Cultura

Las dos escuelas de censura

Bichos y parientes

Prohibir ideas y administrar secretos parte de una concepción paternalista del poder. La libertad parte de una premisa distinta: no hay virtud posible sin conocer el mal.

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Hay dos escuelas de censura. Las dos surgen de Platón, la mente más poderosa que haya dado el mundo occidental. Sin embargo, ninguna es deseable: ambas son bondadosas y desembocan en prácticas políticas y jurídicas imperdonables.

Platón creía que lo semejante va con lo semejante. Que la virtud genera virtud; la verdad, verdad; la belleza es el bien, el bien es la belleza y el alma se hace semejante a aquello que contempla. Como el mal carece de ser, no puede ser contemplado. Y sólo los buenos pueden ser amigos, porque los malos no son semejantes ni a sí mismos. Todo esto con argumentos brillantísimos que no envejecen, no importa cuántos siglos pasen. Pero incluso en Platón, en su sombra, habita una desviación de paralaje respecto del bien y del mal, por lo que hace a la libertad humana. Queda leer a Popper: La sociedad abierta y sus enemigos.

Mientras, quedémonos en las dos escuelas de censura. Una viene de la República. Es una censura explícita: fuera poetas, músicos que no obedezcan los modos aprobados; fuera todo lo que no se atenga al orden racional según el Bien y la Belleza. El objetivo de la educación y de la vida política es el Bien, de modo que el deber del gobernante es retirar todo mal de la cosa pública.

En esta escuela hay una larga fila de grandes filósofos bondadosos, pero, como se asumen en el lugar paternalista del tutor son dados a la censura: ya dijimos Platón, pero hay que sumar a quienes han creído que la mente humana es maleable y el arte y las ideas nocivas corrompen el carácter del ciudadano, como Rousseau; a quienes afirman que las ideas sediciosas causan fragmentación, conflicto y guerra civil, como Thomas Hobbes. Y los que afirman que la verdad es única, el error nocivo, y la sociedad debe ser protegida de falsedades dañinas. Éstos abundan, pero pongamos a Joseph de Maistre como ejemplo.

Por eso es asombrosa la segunda escuela platónica: la verdad, pero sólo entre unos pocos.

Tal vez Platón haya intuido que su sociedad perfecta era un perfecto infierno y decidió rehacer toda su filosofía política. Escribió otra obra monumental, Las Leyes. Pero no pudo dejar en libertad la difícil relación entre el saber y el gobierno. Para que su sociedad funcionara, diseñó un concejo nocturno que conoce la verdad, pero se reúne para determinar qué ha de saberse y qué queda en reserva (el nykterinós sýllogos, del libro XII). Miente, pues, de buena fe, porque hay cosas cuya divulgación destruiría a la sociedad. A ese secreto político, Tácito lo llamó arcana imperii; después la tradición lo llamará “Razón de Estado”.

Son dos corrientes de pensamiento político: los censores que quieren preservar el bien y el alma limpia de sus súbditos, y los que, más realistas, establecen un distingo entre los que saben el secreto, y un vulgo que debe mantenerse en la ignorancia. Ellos llaman “razón” a su información privilegiada, su secreto de Estado. Y esta es la genealogía llana de la censura: explícita o por secreto.

Cosa de veras notable, que los enemigos de la censura, los que confían en la libertad, son todos muy recientes. Comienza en 1644, en la Areopagítica de John Milton: «Sabemos que el bien y el mal crecen juntos, casi inseparables... ¿Qué sabiduría, o qué prudencia y contención puede haber para elegir sin conocer el mal? [...] No puedo alabar una virtud fugitiva y enclaustrada, sin ejercitar ni respirar, que nunca sale a ver a su adversario, sino que se escabulle de la carrera, donde se corre por esa corona inmortal, no sin polvo y calor. Ciertamente no traemos inocencia al mundo, sino más bien impureza; lo que nos purifica es la prueba, y la prueba es por lo contrario».

Hay que ser de verdad tonto para creer que se puede censurar algo que ya todo mundo sabe, o que la vox populi puede confiscarse y tratarse como secreto, como Razón de estado. Es como obligar a alguien a no ver lo que ya vio, no saber lo que ya sabe. Una cosa es la razón de estado: que no se sepa. Otra, muy distinta es que, sabiéndolo todo, la gente quede obligada a no decir lo que sabe. Eso no es censura: es represión.

La censura, el secreto y las prohibiciones parten siempre de una idea a la vez narcisista y opresora; una concepción equivocada de la naturaleza humana: que la bondad natural puede ser preservada por la ignorancia.

Ni la censura ni el secreto funcionan en una sociedad con acceso a la información. La prohibición con que se imponen es siempre inútil. O corrupta.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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