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Domingo , 17.02.2019 / 10:02 Hoy

Los libros de Laberinto

Reseñas

Esta semana recogemos textos sobre la obra completa de Philip Roth en ¿Por qué escribir?, La pareja de al lado de Shari Lapena, distribuido, en espacio de meses, a más de 30 países; además El elegido de Andrew Gross cuenta una mi
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Escribir para sobrevivir

Una edición definitiva, a cargo del propio Philip Roth, de sus ensayos, discursos y entrevistas esenciales acerca de la literatura, su obra, su vida y su país. Recorriendo una carrera literaria que abarca medio siglo e incluye los premios y honores más prestigiosos, ¿Por qué escribir? muestra el vigor, la agudeza y el poder persuasivo de uno de los grandes escritores de nuestro tiempo.

El volumen forma un tándem esencial, contiene material inédito y está dividido en tres partes. Se inicia con “Lecturas de mí mismo”, donde destacan los artículos y entrevistas publicados durante la explosiva aparición de El lamento de Portnoy en unos Estados Unidos sacudidos por la agitación política y la revolución sexual. La segunda parte reúne conversaciones con Primo Levi y Milan Kundera, así como ensayos sobre la obra de Saul Bellow, entre otros. La última parte es una colección de piezas tardías, seis de ellas nunca antes publicadas: un artículo sobre el origen de La conjura contra América o discursos como el que pronunció en su ochenta aniversario, evocando su infancia en Newark. Cierran este volumen dos largas entrevistas, un último repaso a una vida dedicada a la literatura: “Día tras día me he enfrontado a la página en blanco, indefenso y desprevenido. Escribir era para mí una forma de supervivencia”.

Philip Roth: ¿Por qué escribir? Literatura Random House, México, 2019.


Un experimento afortunado

Shari Lapena cuenta que escribió este libro como un experimento para recuperar su gusto por la escritura.

En 2011, lanzó Happiness Economics y más tarde una novela con un giro cómico que nunca se publicó; al mismo tiempo, trabajó en varias novelas para jóvenes que tampoco retomó. “Ahí fue cuando me desanimé”, cuenta Shari,  “pero le di la vuelta a mi desilusión. Pensé: voy a escribir un thriller como experimento para recuperar mi amor por escribir. Nunca antes había trabajado en este género pero soy ferviente lectora, así que me dispuse a intentarlo”.

Lapena, que ahora tiene un bestseller entre manos, vendido en más de 30 países en espacio de meses,  no planea resucitar sus otras obras ni escribir otros géneros por el momento. “Es mucho más divertido trabajar con thrillers”.

FRAGMENTO

Anne puede sentir el ácido revolviéndose en su estómago y trepando por su garganta; la cabeza le da vueltas. Ha bebido demasiado. Cynthia se ha pasado la noche rellenándole la copa. Anne no quería sobrepasar un límite, pero las cosas se le han ido de las manos; tampoco sabía de qué otra manera aguantar la velada. Ahora no tiene ni idea de cuánto vino ha bebido en el curso de esta interminable cena. Tendrá que extraerse leche por la mañana.


Anne languidece en el calor de la noche de verano y observa a su anfitriona con los ojos entornados. Cynthia está coqueteando abiertamente con su marido, Marco. ¿Por qué lo aguanta Anne? ¿Y por qué lo permite el marido de Cynthia, Graham? Está enfadada, pero se siente impotente; no sabe cómo ponerle fin sin parecer patética y ridícula. Todos se encuentran un poco borrachos. Así que lo ignora, ardiendo silenciosamente de ira, y da otro sorbo a su vino frío. No la educaron para montar escenas, y tampoco le gusta llamar la atención.


Sin embargo, Cynthia…


Los tres —Anne, Marco y el amable y blando esposo de Cynthia, Graham— la observan fascinados. Especialmente Marco parece incapaz de apartar los ojos de Cynthia. Cada vez que se inclina para rellenarle la copa se acerca un poco de más, y, como lleva una camiseta ceñida muy escotada, Marco le frota la nariz prácticamente contra los pechos.


Anne se dice a sí misma que Cynthia coquetea con todo el mundo. Es tan despampanante y atractiva que parece incapaz de evitarlo.


