Cultura

Las filósofas mexicanas están reinventando la academia

Reseña

En ‘Las filósofas tienen la palabra 2’, Fanny del Río hace evidente la imbricación esencial entre vida y obra a través de entrevistas con destacadas pensadoras mexicanas

En 2020, la editorial Siglo XXI publicó un libro —un librito de apenas 126 páginas— que me tomó por sorpresa. Se trataba de una feliz sorpresa que marcó un antes y un después en mi manera de estudiar la historia de la filosofía. Llevaba el título provocador de Las filósofas tienen la palabra, y partía de una premisa muy simple y casi casi irrefutable: la filosofía ha sido profundamente machista; no solo ha excluido a las mujeres de aquello que pomposamente denominamos el “canon”, sino que ha puesto en tela de juicio, a menudo, la capacidad misma de las mujeres para conducirse de manera racional, como si su ámbito exclusivo de competencia se limitase al ámbito doméstico y el oscuro ámbito de los arrebatos pasionales y las intuiciones femeninas.

La filosofía mexicana no ha sido inmune a estas acechanzas y a estos prejuicios que le niegan a la mujer un papel relevante en la producción de conocimiento. La mujer irrumpe en la reflexión filosófica a modo de madre abnegada, de musa, de figura sacrificial o de símbolo de la nación. Fue en medio de estas circunstancias desfavorables, que Fanny del Río —doctora en filosofía por la UNAM— se dio a la tarea de entrevistar a diez filósofas mexicanas: Virginia Aspe, Paulette Dieterlen, Kim Díaz, Maite Ezcurdia, Juliana González, Olbeth Hansberg, María Pía Lara, Fernanda Navarro, Paulina Rivero y Carmen Rovira.

El libro tendría que llamarse “¡las filósofas mexicanas por fin toman la palabra!”. Así, con signos de admiración, para subrayar la novedad y el triunfo de este ejercicio de preservación de la memoria, y con el verbo “tomar” en vez de “tener”, pues se trata de una lucha intergeneracional, y una especialmente dolorosa, que acaso comienza con Paula Gómez Alonso y que pasa por Vera Yamuni, Rosa Krauza, Graciela Hierro, y por otras tantas que no figuran en los libros, ni siquiera al pie de página.

Varias de las entrevistadas fueron mis profesoras en la Facultad de Filosofía y Letras. Las he visto departir con éxito en congresos y son un modelo de erudición y rigor. ¿Cómo es posible —me pregunté en 2020— que a nadie se le hubiese ocurrido detenerlas en el pasillo o pedirles una cita para formularles la pregunta, muy básica y muy humana, de quién eres, cómo llegaste a la filosofía, qué vicisitudes has enfrentado como mujer en una academia predominantemente masculina y masculinizante? A Fanny del Río le debemos el arrojo de denunciar y resarcir esta injusticia epistémica.

Las filósofas tienen la palabra 2 acaba de salir de la imprenta, de nueva cuenta bajo el auspicio de la editorial Siglo XXI. En esta ocasión las entrevistadas son Siobhan Guerrero McManus, María Antonio González Valerio, Ángeles Eraña, Mayte Muñoz, Silvana Rabinovich, Rubí de María Gómez, Leticia Flores Farfán, Griselda Gutiérrez, Nora Rabotnikof y Margarita M. Valdés.

El tiempo no ha pasado en balde. En esos seis años que van de una publicación a otra, de 2020 a 2026, se ha creado, en la UNAM, un Programa de Posgrado en Estudios de Género y una Red Mexicana de Mujeres Filósofas. Hoy en día es inconcebible un congreso de filosofía sin un simposio —por lo menos uno— dedicado a feminismos, o un coloquio en cuyo programa participen puros hombres. No se debe, sin embargo, bajar la guardia, pues como afirma la activista Zadie Smith (citada por Fanny del Rio): “El progreso nunca es definitivo, siempre está amenazado: a fin de que logre sobrevivir, debe ser reforzado, reformulado y reimaginado”.

A veces se nos olvida que nuestros filósofos son hombres y mujeres de carne y hueso, y que sus preguntas tienen un origen muy íntimo y personal, pues la materia prima de la filosofía nunca ha sido tan solo los renglones de algún tratado nimbado de prestigio, sino las vivencias del día a día; hay algo nuestro, por decir así, que se arriesga siempre en el quehacer filosófico, por más que parezca, a simple vista, una disquisición abstracta y desencarnada. El género de la biografía permite evidenciar mejor que ningún otro la imbricación esencial entre vida y obra. Este es otro de los méritos del libro de Fanny: rehabilitar un modo de hacer filosofía poco frecuente en nuestro país. No basta con repasar las tesis de tal o cual filósofo. A la pregunta por el “qué” —qué dice—, habría que anteponer el “cómo” —cómo se hace la filosofía— y el “para quién”. La filosofía, como cualquier otra actividad humana, reposa en un andamiaje institucional y está sujeta a los tirones del presupuesto y de las rencillas gremiales. Las filósofas tienen la palabra 2, por su mismo formato testimonial y conversacional, responde a estas preguntas, a este “cómo” que se suele agazapar tras bambalinas y que muchas veces nos da la clave de una idea filosófica.

