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Jueves , 25.04.2019 / 00:32 Hoy

La quimera de Nuevo Cine

Personerío

El escritor nos cuenta como eran las reuniones del grupo Nuevo Cine,Emilio García Riera, Salvador Elizondo, José Luis González de León y Carlos Monsiváis fueron parte de esos sábados de lucha por la cinematografía nacional
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De todos los modelos (para uno mismo), el primero de tertulia, el que más recuerdo como plan (si lo hubiera), está siempre el del grupo Nuevo Cine, que unos cuantos de sus componentes con la obligación sabatina de hacer la revista con el mismo nombre habíamos comenzado lanzando un manifiesto firmado por cineastas, aspirantes a cineastas, algún industrial del cine y cinéfilos varios, en el que formaba papel principal el hacer una revista. A final de cuentas el grupo se redujo a los firmantes de dicha publicación: Emilio García Riera, Salvador Elizondo, y a veces José Luis González de León y Carlos Monsiváis y yo.

 Esa obligación era tanto más llevadera por cuanto se desarrollaba en una plática común que no tenía más peine que el del viento. Es decir, aquello era una tertulia, en la que Emilio explicaba su gran saber de filmografías para hallar el punto de vista menos previsible sobre el mundo del cine. Salvador Elizondo, entusiasta de la experimentación cinematográfica, comentaba los primeros trabajos de Alain Resnais o los nuevos maestros del cine recién reinventado o por reinventar. Monsiváis se estremecía para fustigar a alguna gloria del cine mexicano con sabrosos comentarios asesinos. Juan Manuel Torres se creía James Dean, su ídolo resplandeciente, y escribía románticamente. José Luis González de León se limitaba a contar chismes y chistes que habían formado parte de la fama o el desprestigio de algunas obras maestras, se mofaba un poco de las películas norteamericanas que no le gustaban, las cuales eran muy pocas. Alguna vez nuestras carcajadas fueron tan fuertes que un vecino del edificio adjunto casi llamó a la policía como si aquello se tratase de una party de jóvenes salvajes.

Me resulta difícil reconstruir la atmósfera de aquellas tertulias que comenzaban en el departamento de un amigo y terminaban o recomenzaban en una nevería de una esquina de la plaza Washington en la colonia Roma. El cine era considerado sobre todo como una segunda vida, más que como un arte, una manifestación de la cultura o cualquier cosa ilustre. Eran épicas (me cuentan quienes las soportaban) las discusiones entre Elizondo y yo: él propagaba el cine como un laboratorio de imágenes y sonidos de acuerdo con su ídolo Sergei M. Eisenstein, y enloquecía verbalmente al “analizar” Hiroshima mi amor. Por mi parte, defendía el cine narrativo y homérico de John Ford, a quien consideraba como el más grande de los cineastas que, sea a través del cine o la pintura o la literatura, han parido los siglos. Lo que argumentaba Salvador en oposición a mí era que Ford resultaba precisamente muy anecdótico, muy pegado a lo puramente relatado, mientras que a mí me entusiasmaba eso mismo y lo que dentro de una anécdota podía haber para conformar una familia de personajes tan sólidos y cálidos que serían encontrados ahí mismo en la nevería, gozando una nieve de limón como nunca he vuelto a encontrar en la vida.

Tertulias de Nuevo Cine, las evoco como una serie de reuniones de fantasmas queribles que tenían el loco, inútil sueño de hacer de este país el más cinéfilo del mundo.


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