Sin embargo, cuanto más les mira, más se pregunta si de veras hay algo entre Marco y Cynthia. Nunca antes había sospechado. Tal vez sea el alcohol, que la está volviendo paranoica.


No, decide: si tuvieran algo que esconder, no se andarían con estas. Cynthia tontea más que Marco, halagado beneficiario de sus atenciones. De hecho, él mismo es casi demasiado atractivo, con su pelo oscuro despeinado, esos ojos de color de avellana y su encantadora sonrisa; siempre ha llamado la atención. Hacen una pareja imponente, Cynthia y Marco. Anne se dice que ya basta. Que por supuesto que Marco le es fiel. Sabe que está completamente entregado a su familia. La niña y ella lo son todo para él. Estará a su lado, pase lo que pase —le da otro trago al vino—, por muy mal que se pongan las cosas.


Sin embargo, el ver a Cynthia lanzarse sobre su marido le hace sentirse cada vez más nerviosa y ofendida. Hace seis meses que dio a luz, pero todavía tiene casi diez kilos de más por el embarazo. Creía que a estas alturas ya habría recuperado su figura, pero aparentemente se tarda al menos un año. Tendría que dejar de mirar las revistas en las cajas del supermercado y no compararse con esas madres famosas que a las pocas semanas están fantásticas gracias a su entrenador personal.


Pero ni en su mejor momento podría competir con el aspecto de Cynthia, su alta y escultural vecina, con sus largas piernas, su cintura estrecha y sus grandes pechos, su piel de porcelana y su melena de color azabache. Además, siempre va vestida para matar, con tacones altos y ropa sexy, incluso para una cena en casa con otra pareja.


Anne no puede concentrarse en la conversación que la rodea. Se abstrae y se queda mirando la chimenea tallada de mármol, igual que la que tienen en su comedor, al otro lado de la pared que comparten con Cynthia y Graham. Viven en casas adosadas de ladrillo, típicas de esta localidad al norte del estado de Nueva York, sólidamente construida a finales del siglo XIX. Todas las casas de la calle son parecidas —de estilo italiano, restauradas, caras—, pero la de Anne y Marco está al final de la hilera, y cada una tiene ligeras diferencias en decoración y gusto; cada una es una pequeña obra de arte.


Anne coge torpemente su teléfono de encima de la mesa y mira la hora. Es casi la una. Pasó a ver a la niña a las doce, y Marco volvió a ir a las doce y media. Luego salió a fumarse un cigarro al patio con Cynthia, dejando a Anne y a Graham sentados a la mesa algo incómodos, con una conversación forzada. Tendría que haber salido al jardín trasero con ellos; puede que allí corriera un poco de aire. Pero no lo hizo, porque Graham no quería verse envuelto en humo, y habría sido grosero, o al menos desconsiderado, dejarle solo en su propia cena. Así que por educación se quedó con él. Graham —típico anglosajón blanco y protestante, como ella— es impecablemente educado. Por qué se casó con una zorra como Cynthia constituye un misterio. Cynthia y Marco volvieron del patio hace unos minutos, y Anne se muere por marcharse, aunque todo el mundo se lo esté pasando bien.


Mira el monitor para bebés al borde de la mesa, con su lucecita roja brillando como el extremo de un cigarro. La pantalla está rota —se le cayó hace unos días y Marco aún no la ha cambiado—, pero el audio sigue funcionando. De pronto le entran dudas, y se da cuenta de lo desacertado de la situación. ¿Quién se va a una cena con los vecinos dejando a su bebé solo en casa? ¿Qué clase de madre hace algo así? Vuelve a sentir la agonía de siempre inundándola: no es una buena madre.


¿Qué más da si la canguro les falló? Deberían haberse traído a Cora en su parquecito móvil. Pero Cynthia había dicho que nada de niños. Tenía que ser una velada de adultos para celebrar el cumpleaños de Graham. Y esa es otra razón por la que a Anne ya no le cae bien Cynthia, aunque en su día fueran buenas amigas: no aguanta a los bebés. ¿Qué clase de persona dice que un crío de seis meses no es bienvenido a una cena? ¿Cómo ha dejado Anne que Marco la convenza de que no pasa nada? Es una falta de responsabilidad. Se pregunta lo que dirían las otras mujeres de su grupo de mamás si lo supieran. Dejamos a nuestra niña de seis meses sola en casa y fuimos a una cena en la casa de al lado. Imagina el incómodo silencio y cómo se quedarían boquiabiertas. Pero nunca se lo contará. Le harían el vacío para siempre.