A lo largo del libro vemos a Siobhan Guerrero tomar la vertiginosa decisión de transicionar, de devenir mujer, a sabiendas de que ese paso le podía costar todo —su trabajo, su futuro en la academia—. “Lo que siempre me detenía era el miedo, porque la inmensa mayoría de referentes de la historia de las mujeres trans es durísima, durísima”. Su tesis de doctorado sobre cómo la biología está explicando las diversidades sexuales es el correlato de una búsqueda de la identidad propia. “Nombrarme como mujer trans es un acto político”.

Vemos a María Antonia González Valerio reconstruir para nosotros el ambiente filosófico de finales de los noventa, justo antes de que estallara la huelga del 2000. “Lo que a mí me tocó estudiar fue puro señor blanco europeo occidental”. La acompañamos a los seminarios de Mariflor Aguilar y María Rosa Palazón —que venían de la escuela marxista de Adolfo Sánchez Vázquez, “la colita del marxismo”— y a su iniciación en la hermenéutica, “un movimiento muy fuerte en México”, ganando desde entonces la convicción de que “pensar es escribir”. “Soy una acérrima enemiga del paper filosófico”.

Vemos a Ángeles Eraña recorrer las zonas mixe, triqui y mixteca de la sierra de Oaxaca en plena efervescencia zapatista. “Para mí fue una cosa brutal. Mi vida se transformó por completo, porque descubrí que nuestro país estaba hecho de diversidad. La realidad no era lo que yo pensaba y se me impregnaron olores, sonidos, cosas que en mi vida había visto o escuchado”.

Vemos a Mayte Muñoz aterrizar en México en septiembre de 1993, proveniente de España, y la vemos descubrir en el alzamiento zapatista “otro mundo”, “otra manera de vivir”. La vemos arraigar en México y en la filosofía de Wittgenstein y de Arendt. “Los libros te van a dar conceptos, son las herramientas con las que nos servimos para hacer eso, pero hay que vivir”.

Vemos a Silvana Rabinovich apuntalar su activismo en contra de la injusticia en Palestina en su experiencia como profesora de hebreo en Jerusalén y en sus lecturas detenidas de Spinoza, Buber y Levinas. “No comulgo con las expresiones de odio”. Vemos a Nora Rabotnikof caer presa en Buenos Aires, en el 75 —una presa política—, embarazada y con un niño pequeño, y la vemos llegar a México en el 79 —debía irse a un país que no tuviese fronteras con Argentina—. En el seminario de Carlos Pereyra afinó su investigación sobre Max Weber. “Hay que fomentar grupos de investigación. [Considerar a la filosofía] un logro individual, resulta muy dañino”.

Vemos a Rubí de María Gómez indignarse con sus profesores de la Universidad Michoacana que trataban a las estudiantes como edecanes. “Todavía en algunos espacios no acaban de aceptar que el feminismo es un tema de filosofía, o lo aceptan, pero de dientes para afuera”.

Vemos a Leticia Flores Farfán asistir, en los 80, a las clases de Enrique Hülz Piccone, Rosario Grimaldi, Horacio Cerutti, Adolfo Sánchez Vázquez, Cesáreo Morales. Lo que campeaba por entonces era la filosofía de Althusser. “En el quinto semestre fui mamá, y una mamá que para el séptimo semestre se quedó sola y tenía que mantenerse. Entonces, en ese periodo hice todo: traducciones, cantar en peñas y bares, y así hasta que terminé la licenciatura”.

Vemos a Griselda Gutiérrez, a principios de los 70, inscribirse a la carrera de Filosofía. “El profesor de ética [en el primer semestre] era Fernando Salmerón y nos empezó a hablar del positivismo. Una compañera se permitió hacer la pregunta lógica: ‘Pero, ¿qué es el positivismo, profesor?’. La respuesta de Salmerón fue tajante: ‘Quien no sepa qué es positivismo, no tienen nada que estar haciendo en esta Facultad’. Más de medio grupo nos sumimos en el asiento”. La vemos sobreponerse a esta inseguridad y a estos miedos propios de la academia de los 70 para llegar a ser profesora titular de la materia Filosofía de Marx.

Vemos finalmente a Margarita M. Valdés presenciar desde la primera fila el “giro analítico” de la filosofía mexicana, en los 60, de la mano de Alejandro Rossi, Fernando Salmerón y Luis Villoro, y la vemos, a los 27 años, plantarse frente al Consejo de Investigaciones Filosóficas de la UNAM con la inusitada petición de ser aceptada como investigadora, pues hasta entonces se desempeñaba como secretaria de redacción para la revista Crítica. “Cuando me vieron entrar, se voltearon a ver entre ellos… Estaban todos los investigadores: Elí de Gortari, Miguel Bueno, Luis Recasens, Bernabé Navarro, una cantidad de viejitos. Alejandro Rossi era el único más joven, pero me llevaba diez años”.

Si algo comparten todas ellas, además de una voluntad férrea para superar las dificultades y los escollos de la academia mexicana, es el afán de hacer de la filosofía una comunidad de cuidado y de transmisión de saberes. Que las filósofas tengan la palabra no sólo amplía nuestro abanico de referentes y de interlocutores, sino que supone, a mi juicio, una reinvención radical de la academia misma, de sus códigos, de sus temas, de la manera de definir lo que es y lo que debe hacer un filósofo.

José Manuel Cuéllar Moreno es doctor en Filosofía. Autor, entre otros libros, de ‘La razón pendular de Emilio Uranga. Una historia del existencialismo mexicano’ (Herder, 2025) y la novela ‘Bucareli 158’ (Tusquets, 2026).

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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