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Miércoles , 20.02.2019 / 03:50 Hoy

Judith Butler: “Necesitamos una sociedad en la que el feminicidio deje de encubrirse”

Entrevista

La filósofa estadunidense conversa sobre machismo, autoritarismo y violencia contra las mujeres
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Una de las voces más sobresalientes en temas de género, feminismo y sexualidad, es sin duda la de Judith Butler. Filósofa estructuralista, de origen judío y nacida en Estados Unidos, ha publicado libros como El género en disputa, Feminismo y la subversión de la identidad y Cuerpos que importan, entre una obra vasta que se nutre de las teorías de Freud, Lacan y Foucault, así como de Simone de Beauvoir y los clásicos griegos. Butler ha cuestionado la formación de la identidad a partir de estructuras sociales de poder y la utilización de un lenguaje plagado de estereotipos y fórmulas que carecen de vigencia. Es el caso de conceptos como sexo, género y deseo, que obedecen a construcciones culturales que excluyen a quienes no responden a la norma establecida.
La oportunidad de conversar con Judith Butler se dio durante su visita a México para impartir la Cátedra Julio Cortázar. Sobre el escritor argentino, dijo admirarlo, sobre todo, en su faceta de activista. “Leí muchas de sus novelas —Rayuela, desde luego—. Fue hace muchos años, aunque he vuelto a hacerlo. Pero esta vez leí más sobre su activismo, que fue muy impresionante. Me di cuenta de que fue parte del Segundo Tribunal Russell y quiso exponer los crímenes contra la humanidad cometidos en dictaduras, en Argentina, pero también en otros países. También sé que tenía mucho interés en Cuba y hubiera querido ver realizados los grandes principios del socialismo en el mundo y creía que era posible. Así que su valentía, su imaginación, su optimismo, son muy importantes para mí”.
Además de su labor académica, Judith Butler es también una activista que lucha en defensa de los derechos humanos, de las mujeres y las minorías. Cuando le pregunto qué fue lo que detonó su interés en temas como género, feminismo y sexualidad, se remite a su infancia: “Nací en un mundo donde la gente me miraba como a una niña y me trataba como a una niña. Alrededor de los cinco o seis años me debatía en una lucha por la manera como me abordaban. Comencé a hacer preguntas sobre qué clase de niña podría ser, porque no me conformaba con la idea que me habían impuesto. Entendí que se me encasillaba en un género, eres niño o niña, y en el fondo sentía que no deberían llamarme así, no sabía qué quería decir la gente. Así que los temas de género fueron un problema desde que tenía cinco años. Más tarde, cuando comencé a leer libros sobre feminismo, entendí al género como una categoría. Lo que me resultó importante fue descubrir que no importa el sexo con el que naces, siempre puedes surgir de distintas maneras, como mujer, hombre u otra categoría, que no todo estaba fijo en cuanto al género. Y que la vida cultural que podías vivir en el cuerpo que tienes no está determinada por el sexo que se te asigna al nacer. Esa fue para mí una liberación y se convirtió en la base de mis reflexiones sobre lo que podríamos llamar las distinciones entre sexo y género”.


En un entorno donde aún prevalece el racismo, ¿cómo has enfrentado el hecho de ser mujer, de origen judío y lesbiana?
Me he sentido discriminada muchas veces. Por supuesto, entendí que me discriminaban como niña; no se me daban las mismas oportunidades que a mi hermano o a otros niños. Fui muy afortunada porque mis padres pensaban que yo podía tomar cualquier postura en la vida, así que me alentaron, especialmente en la universidad, y nunca me impusieron ningún límite. Me siento afortunada de que mi padre fuera un feminista avant la lettre, mucho antes de que se usara el término. En la comunidad judía, mi hermano tuvo su Bar Mitzvah, y yo no entendía por qué las mujeres no podían hacerlo. También me sentí discriminada por mi apariencia porque no me presentaba de un modo femenino convencional. Ahora bien, algunas mujeres son discriminadas porque se ven femeninas y otras porque no parecen femeninas. Hay cierta fobia por no cumplir con las normas convencionales de la sociedad.

