Cultura

Molinos bajo el agua: ¿es la IA una amenaza para la literatura y el arte?

Opinión

El caso de David Silva Rojas abre debates sobre la autoría literaria y los riesgos de convertir a la IA en juez. Antes de convertir a la IA en nuestro verdugo, pensémoslo dos veces. Regresemos a las normas de la amabilidad y la buena lid.

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En 1906 la prensa de Colima sentenciaba la llegada de la energía eléctrica: “El fluido atrae el fluido, en cuanto la planta empiece a funcionar en Comala, seremos un pararrayos para las descargas eléctricas ¿Qué necesidad de introducir la luz eléctrica siendo tan discreto y barato el empleo de los quinqués?”

¿Será la IA el monstruo eléctrico que acabará con la literatura y el arte?

Frente a los agoreros del IArmagedón, mirar la historia resulta de gran ayuda. Ya en 1928, Paul Valéry escribía que “el pasmoso crecimiento de nuestros medios, la flexibilidad y precisión que estos alcanzan y las ideas y costumbres que introducen, nos garantizan cambios próximos muy hondos en la antigua industria de lo Bello. En todo arte hay una parte física que no puede contemplarse ni tratarse como antaño, que no puede sustraerse a las empresas del conocimiento y el poder modernos. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son desde hace veinte años lo que eran desde siempre… De entrada, indudablemente, no solo se verán afectadas la reproducción y la transmisión de las obras. Se sabrá cómo transportar y reconstruir en cualquier lugar el sistema de sensaciones… Tal como el agua, el gas o la corriente eléctrica vienen de lejos a nuestras casas para atender nuestras necesidades con un esfuerzo casi nulo, así nos alimentaremos de imágenes visuales o auditivas que nazcan y se desvanezcan al menor gesto. Así como estamos acostumbrados, si ya no sometidos, a recibir energía en casa bajo diversas especies, encontraremos muy simple obtener o recibir también esas variaciones u oscilaciones rapidísimas de las que nuestros órganos sensoriales, que las recogen e integran, hacen todo lo que sabemos. No sé si filósofo alguno ha soñado jamás una sociedad para la distribución de la Realidad Sensible a domicilio”[1]. Profecía cumplida, ese filósofo es una multitud y, sin embargo, aquí seguimos, escribiendo.

El miedo es quizá el más humano de nuestros hábitos. Mientras en el ambiente flotan las preguntas sobre el futuro de la especie, la misma semana que Elon Musk ofrece comprar un pueblo de Misisipi para evitar las quejas vecinales del agua y una filial de Google tala una inmensidad de bosques en Finlandia para crear nuevos centros de datos o Javier Milei negocia el free cooling de los mares patagónicos, las pesadillas que habitan en el mundo de las letras abren paso a quienes arrojan los quinqués contra los suyos, incendiando las redes, subiendo el calor de la polarización, ya sea manipulada o voluntariamente.

Para detener el pensamiento rápido y resolver las legítimas dudas sobre el futuro de lo humano, vale la pena preguntarnos si el problema no es la navaja sino la puñalada.

La editorial Almadía es uno de los pocos referentes culturales que se ha atrevido a hacer el viaje de regreso, remando contra corriente y haciendo honor a su nombre. De Oaxaca para el continente y de Oaxaca para el viejo continente, se trata de un proyecto generoso que no solo gestiona una editorial, sino que trabaja localmente para las escuelas, hizo de la feria de libro de Oaxaca un referente internacional y concentró su tarea editorial en apostar por los nuevos autores, promover las lenguas originarias y defender los derechos culturales de la diversidad. Retando al statu quo, el proyecto ha sabido construir nuevas centralidades desde las periferias. No importa si estamos hablando de Luanda, Nueva Jersey o Lima, la casa dialoga con otras casas, abre una en Madrid, suma aliados ahí donde llega. Frente al mundanal ruido ha sabido sortear con temple los embates de la cultura de la cancelación.

