Nacido en Mexicali, Baja California, Jorge Ortega llega a los 32 años a Barcelona, ahí realizará un doctorado en Filología Española. Su tesis Figuras en el umbral. Obra poética de Juan Sánchez Peláez (1922-2003), con mención cum laude, lo mantendría del 2004 al 2007 en España. Este hecho produjo en Ortega lo excepcional: recorrió una dehesa desconocida, recibiendo el bautizo y el fulgor de un verso del poeta venezolano objeto de su estudio, que dice: “Elegí el flanco justo donde brilla el río, por breve lapso salté al destello no esquivo”.
Es preciso detenernos en esta tríada de años que acaso fue un momento notable extendido con tres alientos mezclados entre sí. Ello le daría a su escritura un análisis y observancia aún mayor, una capacidad para detener el tiempo donde contempla lo suspendido, donde toca o toma elementos del signo o enigma. Leemos ahora un fruto extraño y próvido, robusto e inasible que abrevó, además, entre otros sucesos, supongo, de sus largas caminatas por la ciudad conocida también como “la Barcelona de Gaudí”.
Ortega recorrió suelos empedrados, abrió decenas de doseles, y entre el aroma flotante que dejó Antonio Gaudí i Cornet, su andar y cavilación fueron modificadas: primero como delineante que trabaja y rumia el verso, y luego como arquitecto de futuros libros.
Entre el estudio documental y la escritura de la tesis, hizo un espacio, imagino, para pasear por las noches bajo la luminiscencia de las farolas inspiradas por el dios mitológico que Gaudí colocó en las calles: Mercurio. Las luminarias adornadas con naves, cascos alados y serpientes abrazadoras, mejoraron la capacidad aérea-visual en el poeta. Todo lo que emanaba la ciudad, y la Casa Batlló, la Casa Milá, la Casa Vicens, pensadas desde las formas de la naturaleza, sus azulejos, las vigas, la asombrosa forja, sus balcones, los cielos rasos, calaron en el poeta.
Tres años como mantra se repiten, ahora manifiestos en el libro titulado Luz bajo las piedras, donde refulge pasado, presente y lo que vendrá, y a la vez son tres libros seleccionados por la mano, corazón e inteligencia del poeta, convertidos en un momento/volumen con tres apartados; el tercero, sabiamente, como capitel último de la Sagrada Familia, elevó los versos, unos sobre otros hasta el viento cercano a las nubes, y desde ahí haló más luz sobre la luz ya existente, y ofrendó su nombre al libro.
La distribución de Luz bajo las piedras sigue lo natural de su origen, sus apartados permiten que algunas de sus piezas muestren frisos idiomáticos: español, italiano y francés. Triada que nos lleva hacia donde ella desea. Nos lleva a pensar, por ejemplo, en el instante mismo en que el poeta, en aislamiento, en su lengua materna bajo el cielo de Mexicali, nombró este libro. Ese mismo cielo que observó sus pasos a la sombra con más de cuarenta y un grados: donde resiste el verso y se afianza a la tierra la piedra caliza, o lo miró sobre la cancha de la adolescencia, bajo el centelleo del sol, oteando su resplandor antes de apropiarse del balón en el saque inicial. Sin duda, el poeta lo ganó para sí mismo y lo ganó para nosotros desde su viaje a Barcelona, donde fraguó el libro merecedor del Premio Internacional Jaime Sabines 2010: Devoción por la piedra, editado primero por el Consejo Estatal para las Cultura y las Artes de Chiapas (2011) y posteriormente por Mantis Editores (2016), este es el primer apartado del libro. El segundo lo conforma Guía de forasteros, libro editado por Bonobos en 2014, en él se entrevé el recorrido del mundo, los viajes, la traducción, la vena ensayística, los talleres brindados y la edición. El traslado de un sitio a otro, de un espacio aéreo a otro completamente distinto; los pies del poeta en múltiples universos y lo antes mencionado, deduzco, moldearon en él una vista afinada para valorar las múltiples voces en la poesía de la misma forma que observaba y reconocía cada mosaico disímil, cada arco catenario y sus variaciones, las formas vegetales o reptiles y los ábsides anhelantes en la arquitectura de Gaudí. No se convirtió en un tirano de lo que cree debe ser o no ser la poesía, y a su vez sigue alimentando la musculatura fina de su propia voz.
En 2020 el poeta alumbró el tercer apartado: Luz bajo las piedras. Con este cierre simbólico, da vida y nombre, bajo el sello Edizioni Fili d’ Aquilone, al libro que nos ocupa. Así, Ortega abrigó su primera antología con el canto italiano del poeta Alessio Brandolini, ilustrando la edición con una ventana, símbolo de vislumbrar, y es que toda página del libro nos lleva hacia la luz; la luz se fuga y se proyecta o imita morfologías en cada sección.