¿Cómo han influido el autoritarismo y la represión en la construcción de una identidad sexual o de género?
Es una pregunta muy importante, sobre todo en el contexto de Latinoamérica y otras áreas, que han vivido bajo dictaduras o regímenes autoritarios. Mi país está apenas entrando a esa historia. Tenemos un líder autoritario, quizá se convierta en un dictador, quizá no, pero pienso que bajo regímenes autoritarios la familia está más vigilada. Las mujeres deben cumplir con ciertos roles. Se espera que los hombres sean muy masculinos. Deben pelear por la nación, protegerla. Estos gobiernos se apoyan en la estructura de familias convencionales para poder reproducir la idea de nación y patriotismo que van de la mano con las formas del autoritarismo. La gente no está dispuesta a renunciar a sus libertades individuales a menos que considere que pertenecer a una nación es más importante, y pertenecer de una manera tan nacionalista supone renunciar a la libertad individual.

Resulta paradójico que en sociedades donde se han ganado espacios de libertad la gente elije el regreso de líderes autoritarios y gobiernos represivos; por ejemplo, en el caso de Brasil.
La propagación de la ideología anti género en Brasil ha sido muy importante para la popularidad de Bolsonaro y su elección. La ideología anti género sostiene que el concepto de género traerá caos. Aceptar la categoría de género, negar las diferencias entre sexos, atacar el matrimonio heterosexual o creer que las mujeres tienen la libertad de practicarse un aborto si así lo deciden, son formas de libertad o nuevas formas sociales que atacan no solo a la familia y a la heterosexualidad, sino a la Iglesia y su relación con el Estado. Pienso que los evangélicos de derecha tienen una idea fantasmagórica, una ilusión de lo que es la ideología género, y la propaganda genera un alto grado de miedo. Así, un autoritario llega al poder produciendo miedo en los ciudadanos, emerge un nacionalismo que tiende a resucitar la autoridad masculina, los privilegios del patriotismo, de la familia tradicional; niega la libertad sexual a las mujeres y la simple variación entre los seres humanos en las cuestiones de orientación sexual. Ser gay, bisexual o lesbiana, forma parte de nuestra historia de vida, y el autoritarismo trata de reprimir esta complejidad del ser humano que es inherente a nosotros. Ante estas condiciones de represión, solo nos queda convertimos en marginados. Por supuesto, las redes de respaldo y solidaridad en Brasil se están fortaleciendo y enlazando con gente de todo el mundo que trata de defender sus libertades, su complejidad individual como seres sexuales cuyos deseos no siempre se alinean con lo que quiere el Estado.



¿Qué consideraciones harías en cuanto a los avances del feminismo en el mundo occidental a diferencia de otras culturas como la musulmana?
Hay muchas diferencias. Cuando pienso en Estados Unidos y los avances del feminismo, veo que las mujeres han comenzado a cerrar la brecha salarial, hay protección legal contra la discriminación. El acoso y la violación ya se consideran crímenes, y el castigo en la mayoría de los casos es serio, aunque no siempre. También veo que hay una reacción contra el feminismo, cierto miedo de que borre las diferencias entre hombres y mujeres o ataque a la familia tradicional. Sin embargo, muchas mujeres, aun en familias heterosexuales tradicionales, exigen más libertad e igualdad y no necesariamente quieren alejarse de la tradición, aunque las tradiciones cambian con el tiempo. Hay cierto miedo de que no existan normas culturales que regulen nuestra sexualidad o nuestro género, pero creo que son miedos extremos que no están basados en la realidad. Cuando hablamos de las mujeres y el Islam, o feminismo e Islam, hay un movimiento importante. Hay quienes dicen que no hay tal cosa como feminismo musulmán, porque si eres musulmana estás subordinada al hombre. Sin embargo, hay miles, y la batalla que están dando tiene que ver con un sentido de profunda pertenencia a su comunidad religiosa y el deseo de mayor libertad, más igualdad, más participación en la vida pública, más oportunidades en la esfera económica. Creo que es tiempo de que tengamos una mejor comprensión histórica de esta compleja religión y su relación con las mujeres, el feminismo y la homosexualidad, porque aunque pensemos en el Islam como homofóbico y mucha gente que practica el Islam se oponga a la homosexualidad, hay muchas historias de amor entre personas del mismo sexo en el Corán. Recientemente, hubo un uso político del Islam que lo hizo entrar en estos debates en una forma rígida. Tengo mucho interés en este problema y apenas he comenzado a estudiarlo, pero sé que es muy complejo.