El hecho de que el diario español con más presencia global haya decidido lanzar un torpedo contra esta casa editorial a partir de un juicio que no respetó las reglas básicas del periodismo, despierta cuando menos la necesidad de alzar la ceja. Es extraño que El País apenas les haya dado quince minutos antes de publicar la nota que se volvió escándalo. Sobre todo cuando se trata de un medio progresista que está cumpliendo 50 años. Algo saben de templar un proyecto a fuego lento y de periodismo de investigación. El mejor festejo que El País podría darnos a sus lectores sería salirse del pensamiento rápido y el vértigo, para regresarle al periodismo el contexto de un fenómeno que merece paciencia y atención. Ante la urgencia de subirse al mame del debate sobre la malvadísima IA, después de lo sucedido al escritor haitiano canadiense Thélyson Orelién en la capital francesa y la avidez de contar una historia en nuestro idioma, se abre otra pregunta: ¿Está siendo la IA un instrumento de control postcolonial que ayuda a sostener las clásicas centralidades? ¿O fue un lapsus víctima de los hábitos? Para El País resulta muy cómoda una diana que no afecte al ecosistema nacional español sin necesidad de meterse con los gigantes del mundo editorial. ¿Han pasado por Pangram las páginas disponibles de los más recientes premios literarios españoles o por las páginas escritas de sus propios columnistas? ¿Abandonamos Word con Copilot acechando de forma permanente, Gemini integrado en Google o el quinqué digital de todos los buscadores? ¿Es válido ceder a la IA la estatura moral de un juez implacable? Abstraídos los humanos, el juicio de un programa para decir que otro programa hizo el trabajo es perder el juicio. La prisa por publicar, ansias de novillero. Poner en duda el trabajo de jurados como Cristina Rivera Garza es un atentado contra el prestigio que Pangram, la entidad erigida en juez, no tiene. Curioso que la obra de David Silva Rojas sea sobre el silenciamiento y las condiciones laborales y el agua, no precisamente como una metáfora, sino como una ausencia.

Lo sucedido no tiene que ver con la obra de David, sino con el miedo de que una máquina logre hacer cosas tan bellas. El problema tiene que ver más con el ego que con el remplazo. El dilema de la verdad y la copia, que comenzó con la imprenta, se vuelve más complejo cuando la copia puede prescindir del original. La única verdad es que frente al cambio que la IA producirá en los modos de producción literaria, es preciso reconocer que la tecnología siempre los provoca. Basta ver el cambio cultural que la invención del lápiz produjo cuando se hizo posible escribir, borrar y ahorrar tiempo. El daño está en otra parte. El autor ganador de ese premio ya emitió un comunicado, tiene nombre, apellido y goza de salud. Pero nadie le quita la puñalada. Ni el autor ni las jurados merecían la sentencia infamatoria de un electrodoméstico al que elevamos como autoridad moral. Antes de convertir a la tecnología en nuestro verdugo, pensémoslo dos veces. Regresemos a las normas de la amabilidad y la buena lid. De forma consciente o inconsciente, convertir a la inteligencia artificial en una herramienta de colonización cultural que busque mantener a las colonias a raya, no coincide con la realidad descentralizada donde se cocina el futuro de la literatura, el arte y el pensamiento. Los periféricos de Comala, Lima, Haití o Oaxaca han firmado hace mucho su declaración de independencia. En el antiguo reino, los españoles pelean por mantener viva la democracia y una cultura que cree en la diversidad, incluida la digital. No vaya a ser que, en el Territorio de la Mancha, como llamó Carlos Fuentes a nuestro idioma, nos convirtamos en el payaso de las bofetadas y sigamos confundiendo los espejitos con la verdad y a los molinos de viento con los monstruos a vencer, mientras los propietarios de los aerogeneradores y los señores tecnofeudales concentran todas sus cabezas en una, adueñándose sin piedad de los lugares donde trabaja el agua, incluidos los relatos y sus formas de producción.

[1]  Valery Paul, La conquista de la ubicuidad en Piezas sobre el arte, Visor, Madrid, 1999, pp. 131-132.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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