Marco y ella discutieron por eso antes de la fiesta. Cuando la canguro llamó para cancelar, Anne se ofreció a quedarse en casa con la niña. De todos modos, no le apetecía ir a la cena. Pero Marco dijo que ni hablar.


—No puedes quedarte en casa sin más —insistió él, cuando lo hablaron en la cocina.


—No me importaría nada —contestó ella, bajando la voz. No quería que Cynthia les oyera discutir sobre su cena a través de la pared común.


—Te vendrá bien salir —replicó Marco, bajando la voz también. Y luego añadió: —Ya sabes lo que dijo la doctora.


Anne se ha pasado toda la velada intentando decidir si aquel comentario era malintencionado, era interesado, o si él simplemente quería ayudarla. Al final, acabó cediendo. Marco la convenció de que con el monitor encendido en la casa de al lado podrían oír al bebé si en algún momento se movía o se despertaba. Irían a controlar cada media hora. Nada malo podía ocurrir.


Es la una. ¿Debería pasar a ver a la niña ahora, o intentar convencer a Marco de retirarse ya? Anne quiere irse a casa, a la cama. Quiere que la noche termine.


Tira del brazo de su marido.


—Marco —dice con tono apremiante—, deberíamos irnos. Es la una.


—Ay, no os vayáis todavía —pide Cynthia—. ¡No es tan tarde! —está claro que no quiere que se acabe la fiesta. No quiere que Marco se marche. Aunque no le importaría nada que se fuera su mujer. Anne está bastante segura de ello.


—Tal vez no para ti —replica Anne, y consigue sonar un poco dura, a pesar de estar borracha—, pero yo me tengo que levantar temprano para dar de comer a la niña.


—Pobrecita —contesta Cynthia, y por alguna razón eso enfurece a Anne. Cynthia no tiene hijos, ni los ha querido nunca. Ella y Graham no tienen familia por elección.


No resulta fácil que Marco deje la cena. Parece empeñado en quedarse. Se lo está pasando demasiado bien, pero Anne se muestra cada vez más nerviosa.


—Solo una más —le dice Marco a Cynthia, levantando su copa y evitando la mirada de su mujer.


Se encuentra de un humor extrañamente animado esta noche, parece casi forzado. Anne se pregunta por qué. Últimamente está bastante callado en casa. Distraído, hasta malhumorado. Sin embargo, esta noche es el alma de la fiesta. Hace tiempo que Anne nota que algo no va bien, ojalá Marco le dijera de qué se trata. Pero lleva una temporada sin decirle demasiado de nada. La mantiene a distancia. O tal vez permanezca alejado por la depresión de Anne, su “depre posparto”. Le ha decepcionado. ¿A quién no? Y esta noche es evidente que prefiere a la preciosa, burbujeante y deslumbrante Cynthia.


Anne vuelve a mirar la hora y lo que le quedaba de paciencia se esfuma.


—Me voy a ir. Tendría que haber pasado a ver a la niña a la una —mira a Marco—. Quédate todo lo que quieras —añade, con la voz tensa. Marco la mira duramente, con los ojos brillantes. De pronto, a Anne no le parece que esté borracho en absoluto, pero ella sí que está mareada. ¿Van a pelearse por esto? ¿Delante de los vecinos? ¿En serio? Anne empieza a mirar a su alrededor en busca de su bolso, recoge el vigilabebés, se da cuenta de que sigue enchufado a la pared, se agacha a desenchufarlo, consciente de que todos en la mesa están mirando silenciosamente su culo gordo. Pues que miren. Siente cómo se unen en su contra y la ven como una aguafiestas. Las lágrimas empiezan a quemarle, y ella intenta contenerlas. No quiere romper a llorar delante de todos. Cynthia y Graham no saben lo de su depresión posparto. No lo entenderían. Anne y Marco no se lo han contado a nadie, salvo a la madre de Anne. Últimamente le ha confiado bastantes cosas. Sabe que ella no se lo contará a nadie, ni siquiera a su padre. Anne no quiere que nadie más lo sepa, y sospecha que Marco tampoco, aunque no lo haya dicho. Pero fingir constantemente es agotador.