Luz bajo las piedras, libro cuidadosamente edificado con una voz que bifurca su esencia como los símbolos gaudinianos, es la enredadera del tiempo, luz sobre luz que recuerda al poeta venezolano de tanto en tanto, y a los pasajes andados, pasajes en el libro donde encontramos este verso: “brisa que cabalga por tu frente”, dice el poeta Jorge Ortega; y desde esta cercanía, como muchas más existentes en el libro, Ortega nos habla, y así, frente a frente, cielo a cielo, nuestra memoria herida por la desposesión, por el anhelo de belleza, recibe como cura rasgos únicos del poeta: la sustancia y el aire.
1. Devoción por la piedra
Recarguemos en este apartado, en estas páginas, en el muro del pasado, la espalda, ese acto donde la cabeza se posa en lo firme del ladrillo o piedra. Entonces gira el muro como la cama de la ensoñación; con nuestro cuerpo recostado, recibimos las palabras que llegan a nosotros a través de cables antiguos de teléfono, de filminas —palabras en riesgo de ser olvidadas—, para encontrar trozos de asombro que nos deja el poeta.
La travesía se abre con el poema año cero, y como pasajeros de un vagón de puertas abiertas, que observan cómo el pasillo se alarga, y su luz se extiende, a lo largo de más vagones y más entidades. El libro nos sitúa en un recorrer ondulante, terrenal o etéreo, donde el explosivo girasol en vilo, como llama Ortega al sol, centellea sobre paisajes y objetos, sobre el recorrido que desnuda, y nos arroja desde el cielo de las piedras suspendidas la piel de víbora que el poeta se ha quitado.
2. Guía de forasteros
Apreciamos la trayectoria elíptica del poeta entre su tierra natal y otros países en el segundo apartado: es forastero que contempla ese relámpago que es —al que alude Vicente Aleixandre—, relámpago sobre la caliza que sostiene la montaña, ese esfuerzo atlético que es propio del poeta, caminatas a las que se entrega donde quiera que esté, donde encuentra metáforas que meten sus dedos a las columnas de los ojos, y tocan sus venas mexicanas que edifican versos/jardines Sánchez-Gaudí entreverados.
En el poema “Mecánica celeste”, en un fragmento, dice: “A mayor esfuerzo, menor agotamiento”, el poeta escribe con la condición física y la sabiduría para acortar tiempos:
mejor la nitidez de los confines
o pronta la llegada
Reafirma, y en el ascenso descubrimos otro extraordinario verso:
la veleidad del aire, el resbaloso pez de las alturas
3. Luz bajo las piedras
El tercer apartado, viene desde atrás raspando con su luz los bordes de la antología, una luz abstracta como las grandes palabras: viento, aleteo, agua. Luz que alcanza elementos proyectados en los ventanales de Gaudí, abstracto luminoso que se se sujeta con la fuerza de la luz, construye sombras, descubre restos, expone lo que se pretendía disimular; la apuesta del poeta se eleva cada vez más hasta alcanzar la solidez del propio cuerpo del poeta que, sostenido por las columnas y arcos naturales de su verbo, eyecta a cada poema con su luz.
A lo largo de las páginas, el poeta registra lo cotidiano, la revelación dentro y fuera de la luz y los múltiples cuerpos que la contienen o imitan. Así lo expresa también en el último poema titulado “Humedad del fuego”, cito un fragmento:
El impetuoso arpegio capaz de estremecer las piedras blindadas por el sol
Prosodia del delirio
Dispongo de un lápiz para no vacilar y borronear tu nombre sin evocar la muerte, para clarificar la noche sin encender el bosque.
Si definiera la impronta de la luz de Ortega, sería recordando a los tres alientos que en un solo momento se manifestaron: en la primera parte de libro, el poeta abre la ventana como abre su cuerpo y recibe de lleno el alumbramiento, y escribe; luego, al adentrarse la luz a la esfera del poeta en el segundo apartado, después de la posesión, ella permanece en pedazos flotantes que se extienden, y si bien ha dejado parte de sí en el poeta y en la cauda exterior que la llama, ella persiste, y el poeta vuelve a escribir; la tercera intervención de la luz que sobrevive, se extiende hasta llegar y condensarse en un filo luminoso en el último apartado, la luz se apropia del espacio hasta llegar al final, y como un hilo que sostiene todo la creación del poeta, confiere al cuerpo de quien lee, la necesaria oscuridad, la necesaria fluorescencia; como el agua necesaria confiere a los ojos del poeta el serpenteante fuego con el que exalta a la tierra de Mexicali y a la necesaria Barcelona que alimentó el camino venoso de su yo forastero.
Sus versos se erigen como gritos escultóricos, o planta desértica imantada con el pensamiento de sus habitantes, perfecta, digna, convertida en una obra sólida. Somos al final de la lectura de la antología, naturaleza; Jorge Ortega se reconoce en ella, lo dice en este verso: “silba arriba la luz como una avispa”. El poeta es, sin racionalismo ni estructura preconcebida, libre, semejante al cenzontle que, con cuatrocientos tipos de cantos y su mecánica invisible, incendia el desierto, y también, como el ciclamen, con la delicadeza de sus flores y raíces que abren tierra y concreto, seguro de sí mismo, reserva para él y para nosotros, el color rojo intenso del fuego —luz mesurada— en el envés de sus hojas.
ÁSS