¿Qué dirías sobre la situación de violencia y feminicidio que se vive actualmente en México?
Creo que con “Ni una menos” y las grandes movilizaciones contra la violencia hacia las mujeres y personas trans hay una nueva pasión política y una nueva conciencia. Lo que me preocupa es que, por lo general, esta violencia la ejercen personas cercanas a la víctima: el esposo, el novio, alguien dentro de casa o en la comunidad. En el caso de los trans, a menudo son violentados en público por sus familias y amigos. Pero si no hay modo de reportarlo, si la autoridad está encubriendo el crimen o se rehúsa a investigar; si la policía es cómplice de los criminales, si ellos mismos cometen el crimen, y el Estado los está protegiendo o hace alianzas y negocios con ellos, no hay responsabilidad. Me parece que esto es lo más importante: construir una sociedad en la que crímenes como éste no se encubran. Mientras más se encubren, más gente, más hombres, sentirán que son libres para matar. Se crean fraternidades terribles, con leyes no habladas entre los hombres, que saben que pueden matar y no serán perseguidos. Es una suerte de estructura social que debe ser desmantelada. Y mientras más hombres se sumen a la campaña contra la violencia, será mejor. Sobre todo los que están en la escena pública, porque esto permitirá romper con la solidaridad entre ellos y mostrarles, a quienes matan o ven la violencia como un derecho natural, que no tienen el apoyo de todos los hombres. Creo que sería un pronunciamiento muy importante; me gustaría ver más de eso.

Otra de tus preocupaciones es la migración, la vida precaria de los migrantes y otros grupos marginados. Sobre la caravana de Honduras, ¿crees que estas movilizaciones podrían contribuir a replantear nuevas políticas e incrementar los movimientos de solidaridad en la región?
Creo que Estados Unidos debe darles la bienvenida, abrir las fronteras, entrenarlos para trabajar, darles un techo y conectarlos con comunidades de habla hispana que puedan ayudarlos a construir una vida en este país. Pienso también que nuestros movimientos de solidaridad deben volverse más internacionales y me preocupa cuando aceptamos el modelo impuesto por la nación: estos son los derechos de los gay o estos los de migrantes. Los derechos de los migrantes son transversales, están definidos por el cruce de fronteras, y de alguna manera también por nuestra resistencia a la violencia en las fronteras. Así que necesitamos cruzar las fronteras en nuestra mente y en nuestras alianzas para lograr una solidaridad más efectiva en estos temas.

Volviendo a Cortázar y el mundo que nos abrió, ¿dirías que la literatura puede contribuir a una mejor comprensión de nuestra realidad?
Muchos vivimos en desesperación o somos pesimistas sobre las posibilidades de cambio, y lo que hace la literatura es abrir mundos posibles, nuevos caminos para la imaginación. Precisamente ahora, cuando no podemos imaginar que las cosas sean distintas, la literatura tiende a reorganizar el tiempo y el espacio para nosotros, nos permite considerar personajes, acciones y mundos que quizá nunca imaginamos. Así que abrirnos a otros mundos posibles es una de las cosas más esperanzadoras que puede hacer la literatura.


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