Cuando aún está de espaldas a ellos, nota un cambio de actitud en el tono de voz de Marco.


—Tienes razón. Es tarde, deberíamos irnos —comenta. Le oye dejar su copa de vino sobre la mesa detrás de ella.


Anne se da la vuelta, apartándose un mechón de los ojos con el dorso de la mano. Tiene que cortarse el pelo ya. Esboza una sonrisa forzada, y dice:


—La próxima vez, nos toca hacer de anfitriones. —Y añade para sí: “Podéis venir a nuestra casa, donde vivimos con nuestra hija, y espero que se pase la noche llorando y os fastidie la velada. Me aseguraré de invitaros cuando empiece a echar los dientes”.


Dicho eso, se ponen en marcha rápidamente. No tienen que andar recogiendo cosas del bebé, solo ellos dos, el bolso de Anne y el monitor. Cynthia parece molesta por su repentina marcha; Graham sigue en modo neutral. Salen por la pesada puerta de entrada y bajan los escalones. Anne se agarra a la elaborada barandilla tallada intentando mantener el equilibrio. Son solo unos cuantos pasos por la acera hasta los escalones de su casa, que tiene una barandilla parecida y una puerta igual de imponente. Anne va un poco por delante de Marco, sin decir palabra. Puede que no le hable en lo que queda de noche. Sube decidida los escalones y se para en seco.


—¿Qué? —pregunta Marco, acercándose por detrás, con la voz tensa.


Anne mira fijamente la puerta de entrada. Está entreabierta, unos ocho centímetros.


—¡Estoy segura de que la cerré! —dice Anne, medio chillando.


—Puede que se te olvidara. Has bebido mucho —observa Marco lacónicamente.


Pero Anne no le oye. Está ya dentro, corriendo escaleras arriba y por el rellano hacia el cuarto del bebé. Marco la sigue de cerca.


Cuando llega a la habitación y ve la cuna vacía, grita.

Shari Lapena: La pareja de al lado. Debolsillo, México, 2018.


Memorias desgarradoras

Andrew Gross plantea una historia desgarradora, inspirada en la experiencia vivida por su suegro polaco, quien sobrevivió a la crueldad de un campo de concentración y a todo lo que supone una experiencia similar: la incertidumbre de no saber si habrá un mañana, la brutalidad de los guardias, el terror de atestiguar lo que ocurre en los hornos crematorios.

“Como muchos de los sobrevivientes, nunca habló ni una palabra de sus experiencias, ni durante la guerra ni sobre su vida en Polonia. Evocar en su mente los rostros de la familia que jamás volvió a ver era simplemente demasiado doloroso”, dice el autor. “Si yo hubiera podido ir más allá de sus expresiones de dolor y melancolía cuando se le incitaba a hablar de su pasado, a través de su incapacidad para articular la carga de culpa y pérdida que guardó por tanto tiempo, si él hubiese sido capaz de contar su propia historia, todo el recuento de su vida en Polonia y el papel que desempeñó durante la guerra, siempre imaginé que se leería más o menos como este libro”. 

La historia es protagonizada por dos hombres de excepción: el físico Alfred Mendl, quien posee la clave para completar un arma que pondrá fin a la guerra, pero que se encuentra en Auschwitz en la peor de las condiciones, y el teniente Nathan Blum, de origen polaco, pero naturalizado estadunidense, que recibe la encomienda de infiltrarse en el campo nazi y rescatar al científico. La misión es casi suicida y terriblemente peligrosa, porque también influyen intereses políticos que marcaron la guerra y que hacen aún más difícil la estrategia que deberá seguir Blum para rescatar a Mendl.

En ese camino, el militar encontrará a una serie de personajes de toda clase, incluidos aquellos que se sienten obligados a ayudar a los judíos presos, y que con su actuar permiten que el lector se enfrente al genocidio y a la proliferación de armas de destrucción masiva que hoy siguen vigentes.

Andrew Gross: El elegido. Planeta, México, 2019.


L. V.



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