su sobrino biológico a reproducir los gestos del tío activa la extrañeza pues el cuerpo, en lugar de representar, insiste, en lugar de activar la memoria muestra un presente reiterado, a un muerto que no puede desaparecer. Y es aquí donde los movimientos, el cuerpo del actor, permiten que aún en los momentos más logrados de la película uno sienta que la imitación no es transparente. No porque falla sino porque casi acierta: un paso apenas desfasado, una mirada que no se fija, un movimiento demasiado exacto para ser espontáneo.
El gesto aparece habitado por algo que destruye la continuidad y lo que queda frente a nosotros no es una obra fallida en el sentido simple; es una contradicción insalvable justamente porque su objeto (Jackson) siempre se mantuvo en esa zona intermedia. Así que lo que el filme pone en escena sin proponérselo es la imposibilidad de aprehender a un mito que se creó así.
Comparemos esta fallida película con lo mejor que se ha hecho en torno a Jackson desde el punto de vista fílmico, el video de Thriller, dirigido por John Landis hacia 1983. Aquí hay algo que la obra de Fuqua no consigue, porque Thriller no lo ordena, sino que precisamente lo convierte en esta figura liminal que él siempre fue: mitad cuerpo, mitad máscara, mitad vivo, mitad muerto.
La coreografía no buscaba ser auténtica sino rara. La ambigüedad viene de marca. Este videoclip, que es más interesante que un biopic que se mueve en algún sitio entre el cine de género, la música pop y el experimento visual, lo es no porque diga la verdad (en torno a Jackson no creo que haya ninguna verdad para revelar), pero en el videoclip al menos vemos a Jackson convertido en el muerto viviente que siempre se resistió a envejecer hasta volverse, en el sentido freudiano, ominoso, siniestro.
¿Dónde ver Michael?
La cinta dirigida por Antoine Fuqua está disponible en carteleras comerciales del país desde el 23 de abril de 2026.
Michael
Dirección: Antoine Fuqua | Estados Unidos | 2026
AQ / MCB